
Pero este nuevo episodio arranca de manera amarga.
Y es que aquella aciaga tarde de primavera, me encontraba yo conmigo mismo y mi inmensidad física llorando a mares mientras veía en la tele los funerales por la tonadillera Monteclaro del Cielo. Deshecho en lágrimas. Consumido de dolor y de angustia. Desesperanzado por la pérdida de mi más grande particular y genuina. Y es que a estas alturas de la película de la vida, uno, a las de la mantilla, el cante popular y la bata de cola, las tiene en un altar al ladito mismo de la Virgen del Carmen. Estaría bueno. Y en un marquito dorado, igualito que con las fotos de Estrellita Castro, Lola Flores, Imperio Argentina y de las dos Rocíos, planté la faz de la Monteclaro del Cielo en la misma estantería donde tengo mi capillita con la Virgen de Puertochico, la Virgen de la Esperanza, la de los Dolores y mi reproducción a escala de mi adorada Sara Montiel.
Y volví a llorar, que para eso había aprovechado la oferta de pañuelos de papel que había en la cadena de supermercados Microscopio. Cinco paquetes al precio de dos. Ahí es nada, que la tarde prometía en lloreras varias. Puse también varios discos antiguos de la Monteclaro, me coloqué el blusón de encaje negro que suelo ponerme para las ocasiones más luctuosas, y al tiempo que los familiares, amigos, confidentes y famosillos de medio pelo de los que salen en la tele para rellenar huecos en la programación hacían su desfile lacrimógeno, yo compartí con todos ellos su aciago momento. Y de paso, el mío también.
De quién será la culpa si el amor se va,
a qué lugar se irá para morir,
a quién le contará que fuimos dos,
pero en un solo corazón,
pero en un solo corazón…
Todo mi estrenadísimo ático de Castelar se inundó del chorro de voz de la Monteclaro y de mis lágrimas, que salpicaban de lo lindo y de lo menos lindo, que para eso luego me tocaría limpiarlas. Y no tuve más remedio que recordar que allí mismo, en aquella tarde aciaga de primavera, yo era un artista que se había puesto el luto en eso del amor y del cante transformista pues se había quedado sin ilusiones ni repertorio ya que mi maridín se había ido a criar malvas a las nubes para tenerlas bien almidonadas para darle la bienvenida a la otra gran finada.
Sí. Mi Moncho no me había durado más de tres asaltos de luna de miel. El mi pobre, que se había casado conmigo como Dios manda y los curas echan por tierra, me había prometido amor eterno sabiendo que le quedaba poco amor para darme, pero el suficiente como para colmarnos mutuamente de felicidad la media hora de prórroga y los cinco tiros de penaltis que nos quedaban. Por eso decidí mudarme de mis posesiones de General Mola, ya que allí dónde miraba sólo encontraba recuerdos de otros tiempos felices.
Y es que había sido en aquella casa dónde me había reencontrado con mi viejo amor; allí también se había fraguado mi esperado retorno a los escenarios; allí consolé la descomunal borrachera de mis señoronas aquella tarde en que las echaron a patadas de la parroquia por su particular manera de ver el mundo religioso; y, en definitiva, en aquel piso yo había sido feliz educando a mi querido sobrino Félix en la más absoluta libertad, el sentido común y el saber contemplar el jodido mundo que nos rodea sin vendas en los ojos ni tapones en los oídos.
Un drama de los de no menearse, vamos. Pero en el fondo, yo sabía que mi Monchín, al igual que todas las folclóricas que también se me habían ido, estarían todas juntas, cantando sus coplas y bolerazos y pisándose las unas a las otras sus batas de cola, ocultando a la cara la cantidad de ojos que se sacarían mutuamente y el darse patadas por salir la primera en la portada del Holita qué tal. En fin. Como la vida misma.
Pues eso. Que entre el drama de la tele, el drama de la música de la Monteclaro, el drama de mis recuerdos más amargos, y el que en esos momentos me encontraba más solo que la una, la llorera se elevó a su más alto exponente. Y a punto estuve de sucumbir en el ataque lacrimógeno.
En eso, el teléfono sonó de repente. Ese enemigo de las siestas; ese canalla que te sobresalta y te altera como si la cosa no fuera con él; ese endiablado canijo que predice las desgracias antes de hora, me sacó de mis añoranzas y nostalgias.
Y en buena hora. La mismísima doña Ursula Lopetegui, gran amiga y gran señorona de Laredo, ex señorona de Santa Lucía y Hermana Mayor de la Cofradía del Amor Homodivino, y, en resumen, gran dama de las que hacen de su capa un sayo tras su escandaloso divorcio y el abandono de sus hijos, me vino a amenizar la tarde con otro drama bien distinto al que estaba viviendo yo en aquella aciaga tarde de primavera.
– No puede ser, Rafaelito – comenzó diciendo tras mi “¿dígame?” – Esto ya se sale de madre, de padre, y de toda la familia al completo. Estos de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia me están llevando por la calle de la Amargura. Pero vamos, de una amargura tal que ya la quisieran para sí mismos los de la Virgen de la ídem.
– Huy, doña. Que la cosa promete – dije intentando reponer mi tono de voz, quebrado por el drama vespertino del momento.
– ¿Y a usted que le pasa, Rafaelito? Mire que no me sea lloricoso con sus asuntos, que si a usted se le murió el marido, a mi el mío me mandó a hacer puñetas y aquí me tiene usted, al pie del cañón como la Agustina de Aragón esa.
– Cómo es usted, doña. Lo que pasa es que se me ha muerto la Monteclaro del Cielo, y claro, uno se acuerda del difunto y no he tenido más humorada que el ponerme los discos de la artista para hacer de banda sonora al drama que me he montado yo solito en esta aciaga tarde de primavera.
– Ay, coñe, mire que es usted barroco verbal, con la de disgustos que tengo yo en estos precisos instantes. Que no sabe usted, ni se imagina tan siquiera, lo que tengo encima con esto de la cofradía. Que debí estar loca el día en que accedimos a hacernos cargo de ella, de los desfiles procesionales y de todo el alboroto semanasantero que nos supone.
– Cuente usted, cuente. Que así me mantengo ocioso, que estaba yo ya recordando demasiadas cosas y me estaba dando un vuelco al corazón y a todo el organismo propio del género humano.
– Pues nada, Rafaelito. Que ahora no nos dan el visto bueno a la talla del San Juanito. Que si en vez de pluma, el muy maricón, por muy apóstol amado que fuera, parece que regenta una fábrica de estilográficas al completo. Y que ya han transigido con el nombrecito de la cofradía y demás lindezas, pero que el nuevo obispo, su séquito catedralicio, su Cuerpo de Seguridad y Servicio de Protocolo, y la organización esa de la Familia, que no vea usted lo que trincha y corta, han puesto el grito en el cielo y dicen y argumentan que de eso nada. Y que se pondrán a recoger firmas para impedir que salgamos en procesión.
– Qué obsesión tiene esa gente con coger firmas para todo. Qué cruz, Dios Santo, qué cruz de hombres y de mujeres.
– Ya ve usted, con la imagen más cojonuda que le salió a la Soletilla.
– No me hable mal usted, doña, que no le pega al rango ni a su categoría de señorona laredana. Y mucho menos con su título de Hermana Mayor de una cofradía de Semana Santa.
– No me hable usted de los Hermanos Mayores de las cofradías semanasanteras, que hay una colección curiosa de meapilas que no vea usted en que se está convirtiendo el ir a una reunión de Cabildo General… Pero el caso es que yo le llamaba para pedirle un favor.
– Dispare usted por esa tan distinguida boca que tiene.
Y a partir de ese momento, el monólogo de la Lopetegui fue de los de tirar cohetes. Como en los viejos tiempos. Como si nada hubiera ocurrido. Como si se volviera a casar su primogénita, convirtiendo el bodorrio en el acontecimiento social de la ciudad reina del Cantábrico. Resumiendo, como si nada hubiera oscurecido el reinado de doña Ursula Lopetegui.
La cofradía del Amor Homodivino, en realidad, había sido un invento del hijo de mi amiga doña Alejandra Ayestarán, la doña de la Plaza de Atarazanas con la Virgen de la Asunción incluida, y que tenía en su primogénito a un buen muchacho que andaba un tanto distraído con sus bajos fondos corporales y sus diversas y variopintas opciones. Y como a su querida madre y al resto de amigas y señoronas les habían dado puerta en la parroquia y andaban por la vida como perro sin amo, como Almodóvar sin Maura, como Victoria sin el mes de abril y como los ángeles sin sexo, él y los suyos habían pensado en hacer un traspaso de poderes para que mis amigas estuvieran ociosas hasta el fin de los fines. Y fue así como mis señoronas se hicieron cargo de la cofradía y la levantaron del ostracismo y del mundo underground para llevarla en laureles por las calles de Santander. Desde ese momento, pusieron todo su empeño – que ya era enorme de por sí –por hacerse un lugar en la Semana Santa santanderina, e incluso en la visita aquella al Papa Juan Pablo, días antes de su agonía, todas ellas de mantilla, vestido negro y collarones de perlas buenas, le habían presentado en audiencia exclusiva sus credenciales, sus Estatutos y el propósito que tenían de que la cofradía consiguiera adscribirse a la mismísima matriz de Roma para conseguir el título de Archicofradía. Y lo consiguieron aunque nunca me quedó claro la manera con que convencieron al Santo Padre para tal fin. Claro, que una vez abandonaron la sala de audiencias, el pobre Juan Pablo dejó de ser el que era. Pero eso es ya otra historia.
Y fue así, tras el reparto de papeles y funciones, como la ya Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino tuvo como Hermana Mayor a doña Ursula Lopetegui; como tesorera a doña Engracia Velarde, antigua recaudadora de cáritas en la parroquia; como secretaria y Vocal de Piedad a doña Gema Valdemoro, la excelentísima y malhablada condesa de Pinto y Valdemoro y negrera donde las haya de sus criados; y como consiliaria, prioste y demás lindezas de todas las índoles existentes, a la más que octogenaria doña Leticia del Molino, ilustrísima marquesa del Santo Apóstol por la gracia de su Majestad el rey don Alfonso XIII. Ahí es nada.
Lamentablemente, mi otra amiga y madre entre comillas del invento cofradiero, no pudo tomar parte de esta nueva andadura, pues estando en Roma, tras la audiencia con el Papa, la Ayestarán se lió con el padre Ramalazzo, secretario de buenas costumbres de su Santidad, y se fueron los dos juntitos en amor y compañía a una isla del Indico para perderse del mundanal ruido y de todos nosotros. La muy ingrata y salida.
Total, que con todos los trámites en marcha, con el título de Archicofradía en el bolsillo, y con los Estatutos firmados por el mismo Santo Padre, mis señoronas, por el contrario, no contaban con un muro infranqueable y adusto como es el de la Unión Cofradiera y Semanasantara por Excelencia de Santander, la asociación de cofradías encargada de organizar todo el evento semanasantero santanderino.
Y de ahí el disgusto de la Lopetegui en aquella aciaga tarde de primavera, lo que la llevó a llamarme en el momento en que me deleitaba con los funerales de Monteclaro del Cielo y pensaba en mi difunto marido, al que quise con locura y amé con la pasión de los boleros de don Antonio Machín.
– Pues verá usted, Rafaelito – reanudó la Lopetegui – Como estamos a quince días vista de la Semana Santa y que por mis santos y nobles apellidos que la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino sale de procesión por mucho que los meapilas retrógrados de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia se pongan farrucos, hemos pensado entre todas las que cortamos el bacalao, el hacer unos arreglitos a fin de no ponernos a mal con nadie
– Eso esta bien, doña. Que hay veces en que hay que apechugar con tal de salirnos con la nuestra.
– ¡¡Qué coño apechugar!! Lo que pasa es que hay mucha envidia porque nosotras conseguimos que el Santo Padre firmara nuestros más que sagrados estatutos. Sobre todo, y más que envidia de la mala, es tirria y odio creciente lo que sienten por nosotras.
– ¡Vivan los valores cristianos! – dije a modo de sorna.
– Los de la Cofradía del Eterno Quejido. Esos son los peores. Ya ve usted, porque son la cofradía más antigua de Santander, nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino y sus absurdeces y sus normas de catecismo decimonónico.
– ¿Pero cual era el problema, doña?
– Primero, que no les gustaba la pose del San Juanito y que si la Goyita Soletilla se había excedido en la posturita de los brazos y el acento en las caderas; segundo, que si el diseño del vestuario del santo y el color de nuestros hábitos eran una horrenda mamarrachada. Ya ve usted, unos hábitos diseñados por la mismísima meona esa.
– ¿Cuál meona, doña? Que me está usted asustando con sus innovaciones tan contrarias al linaje laredano de los Lopetegui.
– Pues ya ve usted – me dijo finalmente con toda la solemnidad de su empaque – Pues que en Junta de Gobierno decidimos que nos debíamos a la grandeza de la firma estampada por el Juan Pablo, y que necesitábamos como el comer que nuestros hábitos fueran de una firma que ni las de la Via Condotti de Roma. Total, que nos pusimos manos a la obra y convencimos a la Velarde para que soltara los euros a fin de conseguir un diseño exclusivo de la gran, renombrada y mítica diseñadora colorista Memé O´Thoa. Toma ya.
– ¡¡¡Memé O´Thoa!!! – aullé de gran impacto - ¡¡Memé O´Thoa!! – repetí, que para eso uno es exagerado donde los haya.
– Sí, Rafaelito. Ahí le duele, que ni usted con todo su arte escénico consiguió diseño tan exclusivo para sus mariconeos varios y nocturnos.
– Es inaudito, doña. Innovador cien por cien. Vamos, que nos espera una Semana Santa que ni aún declarándola de Interés Turístico Regional.
– Pues eso es lo que les joroba a la Unión Cofradiera esa, que son todos unos beatones de los de tomo y lomo y no comprenden que nosotras, que no cabe duda alguna que somos más católicas, apostólicas y romanas que ninguna, queremos una Semana Santa digna pero renombrada. Faltaría plus.
– Pues cuente usted y el resto de mis señoronas conmigo para lo que quieran. Vamos, que me apunto al carro de la última moda. Que uno ya está seco de tanta pena y lagrimeo y que por salir de casa y ver mundo, mi difunto no se va a revolver en la tumba.
– ¡Ay, el pobre Monchito! ¡Con lo bien que lo pasamos en la boda de usted! ¡Y lo bien que nos tocaba el piano! ¡Y qué gran pareja escénica hacían ustedes sobre un escenario! ¡Ni los Pimpinela, que se lo digo yo! ¡Y lo simpático que era! ¡Y la de sueños que nos hacía soñar el muy cabrito con todo lo que tenía por ahí adornándolo!
– No siga, doña, que vuelvo a las andadas lacrimógenas. Que uno, en esto del amor, anda sensiblero a no poder más y todavía añoro las caricias y las sonrisas, la compañía y el juego de miradas, el susurro de un bolero y el viaje astral hacia las estrellas tras una buena jornada polvorienta que…
– ¡¡¡No me sea cochino, Rafaelito!!! ¡¡¡Que estamos en vísperas de Semana Santa santanderina y aún nos queda mucho por hacer!!!
– Usted disculpe, doña Ursula. Ha sido la morriña al nombrármele usted. Y no se hable más. Estoy a su entera disposición. Mándeme, que yo, raudo, acudiré a su llamada.
Y vaya si llamó. Doña Ursula Lopetegui, fiel a su poderío, me llenó la agenda para los próximos diez días. Y todo eso consiguió el mismo resultado que un chute de adrenalina para mi cuerpo. Que lo necesitaba como cosa mala. Así que, sin hacerme el remolón ni tan siquiera un segundo, apagué el televisor, le lancé un beso a la foto de Monteclaro del Cielo, me puse mis prendas de callejeo vespertino, y comencé a realizar las tareas previstas por una de mis doñas favoritas. La, en otros tiempos, señorona por excelencia de los laredos varios y la ballena pejina de Santoña.
Esa misma tarde me llegué a la sucursal santanderina del gran taller de costura de la mítica Memé O´Thoa. Y debo confesar que me temblaban las piernas por encontrarme cara a cara con la figura por excelencia del arte sastreril. Incluso el tocar el timbre de la puerta me ocasionó ríos de sudores fríos que recorrieron toda mi inmensidad física. Pero la puerta no tardó ni cinco segundos en abrirse. Para mi desgracia, ya que no me dio ni tiempo a reaccionar ni recuperarme del estado de shock en el que me hallaba.
– ¿Siiiiiiiiiiiiiiií…..? – me preguntó un cincuentón melenudo (de peluquín), chiquitín en estatura, con pluma que ni Caponota y yo juntos, vestido de diseño y con un metro de sastre a modo de gargantilla - ¿Qué desea vos y todo lo grasiento que le acompaña?
En ese momento, balbuceé, intenté abrir la boca para emitir sonido alguno, hasta me pellizqué para intentar despertarme del sueño de todo artista de pisar la casa de la más grande de todas las creadoras de revistas de moda tales como Newman&Redford o Pasión de Sementales. Pero todo fue inútil. Y el modisto allí presente comenzó a impacientarse a su manera. Cosas de divos.
– ¡Ay, cosa gorda, diga algo!
– Verá usted… Yo venía a por un encargo… Me mandan para… Busco a…
– ¡Ay, Jesús, José y María! – soltó el plumón - ¡Qué cosa más simple de personaje tío gordo! ¡Hable ahora o calle para siempre!! ¡Que no estoy para callejeros de baja estopa!
Y ahí me dolió. Vaya si me dolió.
– Mira tú – le comenté con deje de Puertochico de toda la vida y con los brazos en jarras, lo que me hacía más enorme aún – Que te voy a sacar el tampón del culo de una hostia y te lo voy a meter en la boca tal puro habanero a lo Sara Montiel. Que soy Rafael Sandoval Santana, “La Divina Soraya”, la máxima estrella del Luna Llena y de todos los garitos del mariconeo-party-show donde los haya. Que vengo a ver a la gran Memé O´Thoa por encargo de la más que Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, y que o te quitas de la puerta, o del bufido saetero que te canto te quedas, no sólo con la piel de gallina, pedazo de maricón, sino con una cagalera de las que hacen época y se resaltan en la Guía Michelín. ¿Me captas o no?
Y sí. El tío me captó a la primera de cambio pues, anonadado por mi rugido verbal y apocalíptico, se apartó de la puerta y me dejó pasar por el largo corredor, completamente decorado con cuadros de grandes divas del cine como la Dietrich, la Crawford, la Garbo, la Davis, la Swanson… incluso la diva de las divas para otra diva como yo: un enorme cuadro de la ¡¡¡Montiel!!!
– ¿Le gusta? – dijo una voz con acento francés a mis espaldas – Tenía pensado haber colgado un cuadro de la Edith Piaf, pero me parecía más auténtica la Sara Montiel de los años setenta. ¿No le parece a usted?
Me volví nervioso como una gama de flanes royal, y allí la vi. Digna como una estatua griega, vestida con un gran traje negro de noche, con una estola de piel blanca, unos zapatos con unos taconazos que ni los lejanos de Almodóvar, fumando en boquilla, y con los ochenta años mejor llevados de toda la historia del género humano.
– Soy Memé O´Thoa – Me dijo con gran solemnidad.
– Ay, Dios… – acerté a decir. Ni más ni menos – Ay, Dios…
La gran O´Thoa sonrió a sabiendas de la expectación que ocasionaba su mera presencia aunque fuera en su propia mansión. Echó teatralmente la cabeza hacia atrás y dio una enorme calada a su cigarrillo con boquilla soltando, al instante, una gran bocanada de humo.
– ¿Y bien…? – preguntó.
– Mire usted, mi adorada, reverenciada y ensalzada señora Memé, que vengo a supervisar los uniformes para la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino. Que la Semana Santa está ya encima y la señorona Lopetegui está a un paso del estrés nervioso y del ataque cardiaco por antonomasia. Que se lo digo yo, que hace lustros que nos conocemos.
– ¿Es que la señora Ursula Lopetegui duda de mi capacidad de obrar aún faltando escasos días para el evento procesionero ese?
Qué porte tenía la tía. Sólo ella, y eso lo juro por lo más sagrado, era capaz de desconcertarme con sus disparos verbales y su frialdad a la hora de dar a entender que nada ni nadie conseguiría nunca inmutarla por lo más mínimo.
– Discúlpeme, señorísima Memé – dije nervioso y sudando a mares – Lo que ocurre es que, por lo visto, aún están a la espera de la aprobación de los arreglos diseñados a última hora por su gran mano creadora. Y es que la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia está apretando las tuercas ante la inminente salida procesional de un tipo de gente que, según su arcaico punto de vista, no se merecen ni el aire que se respira.
Memé O´Thoa siguió mirándome fijamente a los ojos mientras yo me deshacía en explicaciones sobre lo humano y lo divino en esto de los avatares sociales. Pero no dijo nada. Fría, impertérrita, y a punto de sacarme de mis casillas más ocultas.
– Además, se da la circunstancia, y esto lo sé por las explicaciones de la Lopetegui de esta misma tarde, que me puso al corriente en un pis-pas, ya que uno sigue guardando luto por su difunto y ha estado oculto del mundanal ruido social, que están todas las señoronas repartidas por toda la ciudad solventando problemas de última hora para que todo esté a punto para el día señalado. Incluso se están buscando una capillita para tener la imagen del San Juanito al culto religioso, que para eso fue el tío ese santo y hasta discípulo más que amado y querido…
“Es por eso que me pidió que yo, que, modestamente, entiendo de ropas, vestidos y ornamentos varios, le diera el visto bueno a sus diseños de usted para…”
Y así seguí no se cuantas parrafadas más mientras la O´Thoa continuaba fumando sin quitarme ojo de encima ni debajo. Y yo, como una sopa de letras, más por lo hablado que por lo sudado, ya no fui capaz de aguantar mas. Y claro. Exploté. Como sólo yo sé hacerlo.
– ¡¡¡Y que ya está bien, señorísima Memé!!! ¡¡¡Que si usted es divina, yo no lo soy menos!!! ¡¡¡Que aquí donde su señorial porte me ve, soy la afamada Divina Soraya, la reina del Luna Llena y del espectáculo nocturno de la ciudad que es capital del reinado del showman Revillita!!! ¡¡¡He dicho!!!
Memé O´Thoa lanzó una última bocanada de humo y arrojó boquilla y cigarrillo a los pies del plumón que me había abierto la puerta y que se había quedado anonadado con el ataque histérico que me había dado en aquel preciso instante en que mis casillas y mis nervios se habían ido a tomar vientos a una galaxia muy, muy lejana.
– Vamos a dejar las cosas bien claras, monsieur Soraya – ladró finalmente la artista del corte y la confección internacional – que hoy no tengo yo el aparato entrepiernil para trotes innecesarios. Y es que se da la circunstancia de que ya me están hartando de lo lindo sus señoronas del diablo y sus histerias más que colectivas y personales.
– Muy bien hablado, señora O´Thoa – coreó el plumón – Pero que muy bien hablado. Es Más. Hasta me atrevo a constatar que no hay oradora como usted en todo el mundo entero. Que se lo digo yo.
– Pues eso – continuó la diva – Que yo soy una artista de las que ya no se hacen ni nacen. Y que esta maldita ciudad está cuajaíta de hipocresía y de mal gusto, ya que yo diseñé unos modelos exclusivos para la firma Homodivina y no estoy dispuesta a consentir que unos meapilas de rosario en mano duden de la calidad y la maestría de mi arte por mucha procesión, Semana Santa e incienso que les acompañe. ¡¡¡He dicho yo también!!!
Y tras lo cual, se volvió y se adentró en sus posesiones más que privadas.
– Que no, mujer – dije alcanzándola en el largo corredor – Si entre artistas no tenemos por qué discutir. Si yo le contara a usted lo denostado que también está mi arte escénico. Vamos, si hasta los vecinos ponen sirenas en los balcones para protestar de lo lindo por la cercanía de mi mariconeo coplero de los lugares de buenas costumbres y del orden de antes.
“Además, estoy plenamente seguro de que sus diseños de los hábitos de la cofradía serán de tomar pan y mojarlo en ellos. Segurito. Palabrita del Niño Jesús. Lo que ocurre es que la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia es así de puñetera y teme que porque San Juanito se lleve de calle a los chulazos de todo el barrio, la Semana Santa de Santander se convierta en una manifestación orgiástica del Orgullo Gay. Que por otro lado, y dicho sea de paso, sería el no-va-más.
Memé O´Thoa esbozó una tímida sonrisa y me miró fijamente a los ojos en un intento por hacerse de rogar y, así, asentarse en su trono de divismo más que justo y merecido.
– Si usted tuviera la amabilidad de mostrarme sus retoques – dije para intentar ganármela del todo – soy capaz de cantarle ahora mismo siempre y cuando el luto y el recuerdo de mi difunto esposo no empañe a base de lágrimas como puños esta muestra de arte compartido entre grandes en el género propio de cada uno. Vamos que sí.
Memé O´Thoa alzó el brazo hacia su portero-plumón, quien le brindó un nuevo cigarrillo en su correspondiente boquilla, dio una enorme calada, y soltó una aún más grande bocanada de humo. Qué chimenea de tía, Jesús.
– No hace falta que usted me cante, monsieur Soraya. Conozco de sobra su arte en el escenario, su desgarro coplero y su más que capacidad sobrada para asombrar a propios y extraños con un mero golpe de abanico. Su fama le precede al igual que las canciones que usted interpreta. Es más, confieso que yo estuve presente en su reaparición en el Luna Llena del episodio pasado.
– Qué me dice usted, doña… – dije asombrado.
– De incógnito, claro. Al fondo del local. Nunca olvidaré su interpretación de Maniquí Parisien con aquel molde de escayola de la Virgen Inmaculada y su prodigioso vestuario digno de mi envidia sana y de la mala de mi querido compatriota. Peor para Gaultier y los picardías puntiagudos esos que diseña para Madonna.
– Huy, no me toque usted a la Madonna, por su padre se lo pido.
– Qué tío usted, que no perdona ni copla ni rock moderno. En fin, que venga conmigo, que estoy completamente segura de que me dará el aprobado con nota a los retoques que he implantando al atuendo de la firma Homodivina para las procesiones de Semana Santa santanderina.
Y para su santa-sanctorum que nos fuimos. Los dos en amor y compañía y sin plumón. Tan sólo el mío. Que conste para el que aún no se hubiera dado cuenta de qué va mi vida y el modo en que me gano la ídem.
Una vez allí, en sus dependencias privadas, tenía figurines a tamaño natural con los dos modelos de hábitos que había diseñado para la cofradía. Un auténtico lujazo y un soberbio derroche de imaginación, estilo y colorido. Para el primer modelo, aquel que lucirían los hermanos que escoltarían a la imagen del San Juanito con velas, estandartes y demás aditamentos propios de la Semana Santa, Memé O´Thoa había pensado en un gran hábito largo de un color lapislázuli, un fajín ancho de color oro con flecos, una capa de blanco raso con forro de color negro y un capuchón también de color oro, cubriendo una enorme y gigantesca cartonera. Y sobre el hábito, el emblema de la Cofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, también de diseño exclusivo y realizado en esmalte y con una cadena de cuentas doradas: dos medias lunas de azul celeste y oro sosteniendo en cada extremo un gran corazón rojo posado sobre una peana con los colores del arco iris. Y sobre el corazón, una pequeña cruz. Soberbio.
El segundo modelo de hábito sería para los portadores de la imagen, con un atuendo exacto al anterior con la salvedad de que éstos no llevarían capa ni la gran cartonera sobre la cabeza, sino que simplemente la cubrirían con el capuchón color oro.
– Y no me pregunte usted por la versión original del uniforme, que eso me lo reservo por si algún día sale la versión del director, como en los deuvedés de las pelis. Que ya rezuma el mango que una diva de la tela y el corte como es la menda, se tenga que ceñir a las normas de los meapilas de turno, ya sean cofradías de Semana Santa, partidos políticos o demás desastres públicos.
– Pero qué grande que es usted, doña O´Thoa. Que ya estoy alucinando por lo que estoy presenciando y que ya alucinaré mucho más cuando los chulazos del Luna Llena salgan por las calles de Santander con esta guisa y con el San Juanito sobre los hombros.
Y en ese preciso instante, justo en el momento en que más embelesado estaba y me encontraba, va y me suena el móvil. Y el gruñido que sonó al otro lado del cacharro cuando conseguí apagar la melodía del Puro Teatro de La Lupe fue de infarto de mediocardo y de cardo entero.
– ¡¡¡Rafaeliiiitoooooo!!! – chilló con su voz de pequinés japonés doña Leticia del Molino, la ilustrísima Marquesa del Santo Apóstol por la gracia de su Majestad el Rey don Alfonso XIII - ¡¡¡Dónde demonios se me encuentra usted!!! ¡¡¡Que estoy metida en un fregado de padre y señor mío y necesito la ayuda de su persona para que ponga fin a tanto agravio antimonárquico a mi persona, la historia de España, mis apellidos, y el excelso mundo al que represento!!!
– ¡Ay, doña Leti, que me pilla usted en el taller de la gran Memé O´Thoa, revisando el uniformado de su cofradía, y con sus gritos me acaba de despertar del ensoñamiento mágico en que me encontraba al admirar y contemplar la maravilla de las maravillas que ríase usted del libro aquél de Marco Polo!
– ¡¡Déjese de mamarrachadas verbales y acuda presto ante mi persona!! ¡¡Que estoy en el Ayuntamiento, discutiendo con la alcaldesa sobre el recorrido de nuestra procesión y la muy farruca me pone trabas, inconvenientes y hasta malas caras!! ¡¡Y como es del gremio, venga usted para la Casa Consistorial y discuta con ella!!
– ¿Pero no le ha mentado usted el linaje del que procede y que se codeaba usted con el Alfonso XIII en la playa del Sardinero amén de tirarse usted a toda la Corte Real y Celestial?
– ¡¡Qué coño voy a mentar si los politicastros de ahora no saben de historia ni de apellidos!! ¡¡Si a esta España nuestra no la reconoce ya ni la madre que la parió!!
– Bueno, doña Leti, no se me enoje usted que enseguida voy para allá. Entreténgame usted a la alcaldesa que no tardo ni cinco minutos.
Y apagué el móvil antes de lanzar un enorme suspiro.
Memé O´Thoa se encontraba sentada en un flamante sofá tapizado en oro y brocados italianos. Con su sempiterno cigarrillo con boquilla, su elegancia y señorío en el vestir y el saber estar, con aquellos mágicos y cautivadores ojazos, me miró directa y fijamente, lanzó una enorme bocanada de humo, y sentenció como sólo ella sabía hacer.
– ¿No se lo dije yo? – me soltó la tía – Son todas unas histéricas.
Razón no le faltaba a la diva. No Señor.
Total, que para el Ayuntamiento que me encaminé, sorteando las obras que había por todas partes debido al Gran Desastre del Gas, como lo calificaron en todos los telediarios, periódicos nacionales y hasta en la cadena local, Tele-telele Cántabro. Y es que resulta que mientras yo estaba recluido en mis posesiones guardando el luto por mi difunto marido, sucedió que en este Santander nuestro, un terrible accidente acontecido en los aledaños de la antigua Casa Consistorial acabó con la vida misma de todita la Corporación Local, todos los representantes de los partidos políticos de la oposición, una Comisión Internacional con los principales líderes de todas las naciones, otra Comisión Clerical, que andaba por el Ayuntamiento de visita turística, y hasta con un grupo de okupas, que se habían instalado en el sótano como unos maharajaes y a los que no hubo Dios que los sacara de allí hasta que ocurrió el desastre padre. La enorme explosión. Una pedorreta digna de don Camilo José Cela, que en Paz Descanse. En fin, que aunque nunca se aclaró realmente lo que ocurrió, unos apuntaron a un escape de gas como posible causa del accidente; algunos señalaron que fue un sabotaje de los unos para acabar con los otros; se aventuró incluso a las consecuencias fisiológicas propias del reparto de raciones de cocido montañés del bueno que una Asociación Pro-comida cántabra repartía en ese momento en la Plaza del Ayuntamiento como propaganda del arte culinario de la tierruca… Fuera lo que fuera, lo cierto es que la explosión fue de aúpa y como no quedó cargo público alguno en activo, desde el Gobierno Central se instauró la Regencia Local Santanderina, con Lady Bidette como alcaldesa aunque todo el mundo ignorara que, en realidad, la Lady en cuestión se llamó hace ya unas décadas don Manuel Pombales Caridad, maricón de oficio reconvertido en dama al estilo María Antonieta. Lo juro por Dios. Pelucones extravagantes, trajes con vuelo y un largo etcétera para adornar a un antiguo cartero de barrio transformado en la Glen Close de Las amistades peligrosas por obra y gracia del arte del quirófano y la precisión del bisturí para despojarse de todo lo que molestaba a su persona femenina la persona masculina. Y toda esa reconversión a los tiempos previos a la Revolución Francesa se extendió a la mismísima decoración de la Casa Consistorial, que ya no se llamó Ayuntamiento desde aquello, sino Real-Sitio-de-Recogimiento-Público-y-algo-más-que-Corte-Administrativa. Vamos, una pasada donde las hubiera. Imagínense a la Corte del Rey Sol o incluso de Felipe IV, en pleno siglo XXI y en Santander, el último bastión del imperio monárquico de Alfonso XIII.
Y hablando de éste último, en cuanto la Ilustrísima Marquesa del Santo Apóstol por la Gracia de Su Majestad me sintió subir los escalones que llevaban al Salón de Audiencias, precedido por los sones de heraldos y demás fanfarria del siglo XVIII que me anunciaban con una versión sinfónica del Francisco Alegre y Olé, el expolio ya estuvo presentado en bandeja de plata y con tapete de hilo del bueno.
– ¡¡¡Ya está aquí Rafaelito!!! ¡¡¡Que ya siento temblar las paredes!!! ¡¡¡Chúpate esa, alcaldesa ridícula, estrafalaria y mamarracha!!!
– ¡¡¡Que soy Excelentísima Señora Alcaldesa!!! – bramó Lady Bidette.
– ¡¡¡Y yo Ilustrísima Marquesa!!! ¡¡¡Mariquita!!!
– ¡¡¡Cacatúa!!!
– ¡¡¡Pedorra!!!
– ¡¡¡Ya está bien, señoras!!! – grité yo para dar cordura al asunto - ¡¡Que el digno Santander de los Baños de Ola se está convirtiendo en el monigote de feria de la nación y el mundo entero!! ¡¡Que esto ya se parece a la Moncloa Zapaterista!!
Y se hizo el silencio durante unos instantes. Doña Leticia, muy digna ella, que para eso es Ilustrísima Marquesa, volvió a ocupar su lugar en el Salón de Audiencias al tiempo que los chambelanes de Lady Bidette se acercaban a esta para retocarla los polvos blancos de la cara y le colocaban el pelucón a su posición original.
– Pero vamos a ver, Pombales… - intenté decir.
– Lady Bidette – corrigió un chambelán.
– Excelentísima Señora Alcaldesa – aclaró un segundo.
– Punto de Referencia de este Salón de Audiencias – comentó un tercero, bastante apuesto.
– Estrella de la Mañana – saltó el Confesor Personal.
– ¡¡¡Maricón de Cuarto Oscuro!!! – puntualicé yo con los nervios a flor de piel – ¡¡¡Que el Pombales fue lagartón antes que María Antonieta, y no sólo perdía la cabeza, como la reina esa, sino hasta el mismísimo ojo anal por un cachas de los que quitaban el hipo!!! ¡¡¡Que se lo digo yo, que en más de una noche tuve que asistir a dos o tres a los que había dejado secos de un plumazo de los suyos!!! ¡¡¡ Que joder con el plumazo del Pombales!!!
Y volvió el silencio mientras los de la Corte allí reunidos se susurraban, extasiados por mi confesión, el estupor general, y Lady Bidette, descubierta, se daba golpes de abanico.
Tras unos segundos de desconcierto, Lady Bidette ordenó desalojar el Salón de Audiencias y, una vez desierto, se nos antojó hablar con nuestro deje propio de los años de amistad y demás historias que no procede desvelar en lugares tan exquisitos como estas páginas.
– Eres un hijoputa – soltó Pombales (ahora sí).
– Y tú un cerdo, que ni tan siquiera me hiciste una llamada cuando el Monchito se me fue a tomar viento fresco muy lejos de mí y de mi inmensidad física.
– Seguramente allí donde esté se encontrará más a gusto que en pleno ojo de huracán que tú defines como tu mundo particular.
– No creas que esté tan a gusto. Primero, porque no me tiene a su lado, y segundo, porque desde las nubes puede contemplar el triste espectáculo en el que has convertido la más que noble ciudad de Santander.
– ¡¡Te recuerdo que estoy legitimada por el Gobierno Central!!
– ¡¡Gracias a la enorme pedorreta aquella que acabó con toda la Corporación Local y compañía!! ¡¡Que seguro que tú tuviste algo que ver con el reparto del cocido montañés en plena plaza del Ayuntamiento!!
– ¡¡¡No te consiento que me acuses de nada!!! ¡¡¡Qué culpa tendré yo si en Cantabria se come, se pedorrea y se caga como Dios manda!!!
Y en eso, una sonora palmada nos desvió de nuestros recuerdos del pasado. Doña Leticia del Molino, impaciente, se situó entre nosotros dos para ser la protagonista del reencuentro y retomar el asunto que me había llevado raudo y veloz hasta la antigua Casa Consistorial.
– ¡¡Hagan el favor de dejar sus asuntos de mariquitas para otro momento!! ¡¡Que la Semana Santa está al caer y aún andamos en pañales!!
– Mire usted, señora Leticia – soltó el Pombales desde la óptica de alcaldesa transexualizada – Que el tema de los recorridos ya está cerrado por la Unión Cofradiera y Semanasantera Por Excelencia. Que su vicepresidenta, doña Petronila Sarito, con lo que es ella para lo poco que abulta la tía, es de armas tomar y no consiente que los de última hora, o sea, ustedes, me vengan con cambios extravagantes del gusto y capricho personal de unos cuantos.
– ¡¡Qué capricho ni que niño muerto!! ¡¡Sólo pretendemos que usted, la Autoridad Local, nos permita sacar como escolta del San Juanito a la Guardia Municipal de gala y a caballo purasangre árabe de los que usted guarda en el armario!! ¡¡Que aquí, todo se sabe!!
– Joroba, doña Leti – salté yo sorprendido – Que la Cofradía del Amor Homodivino no se priva de nada. Diseños de prestigio, una imagen de firma, los caballos árabes del Ayuntamiento…
– ¡¡Y que se nos permita desviarnos del recorrido oficial para bailar la imagen ante la estatua ecuestre de María la Franca, símbolo más que excelso de los Derechos y Libertades del Luna Llena y el mundo gay local.
– Jodo, jodo, jodo, jodo… - continué extasiado por la idea.
– ¡¡¡María la Franca!!! – dijo Lady Bidette en pleno delirio orgásmico.
Doña Leticia del Molino sonrió satisfecha.
– ¿Y por qué no empezó usted por ahí? – continuó la Lady – Que el circunloquio que me ha soltado ha sido de aúpa. Si usted me llega a presentar lo del baile ante la estatua al principio de todo, nos habríamos ahorrado unos cuantos sofocos, que ya no andamos para histerias colectivas ni de las otras… ¡¡Cómo voy a negarme a que una cofradía de Semana Santa honre a María la Franca bailándole su imagen sacra ante los anonadados ojos de todo el mundanal populacho y del clero más arcaico!!
Las dos clavaron su mirada en mí, aún maravillado por la idea, a la espera de un movimiento afirmativo de mi cabeza. Y es que el hecho de que el San Juanito, la imagen del Discípulo Amado, fuese bailada ante la fundadora del Luna Llena y la creadora del Aticc-Gay, la zona residencial que se crecía con fuerza en pleno centro de la urbe, era lo suficientemente llamativo como para que, una vez más, me quitara el sombrero ante las pretensiones de mis señoronas y sus reales aprestos.
Y como la emoción me embargó allí mismo, me puse en plan Magdalena llorosa yo solo sin la ayuda de nadie. Que para eso me basto y me sobro.
– Pero no me llore usted, Rafaelito – me consoló doña Leti – Si todas sabíamos que la idea iba a ser de su agrado a pesar del desagrado del recuerdo y esas cosas tristes en el que le dejó su difunto de usted, que Dios tenga en su Gloria, aunque habría que ver en qué se ha convertido la Gloria esa con el ramillete que esta yendo para allá arriba últimamente.
– No se hable más – dijo Lady Bidette acercándose para brindarme un abrazo sincero y honesto de amigos de la más que tierna aunque poco virginal infancia – Ahora mismo pongo en jaque a la Unión Cofradiera y Semanasantera Por Excelencia para ponderar las intenciones de su cofradía y los sentimientos que priman entre sus componentes. Palabra de alcaldesa peculiar y única donde las haya.
Y lo soltó así, sin que la pelucona se le fuera para ningún lado, sin que las enaguas y la triple vestimenta para lograr el vuelo a lo Maria Antonieta le hiciera perder credibilidad, y al tiempo que se acercaba al trono del Salón de Audiencias para, haciendo sonar una pequeña campana, avisar a su equipo de chambelanes, que aparecieron por allí al son del Francisco Alegre y Olé.
– Avisadme a los escribas. Voy a dictar un bando de los de agarrarse que vienen curvas peligrosas que ríanse ustedes de las parrafadas de todos los Pregoneros Cofradieros juntos y los Pindados de turno. He dicho.
Y vaya si lo dictó. Eso sí, con la gracia que Dios le dio y de la cual, el Pombales, actual Lady Bidette, ya daba gala cuando se dedicaba a repartir cartas por todo el vecindario:
BANDO LOCAL
Lady Bidette Pombales, Excma alcaldesa de la Regencia Local Santanderina, legitimada por el Gobierno Central de España, a los ciudadanos de la capital del Cantábrico, a los prelados de todos los distritos, a los dirigentes de todas las asociaciones sin ánimo de lucro y hasta a las lucrativas (que una no hace excepciones), a los hombres de buen talante y a las mujeres con tragaderas varias y, en definitiva, a todo dios,
Queridos conciudadanos:
Os hago partícipes de los tiempos santos que se avecinan, unos tiempos que llaman e invitan a la reflexión más íntima así como a la exaltación devocionaria de la Fe y la Piedad.
Todos saldremos a las calles para acompañar a nuestras imágenes, a esa magistral lección catequética de cómo dejaron para el arrastre a Nuestro Señor Jesucristo después de un vapuleo de los de Padre y Muy Señor Mío. Eso sí, lo haremos desde el respeto interior y el trabajo constante de nuestras Hermandades que, a lo largo de todo el año, se preparan para engalanar con mimo y gusto a Cristos, Vírgenes y Apóstoles Varios.
Presenciaremos un año más a la Reina de la Semana Santa, a la Virgen del Eterno Quejido que, bajo palio, removerá nuestros corazones y el guante blanco de algunos en cuanto a joyerío decorativo; lloraremos juntos con el Cristo del Ay Qué Dolor, la maravilla escultórica del imaginero Leandro de las Mercedes que, desde finales del XIX, procesiona por este Santander tan nuestro como suyo; Cómo no admirar de nuevo a la Virgen del Lagrimeo Constante, que llevará consuelo a los más necesitados allí donde haga falta… Y así, hasta completar el más que digno ramillete cofradiero local que deja a Sevilla y Castilla a la altura de las fallas valencianas.
Pero permitidme, conciudadanos, que en estas letras os hable de la nueva Archicofradía que, con tesón y dedicación absoluta, desembocará este año entre nosotros en unos tiempos en que, por fin, la Tolerancia y la Libertad van cogidas de la mano del Respeto y el Consentimiento. Se trata de la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, último reducto de la voluntad del Santo Padre Juan Pablo antes de irse a criar unas malvas muy bien que merecidas.
Con su imagen de San Juanito, estoy segura de que la devoción y la oración de los conciudadanos santanderinos se harán más hondas y profundas si cabe. Incluso más de uno sentirá un cosquilleo especial al presenciar la obra maestra de nuestra artista Goyita Soletilla, que ha sabido dar expresión, figura y pluma al Discípulo Amado, a ese hombre que amó tanto a Cristo que estuvo a las verdes y a las maduras en esto de la Pasión.
Estoy completamente segura, queridos conciudadanos, de que la tolerancia santanderina será la envidia de toda la nación española, y que incluso en Cataluña volverán al castellano para hablar maravillas de lo que aquí se cuece. Palabra de alcaldesa.
Es por tal motivo, queridos vecinos, que os pido que en estos tiempos de recogimiento, engalanéis vuestros balcones, abanderéis vuestro balaustres, llenéis aceras de confetis y pétalos de flores y, especialmente, que se os quede la boca pequeña al hablar de amor con vuestras parejas y permitáis que cada cual se muestre orgulloso de amar y ser amado por aquel que le pone las pilas a su corazón.
Si Cristo murió por nosotros, y con ello demostró el gran amor que nos tenía, demostradle que estáis a su altura y demostraros a vosotros mismos y al resto del mundo que el amor está por encima de las etiquetas y los dogmas desvirtuados por los de siempre.
LADY BIDETTE POMBALES
La alcaldesa de todos y de todas, de él y de ella, de uno y una y de otro y otra, y de todos los etcéteras que hay que decir ahora para que no la acribillen a una todo ese ramillete de gilipollas y gilipollos de nuestra más que amada sociedad.
(Gracias, Reverte, por la frase).