Primer capítulo (en su versión íntegra) de las nuevas andanzas de Rafael Sandoval Santana, mundialmente conocido como "LA DIVINA SORAYA".
Esta vez, las coplas y las saetas van juntas de la mano.


Y llegó el señalado día. El estreno a nivel mundial de la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino por las calles de Santander, aunque en tal jornada dominical matutina no lo hicieran con la imagen del San Juanito, sino acompañando a todas las Hermandades santanderinas y la cúpula de la Unión Cofradiera y Semana Santera por Excelencia junto a la imagen de Jesús en su Pórtico Triunfal.
Aquella mañana yo estaba enfrascado en un mar de nervios, pues además de la salida procesional de mis niños del Luna Llena, se sumaba la incertidumbre por el destino de don Matías y Sor Visi pese a las palabras de aliento que me proporcionó el espíritu de mi amado y difunto Monchín. Y tan nervioso estaba, que planché una tostada con mantequilla mientras metía en el microondas un foulard para adornar mi atuendo de Domingo de Ramos. Un asco de nervios, vamos.
– Es que no estás a lo que tienes que estar, tiíto – me soltó mi sobrino-hijo postizo Félix, calladito hasta entonces en todo el episodio y que despertaba así con su verborrea a lo Pepito Grillo – Todo va a salir bien. Y si no es así, pues que les vayan dando mucho por el ojete. Que te lo digo yo.
– Ay, Felixín, que estoy en un sin vivir en mí con todo este jaleo cofradiero. Que todo salga bien, que mis niños triunfen en la procesión, que mis señoronas den una patada en el culo a la Unión Cofradiera esa, que la Tolerancia sea la gran protagonista, y un etcétera elevada a su más alto exponente. Amén… Y tú vístete de una puñetera vez, que vamos a llegar tarde y tienes que presentar las ofrendas en misa ante el nuevo señor obispo.
– Pues va a ser que no, tiíto. Que no me permiten llevar las ofrendas, por lo que me toca leer una epístola que es un rollo de tomo y lomo, tiíto. Una parrafada para dormirse, ya ves tú.
– Anda, coño, ¿y por qué regla de tres no puedes llevar tú las ofrendas al obispo?
– Cosas de la Unión Cofradiera y su séquito de curas. Que si las ofrendas las han de presentar una familia tradicional cristiana, que si nosotros desentonaríamos junto con los demás, que si un papá, una mamá, una parejita de hijos monos y educaditos ellos…
– ¡¡Y una polla como una olla!! – y ahí saltó la indignación que todo hombre debe llevar dentro – Tú y yo somos más familia que todos esos retrógrados juntos. Faltaría plus. Yo te he educado con todo el amor del mundo desde mi experiencia, mi visión del mundo y mi saber y mi cultura. Nunca te ha faltado nada, ni un trozo de pan que llevarte a la boca ni un día de escuela. Y siempre has ido limpio, aseado, repeinado y con la lección bien aprendida… ¿Quién dice que no somos una familia? Yo he sido para ti más padre que tu propio padre…
– Pues así están las cosas, tiíto. Que si tú y el Monchín, que Dios tenga en su Gloria, no erais precisamente lo que más me convenía, que si me ha faltado siempre no se qué modelo materno…
– ¿Modelo materno? ¿Una histérica pedorra, neurasténica y cacatúa? Los travestis del Luna Llena han sido tu mejor modelo materno. Que no se te olvide. Y puedes decirle a toda esa panda de analfabetos ignorantes que tú eres también hijo de Dios y que eres igual de digno que los demás para llevar ofrendas, leer epístolas o hasta para rascarte el culo en mitad de un sermón, que si más de uno hiciera también lo mismo, otro gallo le cantaría al clero. No te jode.
– A mí no me des ahora el cante con tus reivindicaciones. Que no digo yo que no sean de ley, pero que a mí me la traen al pairo. Que no quieren que lleve ofrendas, pues que les den viento fresco, que con sus piedras me hago mi pared y que no les necesito a ellos ni a sus lecciones sermoneantes para nada. Y que me voy a jugar a la play station ahorita mismo. Cuando acabes de planchar tu atuendo semana santero, me avisas. Hale. Ciao.
Pero qué pico que tiene mi Felixín, Dios mío. En fin, que ya me dieron la mañana desde bien temprano. Y es que la política de propagandear a los cuatro vientos eso de la Familia Tradicional me pareció desde sus inicios un petardo con tufillo a rancio. Vamos, un insulto mayúsculo e irrespetuoso hacia todos los que vivimos a nuestro antojo amando a quien nos dicta el corazón sin pararnos a pensar en las conveniencias, las tradiciones y las chorradas de los de siempre. Amar es eso, coño. No hacer un mecano en el que encajen todas las piezas sin necesidad de lubricantes. Y a buen entendedor…
Total, que la indignación se prolongó durante un buen puñado de horas. Tantas, que llegamos a la Santa Iglesia Basílica Catedral con el último aliento y con la procesión ya empezada. Allí, a los pies de la escalinata, se encontraban todos los integrantes de las cofradías santanderinas con sus respectivos hábitos: los de la cofradía del Eterno Quejido con su blanco resplandeciente y su verde oscuro; los de la Virgen del Lagrimeo Constante de azul desteñido – por el llanto, supongo –; los del Cristo del Ay Qué Dolor de amarillo chillón, tanto que hasta se les notaba en la cara el sufrimiento de los muy pobres; los anfitriones, la cofradía del Recibimiento Dominical, sabedores de ser protagonistas, con las ínfulas bien infladas y sus hábitos y capas blancas y moradas bien planchaditas; y así hasta diez más… Pero por la novedad y lo fashion del uniformado, todas las miradas de este Santander nuestro iban dirigidas hacia los hábitos de lapislázuli y oro de mis niños de la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino. Maravillosos y divinos hasta la muerte. Y serios y atentos a las palabras del obispo pese al escocimiento propio de alguno a causa de la noche del sábado anterior. Y todos con sus maravillosas palmas de Domingo de Ramos bien visibles, tersas y enormes. Y en el centro de la plaza, peloteando de lo lindo aún más que la cofradía anfitriona, se encontraba la cúpula de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia con don Heliodoro de la Penilla y doña Petronila Sarito a la cabeza, mirando de reojo a mis niños, resplandencientes ellos embutidos en los diseños de Memé O´Thoa, la cual se encontraba entre los miles de feligreses allí concentrados al tiempo que presumía y pregonaba a los cuatro vientos la autoría de la vestimenta de, no sólo los nenes del Luna Llena, sino del atuendo Dominical de la Excelentísima Señora Alcaldesa Lady Bidette Pombales, que en aquella mañana parecía la mismísima Liz Taylor de Cleopatra, vestida con una gran capa dorada y un tocado en la cabeza con los colores del arco iris, más reinona ella y más protagonista que las trece cofradías juntas. Qué valor la tía.
En lo alto de la escalinata de acceso a la Catedral, el nuevo obispo y se séquito, tras leer un pasaje del Evangelio, hicieron un llamamiento a todos los cofrades para que iniciaran la subida para el acceso al Templo a fin de asistir todos a la Misa Dominical, por lo que en amor y compañía, y precedidos por los cabezas visibles de la Unión Cofradiera, todos salieron de la plaza de la Catedral en orden respetuoso de cofradías, manteniendo en todo momento la armonía y la disciplina en el procesionar.
Yo, confundido entre toda la feligresía, me dejé llevar por la muchedumbre, que opinaba sobre el diseño de unos y otros, el atuendo de la Pombales, la seriedad del acto presidido por el nuevo obispo, la marcialidad en la marcha procesional de todas las cofradías al unísono, y hasta de la subida del kilo de tomates en rama. Y así, hasta que no pude entrar por el gentío allí concentrado, no me percaté de que mis señonoras, todas ellas de largo y mantilla, habían ocupado uno de los bancos centrales de la Catedral.
– Llega usted tarde, Rafaelito – se quejó doña Ursula.
– Y su atuendo de hoy no le favorece nada – apuntó doña Gema.
– Y no hace juego con el encaje de las mantillas – apostilló doña Leti – Es usted un desconsiderado de tomo y lomo.
– A ver si se piensa usted que nos hemos gastado los cuartos en este debut cofradiero para que usted no de la nota pertinente – agregó la férrea tesorera doña Engracia.
– ¿Y por qué no se van todas a hacer puñetas? – finalicé yo – Además, la mantilla es más propia de la jornada de Viernes Santo, en la que ustedes pueden ir de manolas españolas tras el San Juanito. Ahora, en esta mañana de Domingo de Ramos, ustedes están dando una nota que no cabe ni en el pentagrama más extenso, que se lo digo yo.
– Huy huy huy huy – masculló doña Ursula – Que ese tonillo de maricona resentida ya me lo conozco yo. A usted le han dado un disgusto de órdago, alejado del grandioso y espectacular debut de nuestra cofradía Homodivina. Palabra de laredana.
– Eso es decir poco, doña. Nada, que a mi Felixín no le dejan llevar las ofrendas en esta Santa Misa. Que el crío no forma parte de eso que llaman una “familia tradicional cristiana” y que no asome el careto más allá de las fronteras del atril de las Sagradas Escrituras. Ya ven ustedes, con lo que hemos ensayado juntos en casa a lo largo del pasillo para que el niño no se me tropezara de los nervios.
– Pues va a ser que no ensayó bien – comentó doña Gemita – Porque ya me dirá usted el porqué a ese rechazo y negativa tan contundente hacia la figura de su protegido.
– Qué coño protegido, negrera del tres al cuarto. Que el Felixín es mi sobrino desde que nació y sus padres se fueran a criar malvas. Lo que pasa es que formamos parte de una sociedad retrógrada que no acepta que alguien como yo pueda tener a su cargo a un retoño…
– No se haga mala sangre – interrumpió doña Leti – Que este desaire hacia usted viene orquestado por los de la Unión Cofradiera, que con tal de joder la marrana, les da igual llevarse por delante a ocho que a ochenta.
– Eso, Leti – agregó doña Engracia – Que la Vocal de Organización de Espectáculos Eucarísticos y Catedralicios, la tal Domitila Buñuelos, es de armas tomar y más de Opus que el propio José María Escrivá. Que lo sé de buena tinta, que fuimos vecinas y hasta confidentes en nuestros tiempos jóvenes de Acción Católica.
– ¡¡Pues me va a escuchar la Buñuelos esa!! – grité encolerizado.
Y en ese departir e intercambiar impresiones, se nos acercó un grupo de trajeados con aires de funeral, rostro enjuto, mirada oscura y peores intenciones.
– Hagan el favor de mantener el respeto y el silencio pertinente. No olviden dónde se encuentran, lo que aquí se conmemora y lo que esta panda de carnaveleros representa con sus coloridos, banderas y estandartes.
– Eso – se sumó otro de los trajeados – Que está celebrando la Eucaristía el señor Obispo de la Diócesis.
– Excelso representante de Dios en la tierra cántabra – dijo otro a quien nadie le había dado vela en el entierro.
– Pues sepan ustedes – dijo sin cortarse un pelo doña Ursula – Que nosotras somos más distinguidas y excelsas que tres obispos juntos, ya que aquí donde ustedes nos ven, fuimos atendidas y agasajadas por el mismísimo Papa Juan Pablo.
– Ahí les duele, panda de capullos – soltó doña Gema – Que la mantilla y el encaje van acompañados del escudo de armas de la familia Wojtila y de la insignia Pontifica donde las haya.
Y entonces, tras las palabras de la Excelentísima Condesa de Pinto y Valdemoro, el sorprendido fui yo, pues las cuatro señoronas, al unísono, mostraron sendos anillazos con la tiara y las llaves del San Pedro amén del escudo oficial de Juan Pablo II, la Cruz y la “M” esa sobre el fondo azul que no tenía yo ni pajorela idea de lo que significaba. Eso sí, de inmediato, todo ese joyerío se convirtió en el pasaporte certero a sus palabras.
– ¡¡Ay la leche!! – dijo el trajeado que habló primero – Ustedes me disculparán, reverendísimas grandes damas.
– ¡¡El escudo del Papa difunto!! – saltó el segundo.
– ¡¡Hay que joderse!! – apostilló el tercero, que seguía sin tener vela, pero que hablaba hasta por los codos.
– Eso no me lo habían contado ustedes – les reproché – Es la primera vez que me ocultan un secreto tan jugoso. Son unas arpías conmigo. Yo, que les he abierto mi corazón y mi vida, mis angustias y mis temores…
– No me dramatice, Rafaelito, y vaya en busca de la Buñuelos para que su Felixín pueda llevar las ofrendas esas – sentenció doña Ursula mirando a los trajeados miembros del Servicio de Protocolo de la Catedral, parrafada esta que utilizaron los trajeados para presentarse y ponerse al servicio de mis señoronas.
Y así, mientras los de Protocolo acompañaban a mis señoronas a ocupar los mejores asientos de la Catedral, con reclinatorio de terciopelo rojo incluido, y para escándalo de los de la Unión Cofradiera, yo me encaminé pizpireta hacia el fondo, junto a la puerta del Coro, donde la Buñuelos esa se encontraba con un grupo de gente departiendo y repartiendo tareas ante el inminente comienzo de la Eucaristía.
– Busco a Buñuelos – dije amenazador – Domitila Buñuelos.
Al oír mi llamada siniestra que ríanse todos de la voz de Constantino Romero cuando disfraza la original del Clint Eastwood, una cincuentona mal encarada, con un ojo en Alicante y el otro en la orilla del Sil, y vestida con el atuendo y colores oscuros de la Cofradía de la Salubridad Calamitosa por tantas Caídas, destacó de entre todos los allí congregados, algunos ellos ya preparados para el show eucarístico.
– ¿Quién osa interrumpir no solo mi reparto de tareas sino este especial instante de recogimiento espiritual y superior reflexión dominial acerca de la Pasión y Muerte de nuestro Señor?
– Pues mire usted, señora Buñuelos – le dije – Que aquí donde usted me ve, soy el padre putativo, y más padre que el que tuvo a bien concebirle, de Felixín Sandoval. Y resulta que el chiquillo me ha estado ensayando desde los inicios de la Cuaresma por todo el pasillo de casa la caminata que se tenía que dar desde esta misma zona cero de la Catedral hasta el altar, donde debería aguardarle el nuevo obispo para recogerle las ofrendas que el crío tan gustoso debería llevarle. Lo que ocurre es que ahora han relegado a mi Felixín a leer una epístola plomaza y aburrida que deja en mantilla toda la obra literaria del Asimov ese, por lo que mi pregunta es sencilla, nada retórica e incluso apenas venenosa. ¿Por qué?
La Domitila lanzó un suspiro que parecía no acabarse nunca, y por fin, en el preciso instante en que toda la feligresía allí concentrada se ponía en pie para comenzar la celebración de la Misa de Domingo de Ramos, me miró a los ojos (a plazos, claro, por eso de la distancia geográfica en el Atlas mundial de sus respectivas retinas).
– Así que usted es el papá maricón, ¿me equivoco?
– Pues sí, señora Buñuelos. Se equivoca de pleno conmigo, pues yo, que abandero la Libertad, el Respeto y la Tolerancia, jamás pondría etiquetas a sustantivo alguno, como hacen ustedes con todo Dios. Me explico. Yo jamás diría, al referirme a su persona, que es usted una señora hija de puta, sino que diría que es usted una señora, a secas. Y mucho menos osaría adornar a la palabra “arcaicos” con el adjetivo de “hijos de puta”. Por tanto, creo que estoy en mi derecho más que digno a exigirle a usted, señora Buñuelos, que cuando se refiera a mí como “el papá de Felixín Sandoval”, lo haga en esos mismos, precisos y exactos términos, y no con el “papá maricón” con que tan osada y libertinamente me ha denominado. ¿Le vale?
El silencio fue sepulcral. Incluso hubo un momento en que me pareció que los ojos de la Domitila iban a juntarse en un mismo punto. Y hasta los allí convocados por la sin par Vocal de Organización de Espectáculos Eucarísticos y Catedralicios se temieron lo peor, mirando a todos lados de la Catedral, absorta toda ella en las palabras de bienvenida del nuevo obispo José María Miguel Angel.
Y al final, la tía esputó.
– Mire usted, señor Sandoval-sin-adorno-literario-alguno. Yo, aquí, estoy para cumplir las normas impuestas por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana en las personas de la Unión Cofradiera y Semanasantera Por Excelencia. Y si a mí me han encargado el buscar a familias que formen parte de la tradición católica más arcaica, pues que por mi santo kiwi entrepiernil que así será. Y lo siento mucho, señor Sandoval, pero coincidirá conmigo en que usted no forma parte de ese entramado familiar al que me refiero. Un padre, una madre, y sus retoños. Punto final.
– Punto seguido – apunté al instante – Que yo no he acabado. Mire usted que yo no tengo por qué dar explicación alguna por mi forma de ver la vida. Que yo fui casado en nombre del Dios del Amor (así, en mayúsculas) con mi Monchito de toda la vida. Y que si es cierto que me duró poco, no es menos cierto que lo nuestro fue, es y será amor eterno. Así que soy viudo a los ojos de todo el mundo. Y con un retoño a mi cargo, que no es poco. Por tanto, si a eso, los que son como usted, no lo llaman familia, es que no tienen la más puta idea de de lo que significa las palabras “compromiso”, “amor entre hermanos” y lo más importante, “caridad cristiana”.
– Eso es un panfleto absurdo y sin apenas consistencia, señor mío. Ni se sostiene apenas por sí solo. Por tanto, estoy en condiciones de pedirle que me deje en paz con mis tareas y con nuestra manera de procesionar, y si su niño está traumatizado por tal exclusión, suya, señor Sandoval, es la culpa. Suya nada más por permitir que un retoño alejado de los dogmas cristianos viva y conviva con semejante arte degenerado y total putiferio escénico.
– ¡¡¡Mire usted, Buñuelos de viento del tres al cuarto!!! ¡¡¡A mi niño no me lo traumatiza ni Cristo!!! ¡¡¡Y ni a usted ni a toda la Unión esta del carajo les consiento que se muestren no sólo excluyentes, sino primitivos en su manera de pensar, absolutos en su forma de insultar y hasta absurdos en su peculiar modo de entender la Fe Cristiana!!!
Total, que como el cisco que se formó en ese preciso instante fue de aúpa y de circuito de fórmula 1, la feligresía allí concentrada desvió la mirada hacia donde nos encontrábamos, dejando al nuevo obispo José María Miguel Angel en el más absoluto de los vacíos y las incomprensiones. Y tanto habíamos departido la Domitila y un servidor de usted, que no me había percatado de que mi Felixín ya se encontraba en el atril de las Lecturas Sagradas, aunque claro, con un palmo de narices por lo ocurrido, acontecido y hasta gritado. Y en cuando me fijé en él, me encaminé por todo el pasillo de la nave central de la Catedral en busca de mi retoño con la misma dignidad y el mismo donaire que la mismísima Escarlata O´Hara. Sólo los aplausos de mis señoronas, acomodadas en sus reclinatorios bajo el Altar Mayor, y de toda la plantilla Homodivina, me reconfortaban hasta que las lágrimas terminaron por arruinar al completo el arreglo artificial de mi rostro avejentado y arrugado por esas otras lágrimas vertidas por las consecuencias propias de quedarse viudo de mala manera.
– Vámonos, Felixín – le dije con un hilillo de voz – Que aquí, esta gente, no nos quiere.
– ¡¡Marica de terciopelo!! – oí gritar desde la Capillita del Sacro Corazón, donde los del Eterno Quejido se encontraban aposentados.
– ¡¡Degenerado!! – chilló un sector femenino del fondo.
– ¡¡Es que ya no se piensa en los pobres niños!! – aulló otra.
– ¡¡Qué osadía presentarse en la Catedral!! – apostillaron otras.
– ¡¡Mariquitas, mariquitas!! – sentenciaban los de la Unión Cofradiera todos ellos al tiempo y a coro.
– ¡¡¡Basta ya!!! – vociferó definitivamente la alcaldesa Pombales, más Cleopatra aquella mañana que nunca y aposentada en un lugar de privilegio – ¡¡Cesen ya los chismes, dimes y diretes hacia la persona del gran Rafael Sandoval Santana!! ¡¡Que paren ya o convierto a Santander en la cuna del Estado Aconfesional, me cargo todos los dogmas de Fe, y deja de haber Dios, Vírgenes y Procesiones en la capital del Cantábrico!!
– ¡¡Muy bien hablado!! – saltó doña Ursula - ¡¡Que parece mentira el lugar donde nos encontramos!!
Y así, al unísono, el resto de mis señoronas se levantaron de sus reclinatorios aterciopelados para apoyarme de lo lindo en mis reivindicaciones, aunque claro, con las prisas y el ímpetu propio de sus apellidos y sus títulos nobiliarios, se pisaron las unas a las otras los encajes de las mantillas enormes que llevaban, por lo que cayeron todas ellas de culo al suelo llevándose consigo al pobre obispo José María Miguel Angel, a dos acólitos que estaban a su alrededor, al Paginero Catedralicio encargado de señalar al cegato Padre Sinretina por dónde debía seguir leyendo su epístola sagrada, al nombrado sacerdote y hasta al mismísimo y sagrado Crucifijo que presidía el Altar Mayor de la Catedral, que al caer al suelo, quedó hecho trozos, pues en vez de madera policromada del siglo XIV, era de escayola de la mala y repintado con titanlux, como ciertas imágenes procesionales que pululan por las calles en estos tiempos de ahora.
– ¡¡Juas, juas!! – rió burlona Goyita Soletilla, que andaba por ahí - ¡¡Eso les pasa por encargar imágenes a quien no deben en vez de a una artista de las que se escriben en mayúsculas!!!
– ¡¡¡Ay la de Dios!!! – gritó histérico el pobre don Heliodoro de la Penilla, el presidente de la Unión Cofradiera, ante el esperpento ocasionado por las múltiples caídas.
– ¡¡¡Un lexatín, que me desmayo y me da el telele propio de mi persona menuda pero de armas tomar!!! – le acompañó doña Petronila Sarito.
– ¡¡Jodo, jodo, jodo, jodo!! – dijo otro que no sé quien era.
De repente, todo el servicio de Protocolo se encaminó raudo hacia la persona del obispo, para levantarle del suelo y recomponerle la vestimenta de su oficio. Incluso Memé O´Thoa se ofreció voluntaria para colocarle bien el alba dominical. Por su parte, la feligresía atónita, comenzó a chismorrear, cotillear y hasta a susurrarse comentarios banales a sus respectivos pabellones auditivos al tiempo que los miembros de todas las cofradías, incluida la mía, comenzaban a recoger los pedazos de escayola del Crucifijo Catedralicio.
– ¡¡Estarán contentas con la que han montado en esta mañana de debut procesional!! – gritó encolerizada doña Petronila Sarito - ¡¡Esto lo traían preparado de casa!! ¡¡Chapuzas!! ¡¡Malas cristianas!!
– ¡¡Eso su abuela!! – gritó doña Leticia del Molino mientras se levantaba del suelo y se colocaba la mantilla como Dios y su clase aristocrática mandan y ordenan - ¡¡Que a una, el sitio preferencial, no le viene de hace dos días sino de toda la vida!! ¡¡Y que usted es una en envidiosa de tomo y lomo!!
– ¡¡Muy bien hablado, Leti!! – le acompañó doña Engracia Velarde mientras el resto de los allí congregados se ordenaban sus vestimentas, organizaban el puzzle con la imagen del Cristo roto e intentaban desalborotar lo alboratodo – ¡¡Que todo esto ha sido culpa de ustedes por no permitir que el Felixín le traiga las ofrendas al nuevo obispo!!
– ¡¡¡Hasta ahí se podía llegar!!! – gritó encolerizada doña Domitila Buñuelos, que había llegado rauda al lugar de la desgracia.
– ¡¡Dales duro!! – jaleó Gabrielín Chiscuelo, Vocal de Organización de Desfiles Semanasanteros – Que se piensan que todo el monte es orégano y de eso nada. Que aquí sólo queremos familias tradicionales y no inventos modernos que atentan contra la dignidad y el buen gusto cristiano.
– ¡¡Me cago en la leche, Chiscuelín!! – saltó doña Gemita al reconocer en el Vocal anterior al hijo de una de sus sirvientes - ¡¡Que no consiento que el hijo de una chacha me venga a tocar los melones en tan sacro lugar!!
– ¡¡Los melones, los encajes y hasta la peineta de plástico que lleva puesta y que fue comprada en el cadena cien, tacaña de pacotilla!!
– ¡¡En cadena cien se comprará tu madre las bragas!!
Y en eso, la Excelentísima Condesa de Pinto y Valdemoro se abalanzó sobre los miembros de las cofradías que se estaban dedicando en cuerpo y alma a reconstruir la figura de escayola del Crucifijo de la Catedral, y cogiendo el brazo derecho de la destartalada imagen, le arreó un guantazo celestial (por eso de que el brazo era del Cristo) a Gabrielín Chiscuelo, que por la onda expansiva del meneo, empujó a la Buñuelos, que con el ojo derecho en Alicante miró mal a la Delegación de la Sacra Familia, que se andaba haciendo cruces por lo presenciado, y con el ojo izquierdo de la orilla del Sil arremetió visualmente con la horrorizada feligresía allí concentrada.
– ¡¡Que nos pegan a los Vocales!! – saltó don Heliodoro.
– ¡¡Eso sí que no!! – rugió doña Petronila Sarito – ¡¡Que a una todavía le quedan reminiscencias Tejerianas para acabar con toda esta panda de degenerados y arcaicas damas!! ¡¡Venga, Heliodoro!! ¡¡Otro lexatín y a darnos de hostias!!
En eso, el pobre nuevo obispo, en brazos de sus acólitos y aún aturdido por la caída, al ver a la condesa con el brazo derecho de la imagen soltando mamporros a diestro y siniestro, y a los excelsos miembros de la Unión, defendiendo a sus Vocales también con extremidades y demás lindezas anatómicas de la imagen sacra que no voy a describir por no caer en la blasfemia más profunda y gratuita (aunque ya se imaginarán lo que podría portar cada uno), volvió a desmayarse preso de la histeria más acentuada.
Si hasta la alcaldesa Lady Bidette, al contemplar atónita el fregado allí instalado, decidió tomar cartas en el asunto y, abanderando las libertades y el derecho de cada uno a formar la familia que le salga del higo chumbo ese, ordenó a sus chambelanes que tocaran las trompetas a modo de “¡¡a la caaaaaaargaaaaaaaaaa!!” con una versión machacona del Francisco Alegre y Olé, por lo que se sumó soltando mamporros la tía, mas camionero en ese momento que nunca.
– ¡Ay, tíito! – se quejó mi Felixín, refugiado en mi regazo tras un banco de la Catedral para no recibir puñetes varios – Que de aquí no sólo salimos en portada sino hasta en el homozapping ese. Que se ha armado la de Dios es Cristo nunca mejor dicho por el armamento de los unos y de los otros.
– Es que mis señoronas son de mucho cuidado – dije esquivando un cirio que doña Ursula Lopetegui le había lanzado al Hermano Mayor de la Cofradía del Desamor a deshora, que como siempre anda medio alelado, no sabía de qué lado ponerse, y claro, recibió por todos el jodío.
Total, que para evitar daños mayores, comenzamos mi sobrinín y yo a escaparnos de la Catedral arrastrándonos por todo el suelo al tiempo que los golpes y palizas continuaban y la feligresía huía de allí despavorida. Un espectáculo donde los hubiera y un debut procesional que, a todas luces, quedaría grabado a fuego en la memoria de hasta veinte generaciones siguientes a la nuestra.
Pero, sin embargo, en un momento determinado de la gresca catedralicia, un enorme estruendo seguido de un ligero terremoto que vapuleó aún más los cimientos de la Santa Iglesia Basílica hizo que todo el mundo frenara sus impulsos candentes de arrearse de lo lindo y que todos, todos, enmudeciéramos de inmediato.
– ¡¡Ay, coñe, qué ha sido eso!! – se preguntó doña Leti con la mantilla revuelta.
– ¡¡Ay, Jesús, José y María!! – chilló histérica doña Engracia Velarde con doña Petronila Sarito de los pelos.
– ¡¡Un nuevo Apocalipsis!! – auguró cenizo don Heliodoro.
– ¡¡Que no!! – gritó esquizofrénico un chambelán de la alcaldesa Pombales - ¡¡Que ha sido parecido a aquel enorme pedo que acabó con la antigua Corporación Local!! ¡¡Alcaldesa, que van a por usted!! – Y cogiéndola en volandas junto a otros tres chambelanes, huyeron despavoridos de la Catedral al sempiterno toque de la copla esa del torero. Qué cosas.
El nuevo obispo José María Miguel Angel despertó de nuevo al oír el enorme estruendo y, soltándose de sus acólitos, se arrodilló en el centro del Altar Mayor, y miró hacia la linterna de la cúpula catedralicia.
– ¡¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!!
Al oírle todos, miramos los allí congregados hacia las alturas con un cierto temor, algo de incertidumbre y un bastante de cagalera. Y todos aguardamos temblorosos mientras el silencio más absoluto se apoderaba de todos los allí vapuleados. Que no éramos pocos, no señor.
Una luz se filtró entonces a través de las vidrieras, una ligera brisa se coló por entre las teclas del Órgano Catedralicio y, para sorpresa de todos, algo parecido a la banda sonora que Vangelis compusiera para “1492, la conquista del paraíso” sonó dejándonos a todos boquiabiertos y sorprendidos.
– ¡¡Es la señal que estábamos esperando!! – saltó un grupo de feligreses pertenecientes a la Compañía de las Palabras Divinas y Auténticas y que se habían escondido detrás de un confesionario para evitar los golpes – ¡¡Es el momento, hermanos!! – Y acercándose al obispo, se arrodillaron todos y comenzaron a hacer los coros a la música que sonaba en el órgano.
Los de la Unión Cofradiera cerraron filas en torno a don Heliodoro y doña Petronila mientras el resto de cofradías se agrupaban por colores y estandartes. Por su parte, mis señoronas, temblorosas, se juntaron a mi inmensidad física sin quitar ojo a la luz que se filtraba de las alturas y abrazándose las unas a las otras.
– ¿Y ustedes de qué se preocupan? – les dije – Si a ustedes el Papa Juan Pablo las bendijo con su anillo y su escudo de armas.
– Por si acaso, Rafaelito – soltó doña Ursula – Créame.
– Huy, huy, huy, huy… Que tanto tembleque me hace suponer que ustedes no me contaron la verdad de lo acontecido en el Vaticano en el momento de la firma del Santo Padre en sus estatutos cofradieros.
Ninguna dijo nada al respecto, lo que aumentó mis sospechas. Aunque en una cosa sí que les daba la razón. En esos precisos instantes, el tembleque estaba más que justificado.
– ¡¡Señor!! – volvió a gritar el obispo – ¡¡Te estamos aguardando!! ¡¡Todos estamos expectantes y ya nadie se pega!!
Otra luz volvió a filtrase en la catedral por entre las vidrieras que adornaban el ábside. Y en ese momento, justo en el instante en que la música que sonaba en el órgano se hacía más intensa y celestial, todos pudimos oír una voz como de ultratumba que invitaba a la cagalera conjunta.
– ESTA VISTO QUE NO SE OS PUEDE DEJAR SOLOS…
Al oír aquello, los que estaban callados se quedaron pálidos; los que ya estaban pálidos se quedaron atónitos; y los atónitos, directamente, se hicieron caca encima.
– ¿Es que acaso te hemos fallado, Señor? – preguntó el obispo.
La voz enorme (y en mayúsculas, que quien hablaba era Dios) carraspeó un poco a modo de ironía y sarcasmo.
– HE PRESENCIADO DESDE MIS ALTURAS LO ACONTECIDO EN MI SANTA Y SAGRADA CASA. Y YA OS VALE, PANDA DE GRILLOS.
– ¡¡La culpa ha sido de la cofradía Homodivina!! – se chivó doña Petronila Sarito colocándose bajo la luz celestial – Ya sabe usted, esa panda de degenerados que van contra la Familia y los dogmas católicos…
– AQUÍ NADIE VA CONTRA NADIE Y TODOS CONTRA TODOS – sentenció Dios con esa manía suya de hablar derecho con frases retorcidas. O algo así.
– Pero es que van contra todo lo que usted enseñó.
– ¡¡Cállate, envidiosa!! – le chilló doña Ursula.
– ¡¡Mezquina!! – apuntó doña Leti.
– ¡¡Tía asquerosa!! – se sumó doña Engracia.
– ¡¡Hija puta!! – aulló doña Gema.
– Hable bien, doña Gemita – le dije al oído – Que está Dios delante. Y hoy, más delante y presente que nunca.
– ESCUCHADME TODOS, QUE LLEVAIS DOS MIL AÑOS HACIENDO LO QUE OS DA LA GANA Y ASI OS VA COMO OS VA. Y CLARO, LUEGO VENDREIS A RENDIR CUENTAS ECHANDO LAS CULPAS AL VECINO DEL QUINTO. COMO SIEMPRE.
– ¡¡Te oímos, Señor!! – saltó doña Consuelo Meapilas, numeraria suprema de la Compañía de las Palabras Divinas y Auténticas al tiempo que entonaba un canto.
– ¡¡QUE ALGUIEN HAGA CALLAR A ESA PANDA DE PIRADOS!! ¡¡Y ESCUCHADME BIEN QUE YA NO LO VUELVO A REPETIR NUNCA MAS!!
Volvió a hacerse entonces un silencio expectante e inquietante. Todos mantuvimos la mirada fija en la luz celestial (incluida Domitila Buñuelos) y aguardamos las palabras de Dios como agua de Mayo. Sólo que en plena Semana Santa.
– NO OLVIDEIS NUNCA QUE DEBEIS AMAROS LOS UNOS A LOS OTROS SIN IMPORTAROS LAS ETIQUETAS, EL COLOR DE LA PIEL Y DEMAS LINDEZAS DE ESAS QUE OS HABÉIS INVENTADO LOS HUMANOS SIN HABERME PEDIDO PERMISO, PANDILLA DE INSENSATOS. SI RAFAEL SANDOVAL SANTANA TIENE A SU CARGO UN RETOÑO, PREOCUPAROS DE QUE NUNCA DEJE DE QUERER A FELIXIN Y NO DE SI ES MARICA O NO; SI VUESTRO VECINO ESTA LLORANDO, SUMINISTRARLE PAÑUELO Y COMPAÑÍA Y NUNCA INCOMPRENSION; SI LOS NIÑOS SE MUEREN DE HAMBRE, DERROCAR A LOS GOBIERNOS ABSOLUTISTAS Y GASTAROS LOS CUARTOS EN SUMINISTRAR COMIDA Y AGUA Y NO EN INVENTAROS GUERRAS Y GOBERNANTES INDIGNOS DE MI Y DE TODOS LOS QUE AMAN CON EL CORAZON; DEFENDED VUESTROS IDEALES Y VUESTRAS LIBERTADES SIEMPRE CON LA PALABRA, QUE ES LA MEJOR ARMA PARA LA CONCORDIA Y EL BIENESTAR; OLVIDAD LAS MEZQUINDADES Y LAS RUINDADES, QUE DE LOS MEZQUINOS Y RUINES YA ME ENCARGARE YO EN MENOS QUE CANTA UN GALLO; TENDER LA MANO AL QUE NO LA TIENE Y OFRECED LA PALABRA DE ALIENTO EN EL MOMENTO EN QUE SE NECESITA, Y NO A DESTIEMPO, COMO CASI SIEMPRE; Y POR ULTIMO, UNA COSA MAS OS DIGO A TODOS VOSOTROS Y A TODO EL MUNDO QUE TENGA A BIEN EL DETENERSE PARA ESCUCHARME Y DEJAR DE MIRARSE EL OMBLIGO: NOS VEREMOS MUY PRONTO. MUY PRONTO…
En ese momento, la luz celestial, igual que vino, se marchó a tomar vientos. Incluso la música del órgano dejó de sonar.
El obispo José María Miguel Angel se soltó de los acólitos y nos miró a todos en silencio. Los de la Unión se miraron entre ellos sin saber muy bien a qué atenerse. Mis niños del Luna llena comenzaron a abrazarse llorando emocionados. Mis señoronas se comieron a besos entre ellas. Y así, todos en paz tras haber escuchado el discurso de Dios, nos envolvimos unánimemente en un aura sosegante y pacífica.
– Hijos míos – nos dijo entonces el obispo – Trabajad en pro de vuestra Semana Santa en paz y tolerancia los unos con los otros. Yo os bendigo y estoy seguro de que esta Semana Santa santanderina será la más renombrada de todas las que se recuerdan. Id en paz. No os preocupéis por los destrozos ya que mis monjitas recogerán todo este desaguisado. A vosotros os espera una semana agotadora en cuanto a trabajo, ilusión y procesiones. Confío en vosotros, en vuestra capacidad de comprensión y en vuestra enorme esperanza por un sueño cumplido. Queridos míos, marcharos a vuestras capillas e iglesias a preparar vuestras procesiones. Con este deslumbrante aunque a la par impactante pórtico, da comienzo la Semana Santa santanderina. Palabra de obispo.
Todos asentimos con la cabeza esbozando una sonrisa abierta y sincera. Los unos miramos a los otros y los otros a los unos. Y con un gesto con la cabeza, supimos que todos teníamos cabida en la Semana Santa santanderina. Había sitios para todos y de todas las condiciones, ya fueran vírgenes bajo palio o imágenes actuales realizadas con talento, pluma y pasión.
Goyita Soletilla se dio la mano con Memé O´Thoa; los cofrades homodivinos con los de la Virgen del Eterno Quejido; Yo, de mi Felixín, y mis señoronas de los miembros de la Unión Cofradiera. Y de esa guisa emprendimos el recorrido por el pasillo central de la Catedral para enfrascarnos todos en el arduo trabajo procesionario que teníamos por delante.
Solo una voz con toque nasal esperpéntica y que provenía de un rincón de la Catedral nos sacó de nuestra cordialidad. Se trataba del emblemático y honorable historiador Paquitín Díaz, escondido del susto por la presencia divina, y que salió de su escondrijo y se nos plantó justo delante de todos nosotros.
– Que conste una cosa – nos dijo – Me pido prime para contar esta historia. Y digo que conste porque ya estoy hasta el álbum de recuerdos de mis neuronas de escribir libros y libracos soporíferos sobre personajes y personajillos locales de hace tropecientos siglos, de los cuales ya no se acuerda ni la madre que los parió. Lo que aquí he presenciado, escuchado y alucinado, es digno de llenar páginas y páginas maravillosas e imborrables. Que se lo digo yo, que de recuerdos e historia sé un rato largo.
– No te joroba aquí el tío este – saltó doña Gemita – A ver si se piensa que va a sacarnos en su libro sin que cobremos los derechos propios de nuestros reales apellidos. Faltaría plus.
– Eso, Gemita – añadió doña Leti – Y ya que usted anuncia su constatación gráfica, yo le constato a usted, señor Paquitín, que para escribir de la Ilustrísima Marquesa del Santo apóstol por la Gracia de su Majestad el rey don Alfonso XIII hay que tenerlos muy bien puestos.
– O para escribir de las tierras laredanas – puntualizó doña Ursula – Que para escribir de Laredo hay que tener cultura, sabiduría y un gran amor por las anchoas y el cine cutre de romanos de los años sesenta. He dicho.
– Nada de eso, señoras mías – dijo Paquitín Diaz – Yo no quiero escribir ni sobre ustedes, ni sobre sus títulos nobiliarios, ni sobre las tierras de origen de cada una. Que para escribir sobre la tierra de los dinosaurios ya hay especialistas en ese ramo. Yo quiero hablar acerca de la Semana Santa santanderina y sobre la presencia de Dios en un día tan señalado como el de hoy. Misas como las celebradas en esta mañana, con ramillete de guantazos y presencia divina incluida, no se da todos los días…
Paquitín Díaz continuó con sus explicaciones durante tres o cuatro párrafos más que se podrían hacer interminables. Y es que una cosa es poner la parrafada de Dios en mayúsculas, y otra muy distinta hacer tragar a cualquiera el latazo de tomo y lomo del famoso historiador local, que aunque es sabido que no necesita de chuleta alguna para soltar un rollo, en cuando se le da cuerda no hay quien le ponga freno. Qué tío, oye.
Y allí les dejé, a mis señoronas y al historiador, a las monjitas catedralicias, recogiendo el estropicio del fregado de las tortas de todos y todas, al obispo, solemne tras haber hablado con el mismísimo Dios, y a algún feligrés despistado que aún andaría escondido tras las columnas de la Catedral, disimulando el olor corporal ubicado, con toda probabilidad, allí donde la espalda pierde su digno nombre.