Primer capítulo (en su versión íntegra) de las nuevas andanzas de Rafael Sandoval Santana, mundialmente conocido como "LA DIVINA SORAYA".
Esta vez, las coplas y las saetas van juntas de la mano.


Qué bonito es preparar una procesión con ilusión y con ganas de que todo salga bien. Y qué agradable es hacerlo en armonía, con gente que se quiere como si de hermanos se tratara, sin malos rollos y sin quebraderos de cabeza absurdos y estrafalarios.
Y eso es lo que pasaba en aquella tarde de Viernes Santo en los locales anexos al Luna llena. Allí, todo era concordia y hacer las cosas como está previsto que se hagan. Doña Goyita Soletilla y sus retoques de última hora; doña Memé O´Thoa, con los dobladillos de algunos hábitos; mi sobrino Felixín, ayudando a los chulazos más altos a colocarse la cartonera y el capuchón; mis señoronas, que seguían de paseo con el niño Colacao tras haberse pasado la noche en comisaría, a su aire y buen hacer. Y mejor así, que ya estaban histéricas de por sí desde el inicio de este episodio… Por tanto, el panorama que presenciamos don Matías, Sor Visi y un servidor tras haberles relatado las procesiones santanderinas desde Ramos hasta Jueves Santo, fue de lo más agradable y lo más opuesto a un inquietante mundo surrealista.
Don Matías se adentró hasta el centro del local, donde estaban colocadas las imponentes andas de madera labrada con angelotes policromados en cada una de las esquinas y brocados en oro, y en las cuales, en el centro y rodeado de flores de todos los colores y todos los aromas, se encontraba la imagen del San Juanito, y se quedó completamente emocionado por la devoción que le despertaba la imagen de la Soletilla, que descendió al suelo tras haber colocado las extremidades del santo a su gusto y su buen arte escultórico, para comer a besos a mi sacro amigo.
– ¡¡Hay que pirulo mari más majo y cachondo!! – le dijo la artista en un arranque lingüista que dejaba mi barroquismo verbal a la altura del betún – Para que luego digan que los curas de hoy día son enemigos del arte actual y de las innovaciones sexuales de los de la otra acera.
– Es que su San Juan llama al fervor por antonomasia – alabó el pater – Esa mirada hacia las alturas, esas manos que hablan por si solas, el cuerpo en escorzo por el sufrimiento…
– ¡¡La pluma que le ha tallado la muy tortillera!! – chinchó doña Memé O´Thoa, muerta de la envidia por tantas alabanzas al arte de su rival artístico – Que si el San Juanito tiene éxito es únicamente gracias a mi atuendo textil, que le engrandece, le eleva a las alturas celestiales y le encumbra a las pasarela de Milán, Cibeles y los Parises de mi alma.
– ¡¡El San Juanito lo he parido yo a base de talento, esmero y enorme capacidad creadora, franchute del tres al cuarto, envidiosa de pacotilla y absurda modistilla de barraca de feria!!
– ¡¡Señoras, por favor!! – grité para evitar un enfrentamiento entre las dos divas, que ya me lo veía venir al igual que todos los chulazos allí presentes y que ya estaban pensando en sentarse para disfrutar del espectáculo – Caramba, que estamos a dos horas vista de salir en procesión y ustedes no hacen más que discutir y pelearse por demostrar cual de los dos es más artista que la otra.
– Tiene razón Rafaelito – añadió la Sor – Este loco mundo es lo suficientemente grande como para que dos talentos tan complementarios como son los suyos puedan convivir en paz y armonía. La talla, realizada con precisión y amor por doña Goyita, nació para ser vestida por doña Memé. Y no me discutan más… Que bastante jarana ya hay montada en esta Semana Santa como para que se le echen más guindas al pavo…
– Huy, eso es de la Imperio Argentina de “Morena Clara”.
– Para que vea que me acuerdo de sus cantes tan llenos de verdad y de las coplas, cuplés y boleros de su repertorio, a los cuales, todo sea dicho de paso, hace más de una eternidad que les voy echando de menos.
– El luto, Sor Visi – expliqué – Que me tiene apartado del espectáculo, el transformismo y todo lo que me caracteriza como la gran diva del escenario del Luna llena.
– Pues cuando acabe todo este embrollo semanasantero me tiene que dar usted una sesión de cante coplero pero de los buenos, de los que canta el Falete ese y no las mamarrachadas de ahora que, a ritmo de chunda-chunda, destrozan hasta a los clásicos de siempre sin ningún tipo de miramiento y sin que un triste Juez de Paz ponga orden y armonía en el panorama musical patrio de esta España racial nuestra.
– Caray, Sor, qué puesta la veo en estos lares rítmicos.
– Es que el hábito no hace a la monja, qué carajo.
– Pues no se me apure usted. Además, se da la circunstancia de que le prometí al Alvarito Mochilas el realizar un concierto benéfico a fin de sufragar las indemnizaciones ante tanto desastre imaginero, procesionario y devocionario…
Y en esas explicaciones me andaba yo mismo con mi verborrea propia de mi género, cuando de repente, sin previo aviso, llegó hasta nosotros una musiquilla sinfónica que no era ajena a casi nadie de los presentes. Una de esas cosas que sólo ocurren en las películas musicales (por cierto, qué bonita es West Side Story y cuánto pude llorar con el final de Evita) y que hizo las delicias de mis chulazos del mariconeo-party-show allí presentes, que cesaron de inmediato en las pruebas de vestuario para la procesión para arremolinarse junto a nosotros al tiempo que realizaban una coreografía los unos con los otros. Y al ritmo de la misma música, Goyita Soletilla le terminó de colocar el acento a la cadera policromada del San Juanito mientras Memé O´Thoa se ponía a bailar con uno de los chinos que estaban venga a darle a la máquina de coser. Y como ya estábamos en materia, para deleite de mis sacros amigos, puesto que la música no cesaba un segundo, me acerqué a los jarrones de orquídeas que adornaban el local, y cogiendo una de ellas a modo de abanico, La Divina Soraya, en aquella tarde de Viernes Santo, volvió a brillar como lo había hecho siempre desde que el mundo era mundo.

De la Habana para aquí me han mandao
y de todo te puedo vender,
lo que pidas muy barato lo doy,
lo que pidas muy barato lo doy.
Platanitos muy sabrosos, caña dulce,
rico mango y un lorito verde y rojo
que habla más que una mujer.

Lo que pidas muy barato lo doy,
lo que pidas muy barato lo doy.
Madúrelo, madúrelo, aguacate verde,
madúrelo, lo, lo.

Yo no quiero ser mulatita
ni tampoco mulatona,
oe, oe, oe la chamelona.
Yo no tengo la culpita,
ni tampoco la culpona,
oe, oe, oe, la chamelona.
Que me voy, que me voy, que me voy…

– Pues váyase, tío blasfemo – interrumpió doña Leticia del Molino ataviada con su mejor mantilla, largo vestido negro, encajes y puñetas bordadas, collarón de perlas y abanico en mano – Que ya rezuma el mango que en la tarde de Viernes Santo nos venga usted cantando rumbas chamelonas a lo Sara Montiel.
– Y con el beneplácito de Sor Visi – apuntó doña Engracia Velarde vestida de la misma guisa – Que la he visto con el hábito remangado y bailando un par de pasos graciosos con don Matías.
– Qué desaprensivos musicales – se sumó doña Ursula con su atuendo más fúnebre – En esta jornada luctuosa procesionaria de Santo y Plañidero Entierro y con la semanita que llevamos.
– Y mientras, nosotras de paseo con el niño negro este, que no dejaba de berrear en busca de su teta alimenticia sin quitarme ojo de encima como diciendo que le diera una de las mías, que ya no están ni para excelentísimos ni para ilustrísimos – finalizó doña Gema Valdemoro con la mantilla y peineta bien puesta.
– No se me enojen, señoronas – les expliqué – Lo que ocurre es que estábamos hablando de nuestras cosas y nuestras cosotas cuando la música nos embriagó por completo y…
– Déjese de músicas y al tajo – sentenció doña Ursula ejerciendo de Hermana Mayor Cofradiera – Que venimos de dar un garbeo por el Paseo Pereda y ya están las cadenas televisivas montando su tinglado en la plaza de la Catedral para retransmitir a todo el mundo la procesión santanderina de esta tarde.
– Allí estaban ya todos preparados – continuó doña Leti – Sentaditos en sus tronos catedralicios se encontraban el obispo, restablecido del desmayo de ayer tarde; tres Delegados Vaticanos, que por lo visto han llegado esta mañana a primera hora en un jet privado para acudir al show televisivo; varios representantes de diversas confesiones religiosas para comprobar, in situ, lo que se cuece en la Católica, Apostólica y Romana, amén de Universal y Exclusiva; nuestra Excelentísima señora Alcaldesa, la Bidette, custodiada por la Autoridad Militar por eso del toque de queda instaurado a partir de las diez de la noche; diversos representantes del Gobierno Central, con el Delegado Gubernamental a la cabeza para decretar las urgencias políticas en caso de desastre; y para finalizar, los Hermanos Mayores de aquellas cofradías que, por causas conocidas por todos, no pueden procesionar en el cortejo vespertino de hoy.
– Qué barbaridad – comentó don Matías – ¿Y hay tribuna para tanta gente? Porque va a haber más personalidades sentadas que procesionando.
– Y no vea usted el gentío que hay allí arremolinado– apuntó doña Engracia – Y es que nos han chivado que, como golpe de efecto por parte de don Heliodoro de la Penilla, esta tarde van a procesionar también a la Santa Reliquia de la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín para congregar, si cabe, a un mayor número de televidentes frente a la caja tonta.
– Ha sido noticia de última hora – señaló doña Leticia.
– El cotilleo de esta jornada luctuosa – comentó doña Ursula Lopetegui con empaque propio de su linaje.
– El boom televisivo de las últimas décadas – agregó doña Engracia con sonrisa boba.
– El despiporre, vamos – finalizó doña Gemita – Lo que pasa es que ya no saben qué inventar para hacer sombra a nuestra cofradía homodivina. Y claro, han convencido a todo dios para que la Santa Reliquia, que nunca sale de casa, lo haga esta tarde y así, para paliar desastres mentados anteriormente, la Semana Santa de Santander se recuerde como ha de recordarse.
– Joroba – se sorprendió Sor Visi – Con la veneración devocionaria que tiene la Uña Sacra del beato Orujito Liebanín.
– Por joder, ya saben como son los de la Unión Cofradiera.
– Si hasta Petronila Sarito ha dado un salto de alegría desde la cama del hospital en cuando se lo han comentado, se ha puesto buena de repente, se ha tomado un par de whiskys (que como rampla la tía) y ya está formada para abrir ella solita el cortejo procesionario.
– Entonces, no hay tiempo que perder – señalé ya nervioso y preso del pánico escénico más tremendo que pueda recordar.
Y es que nos lo habían puesto difícil los de la Unión Cofradiera para que el debut del San Juanito fuera el cometario por antonomasia en la jornada de Viernes Santo. Incluso Goyita Soletilla y Memé O´Thoa se creían ya relegadas a un segundo plano al conocerse incapaces de superar en fama y prestigio a la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín, la reliquia más importante del mundo procesionario local y famoso en todos los lares gracias al patrocinio del cantante autóctono de moda, Robustiano Bustamín, amén de las gracias propias de nuestro showman particular, el inconfundible y nada imitado Revillita.
No. No había tiempo que perder. La Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino debía estar formada para participar en la comitiva general con el resto de cofradías a eso de las ocho de la tarde en la esquina de la calle Cervantes, por tanto doña Ursula había previsto salir de los locales del Luna llena a las seis de la tarde, pues ya contaba con la lentitud en recorrer casi media ciudad debido a los más de quinientos participantes de nuestra hermandad, el parón al efectuar la entrega floral a la estatua ecuestre de nuestra María la Franca, la saeta que yo debía interpretar con pasión y desgarro, y algún que otro contratiempo que se nos pudiera presentar debido a las inclemencias del tiempo, la mala baba de los organizadores o váyanse ustedes a saber. Que en eso de hacer la puñeta, este mundo va sobrado.
Y hablando de puñetas y de no perder el tiempo, a las seis en punto de la tarde, a la misma hora en que nosotros teníamos pensado salir de nuestras dependencias, la cúpula de la Unión Cofradiera ya estaba arremolinada en los aledaños de la antigua plaza del Ayuntamiento y actual Real-Sitio-de-Recogimiento-Público-y-algo-más-que-Corte-Administrativa en espera de la llegada de la comitiva que debía traer a la Santa Reliquia de la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín. Y allí, de traje y corbata don Heliodoro de la Penilla y don Gabrielín Chiscuelo, y traje largo con mantilla doña Petronila Sarito y doña Domitila Buñuelos, junto a más de treinta mil fieles traídos (algunos bajo pago) de todos los rincones de la provincia, todos aguardaban impacientes e inquietos la venida de tan venerado vestigio en compañía de prensa gráfica local, nacional e internacional, emisoras de radio y múltiples cadenas de televisión, un coro de danzantes locales, un casette con la última maqueta musical del cantante Robustiano Bustamín y hasta un discurso pregrabado de nuestro showman presidencial Revillita. Por tal motivo, en aquella tarde de Viernes Santo, la cúpula de la Unión Cofradiera se sabía protagonista a todas luces del evento procesionario de la jornada. Cosa esta que se evidenciaba a grandes rasgos por las miradas cómplices que se dirigían el señor presidenta y la señora vicepresidenta con amplias sonrisas de oreja a oreja y pasando por todos los órganos correspondientes a la anatomía de cada uno de ellos.
Y en eso, hasta la antigua plaza del Ayuntamiento llegó el estrepitoso sonido de unos treinta helicópteros que, al sonido de la Danza de los sables que compusiera hace décadas el genial Khachaturian, y que se podía oír a lo largo y ancho de toda la ciudad gracias a los enormes altavoces que estaban instalados en veinte de la treintena de aparatos volátiles cual Apocalypse now se tratara, daban buena muestra de la llegada a Santander de la Sagrada Reliquia de la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín con algo más que todos los honores.
– Ahí está – dijo nerviosa doña Petronila Sarito.
– Con más dignidad que una Persona Real – confirmó para sí don Heliodoro de la Penilla con todos los pelos revueltos por la ventolera que ocasionaban las hélices de todos los helicópteros.
– ¿En cual estará la urna de la Uña Sacra? – se preguntaba doña Domitila Buñuelos con los dos ojos haciéndole chirivitas para ver si, de esa manera, lograba centrar la mirada en el que era y así, saludarle con la mano y la mantilla ya desordenada.
– Pues como no atines con el ojo bueno…– le dijo el Chiscuelo con sorna y mala baba a pesar de su rango.
Para dar más realce a la bienvenida, en pleno centro de la plaza se encontraba una delegación cofradiera que, escoltando a la imagen de la Virgen del Lagrimeo Constante, una de las pocas supervivientes de la Semana Santa santanderina, servía como comité de recepción para tan importante acontecimiento social y devocionario y que ya, aún sin pisar los helicópteros la plaza, era la comidilla de todos los teletipos informativos amén de los grandes despachos de editores y periodistas de pro así como conversación principal en los salones de te y hasta en los cuartos oscuros de las saunas de índole más que gay.
– Y mientras la cofradía homodivina hace el ganso por la ciudad, todo el mundo está aquí pendiente de esta Uña Sacra que va a revitalizar nuestros actos cofradieros dejando a los muchachos de la Soraya esa a la altura de una boca de alcantarilla – masculló orgullosa entre dientes la Sarito.
Don Heliodoro de la Penilla hizo un gesto a la Banda de Tambores y Fanfarrias de la representación cofradiera para que en el momento exacto en que el helicóptero principal tocara tierra santanderina hicieran sonar sus tambores a todo volumen – por encima de la música del Khachaturian – y unos segundos antes de que sonara la música del Bustamín y el discurso del Revillita. Y mientras, los flashes y los micrófonos de prensa, ya conectados y listos para ponerse en marcha.
Pero como las desgracias nunca vienen solas, tal y como ha quedado demostrado en estas exquisitas y deliciosas páginas, en el preciso instante en que uno de los helicópteros descendía hasta el centro de la plaza, y al tiempo en que la mentada Banda de Tambores y Fanfarrias comenzaban los redobles del preludio a su pomposa marcha procesional, a uno de los muchachos tamborileros, preso de los nervios más acentuados, intensificados y elevados a su más alto exponente, se le resbaló una de las baquetas con las que estaba tocando su tambor, la cual fue a parar hasta el mismo eje de las hélices de otro de los helicópteros que sobrevolaba la plaza, el cual comenzó a dar giros sobre sí mismo llevándose por el camino a otros tres aparatos que fueron a parar a la azotea del Banco de la Palomita Buena Onda, estrellándose con las antenas de telefonía móvil causando una enorme explosión acompañada de una intensa llamarada.
– ¡¡¡La madre del Cordero Celestial!!! – aulló don Heliodoro de la Penilla sorteando los numerosos cascotes que caían al suelo.
– ¡¡Jodo, jodo, jodo!! – chillo ya histérica doña Petronila.
– ¡¡La Virgen del Lagrimeo Constante!! – gritó también nerviosa doña Domitila Buñuelos al juntar sus dos ojos en un mismo punto y observar, espantada, que varios restos llameantes de los helicópteros accidentados caían sobre el enorme manto de la imagen.
– ¡¡Que alguien haga algo!! – ordenaba don Gabrielín Chiscuelo al ver la gran espantada de la gente, que corría en todas direcciones entre gritos, carreras, pisotones y gran algarabía.
Los cascotes, que saltaron en todas las direcciones, alcanzaron a otros helicópteros que aún estaban sobrevolando la plaza para dar escolta al Principal que albergaba la Santa Reliquia, provocando que otros cinco se fueran contra diversas fachadas de edificios colindantes, causando enormes incendios al tiempo que los vecinos saltaban hasta por las ventanas para poder escapar del desastre espantoso que estaba sufriendo el pleno centro de la ciudad y que ya era seguido, en riguroso directo, por millones de televidentes gracias a los cámaras de las diversas cadenas televisivas que se encontraban concentrados en la plaza de la Catedral para retransmitir la Procesión General y que al sonido de las explosiones y los tremendos estruendos, habían corrido en masa hasta el lugar de los desgraciados hechos para informar. Y allí mismo, también a la carrera, llegaron el obispo, la alcaldesa lady Bidette, la Autoridad Militar y la representación del Gobierno Central que ya estaba dando orden de instaurar a toda pastilla los Estados de Alarma, Excepción y Sitio ante lo que estaban presenciando de manera atónita y asombrada. Espantados también se quedaron los tres Delegados Vaticanos, que ante el horror que se cernía sobre la Santa Reliquia de la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín, conectaron sus respectivos teléfonos móviles con línea directa con la Santa Sede para informar a su Santidad de lo acontecido durante los prolegómenos de la jornada de Viernes Santo de la Semana Santa santanderina más alocada y borrascosa que se recuerde. Lamentablemente, la conexión telefónica no pudo dar resultado, pues las hélices de uno de los helicópteros accidentados cayó directamente sobre los tres Nuncios dejándolos no sólo para el arrastre, sino para ser vendidos como lonchas finas de pechuga de pavo sin sal y con cero por ciento de materia grasa en cualquier charcutería que se precie de serlo.
– ¡¡Dios de mi vida!! – gritaba histérica doña Petronila – ¡¡Que los Delegados Vaticanos se han ido al garete de los justos!!
– ¡¡Pero hagan algo, puñeta!! – continuaba chillando don Gabrielín Chiscuelo, esta vez a las Autoridades Militares para que intentaran apagar el fuego enorme que ya se cernía sobre la imagen de la Virgen del Lagrimeo Constante y sus antiquísimas andas de madera labrada y reducidas ya casi a cenizas sacras.
Pero ya nadie podía hacer nada. La plaza del antiguo Ayuntamiento se había convertido en pocos segundos en un hervidero de cascotes, incendios por doquier, tremendas explosiones, miles de personas despavoridas intentado huir en todas las direcciones para evitar ser alcanzados por los restos de los helicópteros que iban cayendo uno a uno de manera inevitable…. Y así, hasta convertir a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis en meros y absurdos protagonistas de una película de dibujos animados cutres y anodinos.
Y es que de los treinta helicópteros que formaban la comitiva que acompañaba al Principal que albergaba la urna con la Santa Reliquia, veintinueve ya habían caído de manera trágica sobre todo el perímetro de la plaza y sus aledaños, llevándose consigo edificios emblemáticos de la ciudad como el nuevo Ayuntamiento sede de Lady Bidette y diez manzanas más a la redonda. Sólo el que albergaba la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín quedaba ileso e incólume, sorteando los pedazos de los helicópteros que se desperdigaban por todos lados y en todas direcciones, ya fuera norte-sur y hasta oeste-este.
– ¡¡Que se marcha el helicóptero!! – se percató doña Petronila al comprobar cómo el aparato volátil desaparecía del cielo santanderino en busca de un cielo con mejores expectativas para el aterrizaje – ¡¡Que se pira y nos deja plantados!!
– ¡¡Y con Santander hecha un asquito!!
Doña Petronila corrió entre cascotes, ruinas de edificios aún en llamas, ciudadanos que iban y venían, ambulancias que llegaban al lugar de los hechos para auxiliar a los miles de heridos… Corrió hasta por encima del obispo, que nuevamente había sufrido un desmayo al contemplar el nuevo horror santanderino, y hasta por encima de los chambelanes que protegían a Lady Bidette, desconsolada por haberse quedado sin su insigne Real-Sitio-de-Recogimiento-Público-y-algo-más-que-Corte-Administrativa.
– No puede ser – decía la alcaldesa hecha un mar de lágrimas – Con lo bonito que me había quedado el nuevo diseño para el salón del trono…
Y fue tan dramático su desconsuelo, que los chambelanes sacaron sus heraldos para afinar su Francisco Alegre y Olé en versión adagio que ni los del Karajan.
– ¡¡La Uña!! – continuaba gritando doña Petronila sin cesar en su empeño maratoniano - ¡¡La Uña!! ¡¡La Uña!!
– ¡¡Mi callo!! ¡¡Mi callo!! – decía uno que había por allí y al que le había caído un cascote en pleno pie derecho.
Pero todo intento por parte de la vicepresidenta de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia por hacer regresar al helicóptero fue a todas luces imposible. Ya no quedaba de él ni el puntito ese en que se convierten los aviones y derivados cuando desaparecen de la vista del ser humano. Y decepcionada, hundida y aturdida por lo ocurrido en los últimos minutos, regresó la mirada hacia la antigua plaza del Ayuntamiento. Allí, miles de ciudadanos se congregaban en las calles adyacentes para contemplar, con cara de susto y pasmo, a lo que había quedado reducido tan emblemático enclave santanderino, cuna en aquel momento de todas las sirenas de ambulancias, furgones policiales, camiones de bomberos que no daban más de sí los pobres, y hasta de chicas de limpieza que tuvieron que hacer horas extras para limpiar las tejavanas y las azoteas de todos aquellos edificios que habían quedado sembrados de cascotes, cristales y demás lindezas carbonizadas.
Don Heliodoro de la Penilla, doña Domitila Buñuelos y don Gabrielín Chiscuelo se acercaron sin consuelo alguno a donde se encontraba doña Petronila. Y los cuatro, con lágrimas en los ojos, con el rostro desencajado por las horrendas visiones de los incendios y la gente desperdigada por toda la plaza, se fundieron en un enorme abrazo y en un emotivo himno a base de sollozos que daba buena muestra del fracaso de sus intenciones a la hora de convertir a la Semana Santa santanderina en la más renombrada de todas las realizadas en la ancha geografía española.
Pero todo este último desastre era ajeno a mi mismo y mi inmensidad física, a mis señoronas y a toda la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, ya que a las seis en punto de la tarde, tal y como estipuló con mano férrea doña Ursula Lopetegui, las puertas del anexo del Luna Llena se abrieron para que los muchachos más fornidos sacaran a hombros nuestra imagen para deleite de los cientos de personas allí congregadas para comprobar, in situ, la maestría del arte escultórico de la gran Goyita Soletilla trasladada a la talla del San Juanito, y el glamour más acentuado en los atuendos cofradieros diseñados por la renombrada Memé O´Thoa. Todo un lujo y todo un éxito que quedó demostrado por los sonoros aplausos del gran público arremolinado en aquella tarde de Viernes Santo ante las cercanías del ambiente más gay de toda la ciudad.
– Qué emoción, Rafaelito – me susurró al oído doña Ursula.
– Si hasta están tirando salvas de honor – comentó doña Leti al oír las primeras explosiones de los helicópteros sin saber, aún, de lo que se trataba – Esto me recuerda cuando don Alfonso XIII venía a veranear por este Santander mágico y cautivador.
– Oigan cómo nos aplauden – decía doña Gemita toda orgullosa y en plan excelentísima condesa.
Los aplausos irrumpieron por doquier ante la maestría de los mayordomos de la cofradía para colocarnos a todos tal y como mandan los cánones y el protocolo cofradiero. Y fue en ese momento, con toda la cofradía en plena calle, cuando lució en todo su esplendor cumpliendo, de esa manera, las expectativas creadas por todos.
Abriendo la comitiva, un gran estandarte con el escudo diseñado por la O´Thoa acompañado de un grupo de niños capitaneados por mi sobrino Felixín, encargado de que las filas de los tiernos infantes fueran derechitas y sin torcerse, guardando la compostura y la seriedad en todo momento; seguido, un grupo de chulazos tocados con el cubrerrostro color oro y portando unos hachones tersos y enormes de acero con un cirio prendido para dar luz natural y misterio a nuestra imagen; a continuación, nuestra Banda de Tambores, que no eran otros que mis músicos que cada noche, y durante años, me habían acompañado de manera sinfónica en mis actuaciones por los escenarios de media España; a esto se sumaba la gran imagen del San Juanito, obra cumbre del arte gay y procesionario por excelencia (para que luego digan lo que dicen y se oye por todos lados acerca de la combinación de ambas temáticas), portado a hombros por doce macizos que hacían las delicias de las locazas más locazas de la ciudad; tras la imagen, mis señoronas, de Viernes Santo con sus vestidos negros, sus encajes, sus mantillas, sus guantes con puntillitas y sus maravillosos rosarios de pedrería; y para finalizar, una especie de comitiva presidencial capitaneada por don Matías y Sor Visitadora, con sus respectivos y sacros atuendos, doña Goyita Soletilla y doña Memé O´Thoa, tocadas ambas con atuendo homodivino y más nerviosas que toda la fábrica de flanes royal; y para cerrar el cortejo, un servidor de todos ustedes y de toda buenas persona que se precie, vistiendo un enorme blusón negro, con una medallita de mi Virgen del Carmen y un enorme varal de acero con el escudo de la cofradía, y sin cubrerrostro, para que todo el mundo me viera dar la cara por todos aquellos que deben ocultarla tras las perchas de sus armarios por miedo y temor a ser quemados en las hogueras prendidas por los torquemadas correspondientes. Que haberlos, todavía los hay. Me consta.
Y era tal la emoción que me embargaba en ese preciso instante, que las lágrimas hicieron su agosto en mi rostro. Y soñé que a mi lado se encontraba mi difunto marido, Monchito, dándome ánimos y mostrándose satisfecho porque la cofradía Homodivina pudiera salir en procesión por las calles de Santander; me acordaba de mi pobre madre y de lo orgullosa que estaría al ver a su niño de procesión; evocaba también a mi padre y a mis hermanos, que me molían a palizas por ser de la otra acera sin comprender que mi lado de la vida estaba basado únicamente en la búsqueda de mi propia felicidad; recordaba, cómo no, a todos mis ídolos fallecidos de la copla, dedicándoles este peculiar momento de gloria y de recogimiento procesionario; y para finalizar, mi corazón latía por todos aquellos cuyos buenos propósitos en la vida quedaron truncados en las cunetas de aquellas carreteras que no figuran en los mapas porque son senderos secundarios que, para algunos, no merecen reseñarse en ninguna guía y que, sin embargo, para mí son tan principales como lo son el respirar, el vivir, y el amar y el ser amado. Por todos ellos y para todos ellos, mi procesión de Viernes Santo les quedaba dedicada. Palabra de Rafael Sandoval Santana, “La Divina Soraya”.
Tan ensimismado me encontraba yo con mis planteamientos anteriores, que no me di cuenta de que ya habíamos llegado a los pies de la estatua ecuestre de María la Franca. Los chulazos portadores del San Juanito se encontraban bailando la imagen a los pies de la misma al tiempo que mis señoronas, dignas ellas como nadie, depositaban un ramo de orquídeas preciosas.
– Todo el mundo aguarda su canto, Rafaelito – me susurró al oído mi amiga Sor Visitadora de la Cueva.
Tomé aire y le cedí mi varal a la vez que me encaminaba hacia mis señoronas, recogía una orquídea del centro maravilloso y, mirando hacia la estatua sabiendo que todos los allí congregados se encontraban con el corazón en un puño por presenciar tamaño homenaje a la abanderada de nuestro mundo, di una señal a uno de los tamborileros para que iniciara un redoble suave.
Y finalmente, canté:

Ven a borrarme los fracasos de mi mente,
ven a llenarme de caricias diferentes,
ven a sacarme de este pozo de amargura
donde me encuentro yo.

Y dame el agua de tu fuente cristalina,
dame el beso que sin darse se adivina,
que estoy sediento de cariño sin medida
y cansado de dar amor,

de volar siempre buscando una fantasía,
estoy cansado de secretos y mentiras
buscando un gran amor

que sea capaz de enamorarme cada día,
velar mi sueño mientras duerme mi vida,
mirarme siempre con la mirada encendida,
igual que miro yo.

Tras mi himno a la búsqueda del verdadero amor en un certero y sincero homenaje a nuestra María la Franca, todos los allí congregados guardamos celosamente un minuto de silencio roto, tan sólo, por el escándalo de sirenas y los gritos de la gente que podíamos oír desde donde nos encontrábamos.
– Qué barbaridad – se decía para sí doña Gemita – Estos de la Unión Cofradiera deben andar montándola de aúpa.
– Cualquier cosa con tal de salir por la tele – apuntó doña Leti con tono jocoso.
– Es que el sacar en procesión a la Uña Sacra del Beato Orujito Liebanín tiene su gancho y hasta su morbillo.
– Bueno, bueno – finalizó tajante doña Ursula – Todo lo que ustedes quieran, pero aquí estamos para sacar a nuestro San Juanito por las calles de Santander con más orgullo y devoción que otra cosa que se puedan imaginar las mentes calenturientas de los de siempre. Nuestro objetivo se ha cumplido y es nuestro deber, al ser tan hermandad como el resto, el de unirnos a las demás cofradías para reanudar el cortejo oficial.
– Qué bien hablado, Ursula – aplaudió doña Engracia – Con razón te animamos para que fueras la Hermana Mayor de este invento semanasantero nuestro.
– No podía ser de otra manera – dijo la aludida – Para eso puedo presumir de linaje y poderío laredano.
– No te jode la divorciada esta – saltó doña Gemita – Tu linaje me lo paso yo por el arco de triunfo de mi excelentísimo título. Faltaría plus.
– Y yo el tuyo por el mío, negrera del tres al cuarto – se apuntó a la movida la nonagenaria doña Leti – Que mi ilustrísima etiqueta viene avalada por la firma de don Alfonso XIII.
– ¡¡Al que traicionaste para irte con el caudillo y sus tropas nacionales, alcahueta, más que alcahueta!!
– ¡¡Explotadora!!
– ¡¡Cacatúa!!
– ¡¡Basta ya, señoronas mías!! – dije poniendo fin a la discusión – Caramba, que acabamos de guardar un respetuoso silencio a nuestra abanderada y ustedes aquí lanzándose puñetes verbales las unas a las otras. Esto no se puede tolerar.
– Rafaelito tiene razón – se interpuso con verdad y honradez nuestro querido don Matías – Dejen a un lado sus discrepancias nobiliarias y prosigamos nuestro recogimiento devocionario hasta el punto de encuentro con el resto de hermandades.
Y eso hicimos, ya que no hizo falta añadir ni una triste coma a las palabras de nuestro sacerdote favorito. A un redoble de tambor, el estandarte de la cofradía reanudó su paso procesionario al tiempo que mi Felixín aleccionaba a los tiernos infantes para que continuaran su andadura como preludio a la majestuosa talla de Goyita Soletilla, toda ella orgullosa y presumiendo de que su arte se luciera en aquella apacible aunque tormentosa noche.
Al salir de la plaza donde se encontraba la estatua ecuestre de María la Franca, una silueta que apenas se adivinaba entre la gran humareda con la que nos topamos nos conminó a que detuviéramos el paso. Y extrañados, obedecimos sin saber muy bien a qué atenernos. Sólo cuando el intenso y oscuro humo parecía despejarse algo, don Matías y Sor Visitadora reconocieron en aquella silueta al ángel aquel que relataron en su diario en la noche aquella en que abandonaron la tribu de los Conguitos Negros para regresar a este nuestro Santander.
– Nos encontramos de nuevo, Matías – dijo.
– Ay, coñe – dijo el pater – ¿Vienes hasta mí para la prueba de amor de la que me hablaste aquella noche?
Todos nos juntamos en torno a don Matías sin quitar ojo al angel virginal y maravilloso que teníamos delante de nuestras narices y algunos, extrañados, se quitaron hasta el cubrerrostro para poder verle y apreciarle mejor. Pero lo importante no era su portentosa y maravillosa visión, sino sus palabras, que dichas de manera apocalíptica, hicieron correr ríos de sudor frío por nuestras espaldas.
– Santander está en llamas – comenzó diciendo para acojone de unos mientras otros, al comprobar que aquello era cierto, corrieron despavoridos para contemplar el horrendo espectáculo que se cernía sobre la ciudad – La estupidez humana ha provocado una hilera de tragedias a lo largo de esta semana que ha tenido su punto álgido en esta jornada de luto en la que casi no se salva ni el apuntador…
– Dios de mi vida – dije anonadado.
– ¡¡Si se han cargado el Ayuntamiento y la alcaldesa lady Bidette está que no vive en ella de la pena!! – siguió doña Gemita.
– ¡¡Y toda la plaza está que arde!! – continuó doña Leti.
– ¡¡Y a más de uno se lo llevan en camilla!! – prosiguió doña Engracia antes de echarse a llorar de manera escandalosa.
– Así es – prosiguió aquel personaje angelical donde los hubiera – Dios ha castigado a la soberbia y la envidia; ha condenado a la insolencia y al ultraje de los valores caritativos; en definitiva, le ha dado un buen corte de mangas a todos estos personajillos que pretendían, con sus ínfulas descomunales, estar por encima de todo con tal de estar a su diestra. Y eso, de esta manera, no es designio de Dios…
– Pues se le ha ido la mano – dijo uno de los chulazos – Que no ha dejado piedra sobre piedra en todo el centro de la ciudad.
– Y más de uno yace en tierra de una manera atroz que más vale no verlo para no soñar después…
Don Matías, con lágrimas en los ojos por el Apocalipsis presenciado, se acercó al ángel y apenas pudo soltar un hilillo de voz audible para los que estábamos más a su lado.
– ¿No lo adivinas, Matías? – le soltó el ángel, eso sí, con una sonrisa tierna y dulce que daban ganas de comérselo a besos – Ve con ellos y reconfórtales de la manera que Dios te inspirará según en cada caso. Y ve acompañado de Sor Visitadora. Los dos seréis quienes deis consuelo y ánimo a esta gente para que sea capaz de encontrar el camino que les conduzca a un mundo nuevo y mejor. Sois los elegidos para reconducirlos a la situación de bienestar que debía reinar desde un principio y que ha sido prostituida por la soberbia humana.
– Es que los seres humanos somos gilipollas – apuntó certeramente mi sobrino Felixín – Que mira que se lo tengo dicho a mi tiíto desde que tengo uso de razón y cordura mental para analizar las situaciones dignas de pirados que siempre me han rodeado…
– Pero qué pico de oro que tiene mi sobrinín del alma – me dijo todo orgulloso, pues en verdad puedo decir al lector de estas cautivadoras y electrizantes páginas, que el amor familiar, o se tiene, o no se tiene, pero es imposible adquirirlo así de nuevas.
Don Matías miró con lágrimas en los ojos a Sor Visitadora y, cogiéndose de la mano, se dirigieron hacia el meollo del desastre, donde fueron cordialmente recibidos por todos aquellos esforzados voluntarios que hacían lo humanamente posible por restaurar todo aquel horror a su situación primitiva.
Mis señoronas también partieron en ayuda y socorro de la desconsolada lady Bidette, que se resistía a separarse de las ruinas de su corte palaciega. Incluso Goyita Soletilla y Memé O´Thoa se remangaron el atuendo homodivino para dar auxilio y ayuda a los infelices que habían sido sepultados por cascotes y restos de edificios. Y hasta mi sobrino Felixín, junto al resto de infantes cofradieros homodivinos, se fueron a hacer lo propio con el señor obispo, al que no había grúa municipal que lo levantara de su señorial desmayo. Qué tío.
– Pues para allá que voy yo también, que a uno le sobran agallas para poner tiritas en sitios desagradables o donde haga falta – me dije todo decidido.
– No, Rafael – me dijo cortante el ángel – Dios tiene para ti otra papeleta mucho más amable.
– Ay, puñeta, que mire usted, yogurín celestial, que no estoy para acertijos con todo lo que está cayendo en estos momentos. Prefiero que me hable claro y me diga de manera concreta qué debo hacer. Y solo le pido a Dios que no me castigue con quitarme la voz, pues es mi único instrumento y mi mejor arma para conciliar a esta humanidad tan alocada y disparatada con la que me rodeo un día si y otro también desde hace más de unas cuantas décadas. Tantas, que no son asunto suyo.
Y tanto fue la parrafada que le solté, que cuando me quise dar cuenta el ángel celestial había desaparecido. En su lugar, una inmensa e intensa humareda se había apoderado de todo aquello que en un principio me rodeaba. Y todo lo vi gris y oscuro. Todos habían desaparecido de mi vista. Mis señoronas, don Matías y sor Visi. Mi sobrino del alma y los chulazos de la cofradía homodivina. Incluso los edificios y los restos de aquellos que ya estaban destartalados se habían quitado de en medio. Sólo humo y niebla a mi alrededor en aquella alocada tarde de Viernes Santo.
– Yuuuuuujjjjuuuuuuu – dije para ver si alguien me oía y podía situarme geográficamente – ¿Dónde estáis todos? ¡¡No os veo, puñeta!! ¡¡Que os habéis ido todos a echar una mano y aquí me he quedado yo como el Sherlock Holmes deambulando por su Londres nebuloso…
Pero nadie me oía y a nadie escuchaba. Nada de sirenas ni de gritos doloridos. Ni asomo de gentío ni de murmullos en grupo. Nada de nada. Es más, silencio absoluto y apabullante donde los haya. Y tan desesperado estaba por esa extraña prueba que me imponía Dios, que no supe hacer otra cosa más que quedarme quieto. Sin moverme y sin hacer ruido. Como un niño bueno cuando va a casa de un familiar.
De repente, oí el llanto como de un niño que provenía de un lugar cercano a donde me encontraba. Y como de un resorte, me lancé a la aventura de adentrarme en la penumbra gris oscura que me rodeaba para poder dar con el origen de aquel llanto amargo que me consumía los nervios a medida que pasaban los segundos y no encontraba a la criatura. Finalmente, un halo de luz me indicó el camino. En un portal próximo, con manchas de tizne y sin desconsuelo alguno, un crío recién nacido lloraba que se las pelaba el tío él solito y sin ayuda de nadie. Y al verlo, me contagié del llanto y derramé unas cuantas lágrimas de las mías, que tienen el mismo resultado que cinco lloreras de una persona normal (lo digo para que se hagan una idea).
En mi regazo, con la criatura a cuestas, comprobé que la prueba de Dios era el cuidar a aquel tierno angelito que se encontraba huérfano y abandonado en aquel oscuro y mísero portal. Y creo que, en aquel preciso instante, comprendí la extraña metáfora de todo este primer capitulo de mi nuevo episodio. El mundo, el jodido mundo que se han encargado de estropear los dignatarios incompetentes y sus lindezas disfrazadas de esa estupidez soberbia llamada política, carecía desde entonces del llamado amor verdadero. La bondad, la caridad y el vivir haciendo el bien, habían sido despojados de su significado para pasar a convertirse en el interés individual, en la carencia absoluta de valores (que no son los dictados en los púlpitos), y en el desinterés por nuestro prójimo. Por eso, Dios me daba la oportunidad de llevar a aquella criatura desvalida por un cauce que se alejara por completo de aquellos otros que son dictados y desvirtuados por los despreciables que se saltan a la torera que la infancia ha de convivir consigo misma, la sonrisa y el aprendizaje, y no con el terrorismo, la delincuencia, las armas y el hambre.
Dios quería que un niño, aunque solo fuera ese niño como símbolo de todos los niños del mundo, tuviera una oportunidad de oro de salvarse conviviendo con alguien como yo. Y qué quieren que les diga. Mi madre me enseñó de pequeño a seguir los impulsos de mi corazón. Por tal motivo, y sin saber muy bien por dónde debía reanudar mi camino ante tanta espesa niebla a mi alrededor, comencé a mecer a la criatura entre mi inmensidad física dedicándole la mejor de mis sonrisas.
– Ya verás qué bien vas a estar conmigo, chiquitín. Al principio te sentirás un poco bicho raro, ya que mi mundo no es como el mundo de los demás, pero te acostumbrarás… Y es que tu nuevo papá lleva una vida basada en la agradabilidad y el bienestar espiritual. Te sorprenderás al ver pelucones, zapatos con tacones, vestidos de lentejuelas, plumones y maletines de maquillaje por doquier, pero tú no has de preocuparte por nada, nenito mío. En el fondo, todo lo hago por arrancar una sonrisa del más reacio a ello. Y es que el mundo, sin sonrisas, no es mundo ni es nada. Bueno, sin sonrisas y sin música, que de eso sé un rato largo… Ya verás qué nanas te voy a cantar por las noches y qué dramones sinfónicos me monto yo solito sobre los escenarios. Y es que tu nuevo papá es un artista de los que ya no nacen ni se hacen. Y cuando seas un poco más mayor, me ayudarás a salir a escena y colaborarás conmigo en la selección del repertorio y el atuendo que debo llevar en cada canción. Al principio te costará un poco, pero tu hermanito Felixín te indicara cómo debes hacerlo… Por cierto, que me llamo Rafael aunque soy mundialmente conocido como “la divina Soraya”, y ya sé que aún no tienes edad para pronunciarlo como es debido, pero con que me sonrías de vez en cuando me doy por contento… ¿lo ves? Ya has sonreído sin apenas conocerme. Qué bien que nos vamos a llevar, bebito de mi alma y de mi corazón. Vámonos para casita que se acerca la hora de la cena y tengo un hambre que soy capaz de abrirme cinco latas de callos con chorizo. Sí, nenín, ya sé que es Viernes Santo y que hay que guardar vigilia y que además son indigestos y molestos, pero como soy viudo, puedo pedorrearme tranquilamente en la cama sin molestar a nadie. Tú no te preocupes, que desde tu cuarto no me oirás nada de nada… Ay, y tengo qué pensar en la primera nana… Ah, ya sé cual puedo cantarte. Para entrar en materia, tengo una canción preciosa de una tal karina que ya irás conociendo. Bueno, a esa y a la Monteclaro del Cielo, a la Imperio Argentina, a la Lola Flores, a la Juanita Reina… Y por supuesto, a mi Sara Montiel del alma… Ya habrá tiempo para conocer a tus ídolos musicales cuando tengas la edad apropiada. Por el momento, tú vete haciendo oído a lo que te canto… Qué bien que vamos a estar juntos. Que te lo digo yo. Palabra de Sorayita…

Sólo al final del camino, las cosas claras verás,
la razón para vivir y el porqué de mil cosas más.
Al mirar hacia atrás, cuando llegues, comprenderás.

Busca las cosas sencillas y encontrarás la verdad,
la verdad de ese amor. Lo demás déjalo pasar.
Solamente el amor, con el tiempo, no morirá.

Al fin del camino se harán realidad
los sueños que llevas en ti,
si en todo momento en tu caminar
la vida has llenado de amor y verdad.

Al fin del camino podrás encontrar
el bien que esperaste sentir,
olvida el pasado, pues no volverá,
conserva el amor que hay en ti.

Al fin del camino habrá un despertar,
de nuevo volver a vivir,
si en todo momento, en tu caminar,
la vida has llenado de amor y verdad.

Al fin del camino, en ti llevarás
la fe y la ilusión por vivir,
tus sueños de siempre se harán realidad
en un mundo nuevo y feliz.

Papará papapá, papará papapá
Tus sueños de siempre se harán realidad
si llenas tu vida de amor y paz,
si llenas tu vida de amor y paz
en UN MUNDO NUEVO y feliz.