CAPITULO PRIMERO
Ay, Dios mío. Parece que fue hace una eternidad cuando la historia de mi reaparición en los escenarios trajo tanta variedad de acontecimientos de todos los colores, tanto sinsabor agridulce y soberanas colecciones de boleros personales e historias de amor – rotas unas y reanudadas otras –.
Y no. No ocurrió hace siglos, sino hace un par de suspiros, que con el ritmo frenético que lleva la vida esta, uno no hace más que decir “pamplona” y ya se encuentra rayando la cincuentena. Y hasta ahí podíamos llegar.
Total, que para refrescar la memoria del personal que garbee y cotillee por mi vida y mis amistades, les diré y confesaré que no me canso nunca de recordar que en mi carné consta que soy Rafael Sandoval Santana, pero todo el mundo me llama Rafaelito aunque mi nombre de guerra es La Divina Soraya. También se dice que nací en Santander hará cosa de tres discos dobles de boleros y que vivo desde siempre en Puertochico, junto a mi vecina la Virgen del Carmen y mis primos los pescadores del Cantábrico; que mi difunto padre siempre quiso enderezarme a su manera, que no era la mía, y que mi difunta y santa madre siempre me tuvo en un altar por ser como soy y no dar cuartos al pregonero de turno. Y el que quiera más, que indague en las hemerotecas esas. Que más de un titular sí que protagonicé y a más de una congregación parroquial arruiné; que hubo algún obispo al que mandé de acólito a un pueblo perdido de la montaña y que conseguí que todo un párroco como don Matías me casara en nombre de Dios con mi novio de toda la vida, Monchito, en una ceremonia preciosa vía video-conferencia desde un rincón lejano de Africa, donde habían destinado al párroco por saltarse el secreto de confesión en más de tres ocasiones. Y allí mismo, junto a los negritos y don Matías, también hizo de testigo de la boda mi gran amiga la Hermana Superiora de la Orden de las Humilladas Divinas, Sor Visitadora de la Cueva, amiga y monja donde las haya, y a la que también castigaron por no conseguir abolir entre el personal monjil de su congregación el vicio de estar todo el santo día comiendo pan ácimo y también por haberse dedicado en cuerpo y alma a disminuir el número de embarazos no deseados entre la juventud de hoy en día a base de repartir preservativos a diestro, siniestro, y al centro, que es donde se ponen.
Y hasta es probable que también se recuerde que mi club de fans lo componen íntegramente mis ex-señoronas de la Parroquia de Santa Lucía, refundadoras de la Cofradía del Amor Homodivino después del expolio de Padre y muy Señor mío que se montó en el episodio pasado cuando salió a la luz, delante del mismísimo señor obispo, que ellas eran las admiradoras número uno de mi arte, que cada noche acudían puntuales a mis actuaciones, y que se hacían rodear de todo tipo de chulazos para impregnarse del ambiente por excelencia. Y es que sus maridos y familiares las tenían por mujeres beatas de las que cada noche acudían a los actos piadosos de la Adoración Nocturna y demás lindezas beatíficas. Y claro, jolgorio gay y clero nunca fueron de la mano ni para rezar un triste padrenuestro, por lo que les dieron la patada por ser amigas de la más divina entre las divinas y mucho más divina que la divina garbo, que ya era superdivina de por sí. Tal vez por eso, ellas resurgieron de sus cenizas y pretendieron ellas mismas, con las ínfulas propias de cada una, irse al mismísimo Vaticano del Papa Juan Pablo para que el mismo ídem les diera el visto bueno y firmara sus estatutos cofradieros para, así, poder procesionar por las calles de este nuestro Santander del alma, corazón y vida, sacando a hombros la imagen de San Juanito, realizada con esmero, pluma, talento y pasión por la gran escultora local Goyita Soletilla.
En fin. Que mi vida siempre ha sido muy peculiar y no me ha importado que se sepa también que mi sobrino Félix vive desde siempre con su tío querido, al que ayuda a vestirse y maquillarse para salir al escenario del Luna Llena a interpretar, en riguroso directo, las canciones españolas de toda la vida
Pues eso. Que mi vida dio, da y dará, para una enciclopedia completa de esas que te empluman junto con unos regalos que usted ganó Dios sabe dónde y bajo qué oscuras circunstancias.
Y no. No ocurrió hace siglos, sino hace un par de suspiros, que con el ritmo frenético que lleva la vida esta, uno no hace más que decir “pamplona” y ya se encuentra rayando la cincuentena. Y hasta ahí podíamos llegar.
Total, que para refrescar la memoria del personal que garbee y cotillee por mi vida y mis amistades, les diré y confesaré que no me canso nunca de recordar que en mi carné consta que soy Rafael Sandoval Santana, pero todo el mundo me llama Rafaelito aunque mi nombre de guerra es La Divina Soraya. También se dice que nací en Santander hará cosa de tres discos dobles de boleros y que vivo desde siempre en Puertochico, junto a mi vecina la Virgen del Carmen y mis primos los pescadores del Cantábrico; que mi difunto padre siempre quiso enderezarme a su manera, que no era la mía, y que mi difunta y santa madre siempre me tuvo en un altar por ser como soy y no dar cuartos al pregonero de turno. Y el que quiera más, que indague en las hemerotecas esas. Que más de un titular sí que protagonicé y a más de una congregación parroquial arruiné; que hubo algún obispo al que mandé de acólito a un pueblo perdido de la montaña y que conseguí que todo un párroco como don Matías me casara en nombre de Dios con mi novio de toda la vida, Monchito, en una ceremonia preciosa vía video-conferencia desde un rincón lejano de Africa, donde habían destinado al párroco por saltarse el secreto de confesión en más de tres ocasiones. Y allí mismo, junto a los negritos y don Matías, también hizo de testigo de la boda mi gran amiga la Hermana Superiora de la Orden de las Humilladas Divinas, Sor Visitadora de la Cueva, amiga y monja donde las haya, y a la que también castigaron por no conseguir abolir entre el personal monjil de su congregación el vicio de estar todo el santo día comiendo pan ácimo y también por haberse dedicado en cuerpo y alma a disminuir el número de embarazos no deseados entre la juventud de hoy en día a base de repartir preservativos a diestro, siniestro, y al centro, que es donde se ponen.
Y hasta es probable que también se recuerde que mi club de fans lo componen íntegramente mis ex-señoronas de la Parroquia de Santa Lucía, refundadoras de la Cofradía del Amor Homodivino después del expolio de Padre y muy Señor mío que se montó en el episodio pasado cuando salió a la luz, delante del mismísimo señor obispo, que ellas eran las admiradoras número uno de mi arte, que cada noche acudían puntuales a mis actuaciones, y que se hacían rodear de todo tipo de chulazos para impregnarse del ambiente por excelencia. Y es que sus maridos y familiares las tenían por mujeres beatas de las que cada noche acudían a los actos piadosos de la Adoración Nocturna y demás lindezas beatíficas. Y claro, jolgorio gay y clero nunca fueron de la mano ni para rezar un triste padrenuestro, por lo que les dieron la patada por ser amigas de la más divina entre las divinas y mucho más divina que la divina garbo, que ya era superdivina de por sí. Tal vez por eso, ellas resurgieron de sus cenizas y pretendieron ellas mismas, con las ínfulas propias de cada una, irse al mismísimo Vaticano del Papa Juan Pablo para que el mismo ídem les diera el visto bueno y firmara sus estatutos cofradieros para, así, poder procesionar por las calles de este nuestro Santander del alma, corazón y vida, sacando a hombros la imagen de San Juanito, realizada con esmero, pluma, talento y pasión por la gran escultora local Goyita Soletilla.
En fin. Que mi vida siempre ha sido muy peculiar y no me ha importado que se sepa también que mi sobrino Félix vive desde siempre con su tío querido, al que ayuda a vestirse y maquillarse para salir al escenario del Luna Llena a interpretar, en riguroso directo, las canciones españolas de toda la vida
Pues eso. Que mi vida dio, da y dará, para una enciclopedia completa de esas que te empluman junto con unos regalos que usted ganó Dios sabe dónde y bajo qué oscuras circunstancias.
