Primer capítulo (en su versión íntegra) de las nuevas andanzas de Rafael Sandoval Santana, mundialmente conocido como "LA DIVINA SORAYA".
Esta vez, las coplas y las saetas van juntas de la mano.



CAPITULO PRIMERO

Ay, Dios mío. Parece que fue hace una eternidad cuando la historia de mi reaparición en los escenarios trajo tanta variedad de acontecimientos de todos los colores, tanto sinsabor agridulce y soberanas colecciones de boleros personales e historias de amor – rotas unas y reanudadas otras –.
Y no. No ocurrió hace siglos, sino hace un par de suspiros, que con el ritmo frenético que lleva la vida esta, uno no hace más que decir “pamplona” y ya se encuentra rayando la cincuentena. Y hasta ahí podíamos llegar.
Total, que para refrescar la memoria del personal que garbee y cotillee por mi vida y mis amistades, les diré y confesaré que no me canso nunca de recordar que en mi carné consta que soy Rafael Sandoval Santana, pero todo el mundo me llama Rafaelito aunque mi nombre de guerra es La Divina Soraya. También se dice que nací en Santander hará cosa de tres discos dobles de boleros y que vivo desde siempre en Puertochico, junto a mi vecina la Virgen del Carmen y mis primos los pescadores del Cantábrico; que mi difunto padre siempre quiso enderezarme a su manera, que no era la mía, y que mi difunta y santa madre siempre me tuvo en un altar por ser como soy y no dar cuartos al pregonero de turno. Y el que quiera más, que indague en las hemerotecas esas. Que más de un titular sí que protagonicé y a más de una congregación parroquial arruiné; que hubo algún obispo al que mandé de acólito a un pueblo perdido de la montaña y que conseguí que todo un párroco como don Matías me casara en nombre de Dios con mi novio de toda la vida, Monchito, en una ceremonia preciosa vía video-conferencia desde un rincón lejano de Africa, donde habían destinado al párroco por saltarse el secreto de confesión en más de tres ocasiones. Y allí mismo, junto a los negritos y don Matías, también hizo de testigo de la boda mi gran amiga la Hermana Superiora de la Orden de las Humilladas Divinas, Sor Visitadora de la Cueva, amiga y monja donde las haya, y a la que también castigaron por no conseguir abolir entre el personal monjil de su congregación el vicio de estar todo el santo día comiendo pan ácimo y también por haberse dedicado en cuerpo y alma a disminuir el número de embarazos no deseados entre la juventud de hoy en día a base de repartir preservativos a diestro, siniestro, y al centro, que es donde se ponen.
Y hasta es probable que también se recuerde que mi club de fans lo componen íntegramente mis ex-señoronas de la Parroquia de Santa Lucía, refundadoras de la Cofradía del Amor Homodivino después del expolio de Padre y muy Señor mío que se montó en el episodio pasado cuando salió a la luz, delante del mismísimo señor obispo, que ellas eran las admiradoras número uno de mi arte, que cada noche acudían puntuales a mis actuaciones, y que se hacían rodear de todo tipo de chulazos para impregnarse del ambiente por excelencia. Y es que sus maridos y familiares las tenían por mujeres beatas de las que cada noche acudían a los actos piadosos de la Adoración Nocturna y demás lindezas beatíficas. Y claro, jolgorio gay y clero nunca fueron de la mano ni para rezar un triste padrenuestro, por lo que les dieron la patada por ser amigas de la más divina entre las divinas y mucho más divina que la divina garbo, que ya era superdivina de por sí. Tal vez por eso, ellas resurgieron de sus cenizas y pretendieron ellas mismas, con las ínfulas propias de cada una, irse al mismísimo Vaticano del Papa Juan Pablo para que el mismo ídem les diera el visto bueno y firmara sus estatutos cofradieros para, así, poder procesionar por las calles de este nuestro Santander del alma, corazón y vida, sacando a hombros la imagen de San Juanito, realizada con esmero, pluma, talento y pasión por la gran escultora local Goyita Soletilla.
En fin. Que mi vida siempre ha sido muy peculiar y no me ha importado que se sepa también que mi sobrino Félix vive desde siempre con su tío querido, al que ayuda a vestirse y maquillarse para salir al escenario del Luna Llena a interpretar, en riguroso directo, las canciones españolas de toda la vida
Pues eso. Que mi vida dio, da y dará, para una enciclopedia completa de esas que te empluman junto con unos regalos que usted ganó Dios sabe dónde y bajo qué oscuras circunstancias
.

Pero este nuevo episodio arranca de manera amarga.
Y es que aquella aciaga tarde de primavera, me encontraba yo conmigo mismo y mi inmensidad física llorando a mares mientras veía en la tele los funerales por la tonadillera Monteclaro del Cielo. Deshecho en lágrimas. Consumido de dolor y de angustia. Desesperanzado por la pérdida de mi más grande particular y genuina. Y es que a estas alturas de la película de la vida, uno, a las de la mantilla, el cante popular y la bata de cola, las tiene en un altar al ladito mismo de la Virgen del Carmen. Estaría bueno. Y en un marquito dorado, igualito que con las fotos de Estrellita Castro, Lola Flores, Imperio Argentina y de las dos Rocíos, planté la faz de la Monteclaro del Cielo en la misma estantería donde tengo mi capillita con la Virgen de Puertochico, la Virgen de la Esperanza, la de los Dolores y mi reproducción a escala de mi adorada Sara Montiel.
Y volví a llorar, que para eso había aprovechado la oferta de pañuelos de papel que había en la cadena de supermercados Microscopio. Cinco paquetes al precio de dos. Ahí es nada, que la tarde prometía en lloreras varias. Puse también varios discos antiguos de la Monteclaro, me coloqué el blusón de encaje negro que suelo ponerme para las ocasiones más luctuosas, y al tiempo que los familiares, amigos, confidentes y famosillos de medio pelo de los que salen en la tele para rellenar huecos en la programación hacían su desfile lacrimógeno, yo compartí con todos ellos su aciago momento. Y de paso, el mío también.

De quién será la culpa si el amor se va,
a qué lugar se irá para morir,
a quién le contará que fuimos dos,
pero en un solo corazón,
pero en un solo corazón…

Todo mi estrenadísimo ático de Castelar se inundó del chorro de voz de la Monteclaro y de mis lágrimas, que salpicaban de lo lindo y de lo menos lindo, que para eso luego me tocaría limpiarlas. Y no tuve más remedio que recordar que allí mismo, en aquella tarde aciaga de primavera, yo era un artista que se había puesto el luto en eso del amor y del cante transformista pues se había quedado sin ilusiones ni repertorio ya que mi maridín se había ido a criar malvas a las nubes para tenerlas bien almidonadas para darle la bienvenida a la otra gran finada.
Sí. Mi Moncho no me había durado más de tres asaltos de luna de miel. El mi pobre, que se había casado conmigo como Dios manda y los curas echan por tierra, me había prometido amor eterno sabiendo que le quedaba poco amor para darme, pero el suficiente como para colmarnos mutuamente de felicidad la media hora de prórroga y los cinco tiros de penaltis que nos quedaban. Por eso decidí mudarme de mis posesiones de General Mola, ya que allí dónde miraba sólo encontraba recuerdos de otros tiempos felices.
Y es que había sido en aquella casa dónde me había reencontrado con mi viejo amor; allí también se había fraguado mi esperado retorno a los escenarios; allí consolé la descomunal borrachera de mis señoronas aquella tarde en que las echaron a patadas de la parroquia por su particular manera de ver el mundo religioso; y, en definitiva, en aquel piso yo había sido feliz educando a mi querido sobrino Félix en la más absoluta libertad, el sentido común y el saber contemplar el jodido mundo que nos rodea sin vendas en los ojos ni tapones en los oídos.
Un drama de los de no menearse, vamos. Pero en el fondo, yo sabía que mi Monchín, al igual que todas las folclóricas que también se me habían ido, estarían todas juntas, cantando sus coplas y bolerazos y pisándose las unas a las otras sus batas de cola, ocultando a la cara la cantidad de ojos que se sacarían mutuamente y el darse patadas por salir la primera en la portada del Holita qué tal. En fin. Como la vida misma.
Pues eso. Que entre el drama de la tele, el drama de la música de la Monteclaro, el drama de mis recuerdos más amargos, y el que en esos momentos me encontraba más solo que la una, la llorera se elevó a su más alto exponente. Y a punto estuve de sucumbir en el ataque lacrimógeno.
En eso, el teléfono sonó de repente. Ese enemigo de las siestas; ese canalla que te sobresalta y te altera como si la cosa no fuera con él; ese endiablado canijo que predice las desgracias antes de hora, me sacó de mis añoranzas y nostalgias.
Y en buena hora. La mismísima doña Ursula Lopetegui, gran amiga y gran señorona de Laredo, ex señorona de Santa Lucía y Hermana Mayor de la Cofradía del Amor Homodivino, y, en resumen, gran dama de las que hacen de su capa un sayo tras su escandaloso divorcio y el abandono de sus hijos, me vino a amenizar la tarde con otro drama bien distinto al que estaba viviendo yo en aquella aciaga tarde de primavera.
– No puede ser, Rafaelito – comenzó diciendo tras mi “¿dígame?” – Esto ya se sale de madre, de padre, y de toda la familia al completo. Estos de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia me están llevando por la calle de la Amargura. Pero vamos, de una amargura tal que ya la quisieran para sí mismos los de la Virgen de la ídem.
– Huy, doña. Que la cosa promete – dije intentando reponer mi tono de voz, quebrado por el drama vespertino del momento.
– ¿Y a usted que le pasa, Rafaelito? Mire que no me sea lloricoso con sus asuntos, que si a usted se le murió el marido, a mi el mío me mandó a hacer puñetas y aquí me tiene usted, al pie del cañón como la Agustina de Aragón esa.
– Cómo es usted, doña. Lo que pasa es que se me ha muerto la Monteclaro del Cielo, y claro, uno se acuerda del difunto y no he tenido más humorada que el ponerme los discos de la artista para hacer de banda sonora al drama que me he montado yo solito en esta aciaga tarde de primavera.
– Ay, coñe, mire que es usted barroco verbal, con la de disgustos que tengo yo en estos precisos instantes. Que no sabe usted, ni se imagina tan siquiera, lo que tengo encima con esto de la cofradía. Que debí estar loca el día en que accedimos a hacernos cargo de ella, de los desfiles procesionales y de todo el alboroto semanasantero que nos supone.
– Cuente usted, cuente. Que así me mantengo ocioso, que estaba yo ya recordando demasiadas cosas y me estaba dando un vuelco al corazón y a todo el organismo propio del género humano.
– Pues nada, Rafaelito. Que ahora no nos dan el visto bueno a la talla del San Juanito. Que si en vez de pluma, el muy maricón, por muy apóstol amado que fuera, parece que regenta una fábrica de estilográficas al completo. Y que ya han transigido con el nombrecito de la cofradía y demás lindezas, pero que el nuevo obispo, su séquito catedralicio, su Cuerpo de Seguridad y Servicio de Protocolo, y la organización esa de la Familia, que no vea usted lo que trincha y corta, han puesto el grito en el cielo y dicen y argumentan que de eso nada. Y que se pondrán a recoger firmas para impedir que salgamos en procesión.
– Qué obsesión tiene esa gente con coger firmas para todo. Qué cruz, Dios Santo, qué cruz de hombres y de mujeres.
– Ya ve usted, con la imagen más cojonuda que le salió a la Soletilla.
– No me hable mal usted, doña, que no le pega al rango ni a su categoría de señorona laredana. Y mucho menos con su título de Hermana Mayor de una cofradía de Semana Santa.
– No me hable usted de los Hermanos Mayores de las cofradías semanasanteras, que hay una colección curiosa de meapilas que no vea usted en que se está convirtiendo el ir a una reunión de Cabildo General… Pero el caso es que yo le llamaba para pedirle un favor.
– Dispare usted por esa tan distinguida boca que tiene.
Y a partir de ese momento, el monólogo de la Lopetegui fue de los de tirar cohetes. Como en los viejos tiempos. Como si nada hubiera ocurrido. Como si se volviera a casar su primogénita, convirtiendo el bodorrio en el acontecimiento social de la ciudad reina del Cantábrico. Resumiendo, como si nada hubiera oscurecido el reinado de doña Ursula Lopetegui.
La cofradía del Amor Homodivino, en realidad, había sido un invento del hijo de mi amiga doña Alejandra Ayestarán, la doña de la Plaza de Atarazanas con la Virgen de la Asunción incluida, y que tenía en su primogénito a un buen muchacho que andaba un tanto distraído con sus bajos fondos corporales y sus diversas y variopintas opciones. Y como a su querida madre y al resto de amigas y señoronas les habían dado puerta en la parroquia y andaban por la vida como perro sin amo, como Almodóvar sin Maura, como Victoria sin el mes de abril y como los ángeles sin sexo, él y los suyos habían pensado en hacer un traspaso de poderes para que mis amigas estuvieran ociosas hasta el fin de los fines. Y fue así como mis señoronas se hicieron cargo de la cofradía y la levantaron del ostracismo y del mundo underground para llevarla en laureles por las calles de Santander. Desde ese momento, pusieron todo su empeño – que ya era enorme de por sí –por hacerse un lugar en la Semana Santa santanderina, e incluso en la visita aquella al Papa Juan Pablo, días antes de su agonía, todas ellas de mantilla, vestido negro y collarones de perlas buenas, le habían presentado en audiencia exclusiva sus credenciales, sus Estatutos y el propósito que tenían de que la cofradía consiguiera adscribirse a la mismísima matriz de Roma para conseguir el título de Archicofradía. Y lo consiguieron aunque nunca me quedó claro la manera con que convencieron al Santo Padre para tal fin. Claro, que una vez abandonaron la sala de audiencias, el pobre Juan Pablo dejó de ser el que era. Pero eso es ya otra historia.
Y fue así, tras el reparto de papeles y funciones, como la ya Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino tuvo como Hermana Mayor a doña Ursula Lopetegui; como tesorera a doña Engracia Velarde, antigua recaudadora de cáritas en la parroquia; como secretaria y Vocal de Piedad a doña Gema Valdemoro, la excelentísima y malhablada condesa de Pinto y Valdemoro y negrera donde las haya de sus criados; y como consiliaria, prioste y demás lindezas de todas las índoles existentes, a la más que octogenaria doña Leticia del Molino, ilustrísima marquesa del Santo Apóstol por la gracia de su Majestad el rey don Alfonso XIII. Ahí es nada.
Lamentablemente, mi otra amiga y madre entre comillas del invento cofradiero, no pudo tomar parte de esta nueva andadura, pues estando en Roma, tras la audiencia con el Papa, la Ayestarán se lió con el padre Ramalazzo, secretario de buenas costumbres de su Santidad, y se fueron los dos juntitos en amor y compañía a una isla del Indico para perderse del mundanal ruido y de todos nosotros. La muy ingrata y salida.
Total, que con todos los trámites en marcha, con el título de Archicofradía en el bolsillo, y con los Estatutos firmados por el mismo Santo Padre, mis señoronas, por el contrario, no contaban con un muro infranqueable y adusto como es el de la Unión Cofradiera y Semanasantara por Excelencia de Santander, la asociación de cofradías encargada de organizar todo el evento semanasantero santanderino.
Y de ahí el disgusto de la Lopetegui en aquella aciaga tarde de primavera, lo que la llevó a llamarme en el momento en que me deleitaba con los funerales de Monteclaro del Cielo y pensaba en mi difunto marido, al que quise con locura y amé con la pasión de los boleros de don Antonio Machín.
– Pues verá usted, Rafaelito – reanudó la Lopetegui – Como estamos a quince días vista de la Semana Santa y que por mis santos y nobles apellidos que la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino sale de procesión por mucho que los meapilas retrógrados de la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia se pongan farrucos, hemos pensado entre todas las que cortamos el bacalao, el hacer unos arreglitos a fin de no ponernos a mal con nadie
– Eso esta bien, doña. Que hay veces en que hay que apechugar con tal de salirnos con la nuestra.
– ¡¡Qué coño apechugar!! Lo que pasa es que hay mucha envidia porque nosotras conseguimos que el Santo Padre firmara nuestros más que sagrados estatutos. Sobre todo, y más que envidia de la mala, es tirria y odio creciente lo que sienten por nosotras.
– ¡Vivan los valores cristianos! – dije a modo de sorna.
– Los de la Cofradía del Eterno Quejido. Esos son los peores. Ya ve usted, porque son la cofradía más antigua de Santander, nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino y sus absurdeces y sus normas de catecismo decimonónico.
– ¿Pero cual era el problema, doña?
– Primero, que no les gustaba la pose del San Juanito y que si la Goyita Soletilla se había excedido en la posturita de los brazos y el acento en las caderas; segundo, que si el diseño del vestuario del santo y el color de nuestros hábitos eran una horrenda mamarrachada. Ya ve usted, unos hábitos diseñados por la mismísima meona esa.
– ¿Cuál meona, doña? Que me está usted asustando con sus innovaciones tan contrarias al linaje laredano de los Lopetegui.
– Pues ya ve usted – me dijo finalmente con toda la solemnidad de su empaque – Pues que en Junta de Gobierno decidimos que nos debíamos a la grandeza de la firma estampada por el Juan Pablo, y que necesitábamos como el comer que nuestros hábitos fueran de una firma que ni las de la Via Condotti de Roma. Total, que nos pusimos manos a la obra y convencimos a la Velarde para que soltara los euros a fin de conseguir un diseño exclusivo de la gran, renombrada y mítica diseñadora colorista Memé O´Thoa. Toma ya.
– ¡¡¡Memé O´Thoa!!! – aullé de gran impacto - ¡¡Memé O´Thoa!! – repetí, que para eso uno es exagerado donde los haya.
– Sí, Rafaelito. Ahí le duele, que ni usted con todo su arte escénico consiguió diseño tan exclusivo para sus mariconeos varios y nocturnos.
– Es inaudito, doña. Innovador cien por cien. Vamos, que nos espera una Semana Santa que ni aún declarándola de Interés Turístico Regional.
– Pues eso es lo que les joroba a la Unión Cofradiera esa, que son todos unos beatones de los de tomo y lomo y no comprenden que nosotras, que no cabe duda alguna que somos más católicas, apostólicas y romanas que ninguna, queremos una Semana Santa digna pero renombrada. Faltaría plus.
– Pues cuente usted y el resto de mis señoronas conmigo para lo que quieran. Vamos, que me apunto al carro de la última moda. Que uno ya está seco de tanta pena y lagrimeo y que por salir de casa y ver mundo, mi difunto no se va a revolver en la tumba.
– ¡Ay, el pobre Monchito! ¡Con lo bien que lo pasamos en la boda de usted! ¡Y lo bien que nos tocaba el piano! ¡Y qué gran pareja escénica hacían ustedes sobre un escenario! ¡Ni los Pimpinela, que se lo digo yo! ¡Y lo simpático que era! ¡Y la de sueños que nos hacía soñar el muy cabrito con todo lo que tenía por ahí adornándolo!
– No siga, doña, que vuelvo a las andadas lacrimógenas. Que uno, en esto del amor, anda sensiblero a no poder más y todavía añoro las caricias y las sonrisas, la compañía y el juego de miradas, el susurro de un bolero y el viaje astral hacia las estrellas tras una buena jornada polvorienta que…
– ¡¡¡No me sea cochino, Rafaelito!!! ¡¡¡Que estamos en vísperas de Semana Santa santanderina y aún nos queda mucho por hacer!!!
– Usted disculpe, doña Ursula. Ha sido la morriña al nombrármele usted. Y no se hable más. Estoy a su entera disposición. Mándeme, que yo, raudo, acudiré a su llamada.
Y vaya si llamó. Doña Ursula Lopetegui, fiel a su poderío, me llenó la agenda para los próximos diez días. Y todo eso consiguió el mismo resultado que un chute de adrenalina para mi cuerpo. Que lo necesitaba como cosa mala. Así que, sin hacerme el remolón ni tan siquiera un segundo, apagué el televisor, le lancé un beso a la foto de Monteclaro del Cielo, me puse mis prendas de callejeo vespertino, y comencé a realizar las tareas previstas por una de mis doñas favoritas. La, en otros tiempos, señorona por excelencia de los laredos varios y la ballena pejina de Santoña.
Esa misma tarde me llegué a la sucursal santanderina del gran taller de costura de la mítica Memé O´Thoa. Y debo confesar que me temblaban las piernas por encontrarme cara a cara con la figura por excelencia del arte sastreril. Incluso el tocar el timbre de la puerta me ocasionó ríos de sudores fríos que recorrieron toda mi inmensidad física. Pero la puerta no tardó ni cinco segundos en abrirse. Para mi desgracia, ya que no me dio ni tiempo a reaccionar ni recuperarme del estado de shock en el que me hallaba.
– ¿Siiiiiiiiiiiiiiií…..? – me preguntó un cincuentón melenudo (de peluquín), chiquitín en estatura, con pluma que ni Caponota y yo juntos, vestido de diseño y con un metro de sastre a modo de gargantilla - ¿Qué desea vos y todo lo grasiento que le acompaña?
En ese momento, balbuceé, intenté abrir la boca para emitir sonido alguno, hasta me pellizqué para intentar despertarme del sueño de todo artista de pisar la casa de la más grande de todas las creadoras de revistas de moda tales como Newman&Redford o Pasión de Sementales. Pero todo fue inútil. Y el modisto allí presente comenzó a impacientarse a su manera. Cosas de divos.
– ¡Ay, cosa gorda, diga algo!
– Verá usted… Yo venía a por un encargo… Me mandan para… Busco a…
– ¡Ay, Jesús, José y María! – soltó el plumón - ¡Qué cosa más simple de personaje tío gordo! ¡Hable ahora o calle para siempre!! ¡Que no estoy para callejeros de baja estopa!
Y ahí me dolió. Vaya si me dolió.
– Mira tú – le comenté con deje de Puertochico de toda la vida y con los brazos en jarras, lo que me hacía más enorme aún – Que te voy a sacar el tampón del culo de una hostia y te lo voy a meter en la boca tal puro habanero a lo Sara Montiel. Que soy Rafael Sandoval Santana, “La Divina Soraya”, la máxima estrella del Luna Llena y de todos los garitos del mariconeo-party-show donde los haya. Que vengo a ver a la gran Memé O´Thoa por encargo de la más que Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, y que o te quitas de la puerta, o del bufido saetero que te canto te quedas, no sólo con la piel de gallina, pedazo de maricón, sino con una cagalera de las que hacen época y se resaltan en la Guía Michelín. ¿Me captas o no?
Y sí. El tío me captó a la primera de cambio pues, anonadado por mi rugido verbal y apocalíptico, se apartó de la puerta y me dejó pasar por el largo corredor, completamente decorado con cuadros de grandes divas del cine como la Dietrich, la Crawford, la Garbo, la Davis, la Swanson… incluso la diva de las divas para otra diva como yo: un enorme cuadro de la ¡¡¡Montiel!!!
– ¿Le gusta? – dijo una voz con acento francés a mis espaldas – Tenía pensado haber colgado un cuadro de la Edith Piaf, pero me parecía más auténtica la Sara Montiel de los años setenta. ¿No le parece a usted?
Me volví nervioso como una gama de flanes royal, y allí la vi. Digna como una estatua griega, vestida con un gran traje negro de noche, con una estola de piel blanca, unos zapatos con unos taconazos que ni los lejanos de Almodóvar, fumando en boquilla, y con los ochenta años mejor llevados de toda la historia del género humano.
– Soy Memé O´Thoa – Me dijo con gran solemnidad.
– Ay, Dios… – acerté a decir. Ni más ni menos – Ay, Dios…
La gran O´Thoa sonrió a sabiendas de la expectación que ocasionaba su mera presencia aunque fuera en su propia mansión. Echó teatralmente la cabeza hacia atrás y dio una enorme calada a su cigarrillo con boquilla soltando, al instante, una gran bocanada de humo.
– ¿Y bien…? – preguntó.
– Mire usted, mi adorada, reverenciada y ensalzada señora Memé, que vengo a supervisar los uniformes para la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino. Que la Semana Santa está ya encima y la señorona Lopetegui está a un paso del estrés nervioso y del ataque cardiaco por antonomasia. Que se lo digo yo, que hace lustros que nos conocemos.
– ¿Es que la señora Ursula Lopetegui duda de mi capacidad de obrar aún faltando escasos días para el evento procesionero ese?
Qué porte tenía la tía. Sólo ella, y eso lo juro por lo más sagrado, era capaz de desconcertarme con sus disparos verbales y su frialdad a la hora de dar a entender que nada ni nadie conseguiría nunca inmutarla por lo más mínimo.
– Discúlpeme, señorísima Memé – dije nervioso y sudando a mares – Lo que ocurre es que, por lo visto, aún están a la espera de la aprobación de los arreglos diseñados a última hora por su gran mano creadora. Y es que la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia está apretando las tuercas ante la inminente salida procesional de un tipo de gente que, según su arcaico punto de vista, no se merecen ni el aire que se respira.
Memé O´Thoa siguió mirándome fijamente a los ojos mientras yo me deshacía en explicaciones sobre lo humano y lo divino en esto de los avatares sociales. Pero no dijo nada. Fría, impertérrita, y a punto de sacarme de mis casillas más ocultas.
– Además, se da la circunstancia, y esto lo sé por las explicaciones de la Lopetegui de esta misma tarde, que me puso al corriente en un pis-pas, ya que uno sigue guardando luto por su difunto y ha estado oculto del mundanal ruido social, que están todas las señoronas repartidas por toda la ciudad solventando problemas de última hora para que todo esté a punto para el día señalado. Incluso se están buscando una capillita para tener la imagen del San Juanito al culto religioso, que para eso fue el tío ese santo y hasta discípulo más que amado y querido…
“Es por eso que me pidió que yo, que, modestamente, entiendo de ropas, vestidos y ornamentos varios, le diera el visto bueno a sus diseños de usted para…”
Y así seguí no se cuantas parrafadas más mientras la O´Thoa continuaba fumando sin quitarme ojo de encima ni debajo. Y yo, como una sopa de letras, más por lo hablado que por lo sudado, ya no fui capaz de aguantar mas. Y claro. Exploté. Como sólo yo sé hacerlo.
– ¡¡¡Y que ya está bien, señorísima Memé!!! ¡¡¡Que si usted es divina, yo no lo soy menos!!! ¡¡¡Que aquí donde su señorial porte me ve, soy la afamada Divina Soraya, la reina del Luna Llena y del espectáculo nocturno de la ciudad que es capital del reinado del showman Revillita!!! ¡¡¡He dicho!!!
Memé O´Thoa lanzó una última bocanada de humo y arrojó boquilla y cigarrillo a los pies del plumón que me había abierto la puerta y que se había quedado anonadado con el ataque histérico que me había dado en aquel preciso instante en que mis casillas y mis nervios se habían ido a tomar vientos a una galaxia muy, muy lejana.
– Vamos a dejar las cosas bien claras, monsieur Soraya – ladró finalmente la artista del corte y la confección internacional – que hoy no tengo yo el aparato entrepiernil para trotes innecesarios. Y es que se da la circunstancia de que ya me están hartando de lo lindo sus señoronas del diablo y sus histerias más que colectivas y personales.
– Muy bien hablado, señora O´Thoa – coreó el plumón – Pero que muy bien hablado. Es Más. Hasta me atrevo a constatar que no hay oradora como usted en todo el mundo entero. Que se lo digo yo.
– Pues eso – continuó la diva – Que yo soy una artista de las que ya no se hacen ni nacen. Y que esta maldita ciudad está cuajaíta de hipocresía y de mal gusto, ya que yo diseñé unos modelos exclusivos para la firma Homodivina y no estoy dispuesta a consentir que unos meapilas de rosario en mano duden de la calidad y la maestría de mi arte por mucha procesión, Semana Santa e incienso que les acompañe. ¡¡¡He dicho yo también!!!
Y tras lo cual, se volvió y se adentró en sus posesiones más que privadas.
– Que no, mujer – dije alcanzándola en el largo corredor – Si entre artistas no tenemos por qué discutir. Si yo le contara a usted lo denostado que también está mi arte escénico. Vamos, si hasta los vecinos ponen sirenas en los balcones para protestar de lo lindo por la cercanía de mi mariconeo coplero de los lugares de buenas costumbres y del orden de antes.
“Además, estoy plenamente seguro de que sus diseños de los hábitos de la cofradía serán de tomar pan y mojarlo en ellos. Segurito. Palabrita del Niño Jesús. Lo que ocurre es que la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia es así de puñetera y teme que porque San Juanito se lleve de calle a los chulazos de todo el barrio, la Semana Santa de Santander se convierta en una manifestación orgiástica del Orgullo Gay. Que por otro lado, y dicho sea de paso, sería el no-va-más.
Memé O´Thoa esbozó una tímida sonrisa y me miró fijamente a los ojos en un intento por hacerse de rogar y, así, asentarse en su trono de divismo más que justo y merecido.
– Si usted tuviera la amabilidad de mostrarme sus retoques – dije para intentar ganármela del todo – soy capaz de cantarle ahora mismo siempre y cuando el luto y el recuerdo de mi difunto esposo no empañe a base de lágrimas como puños esta muestra de arte compartido entre grandes en el género propio de cada uno. Vamos que sí.
Memé O´Thoa alzó el brazo hacia su portero-plumón, quien le brindó un nuevo cigarrillo en su correspondiente boquilla, dio una enorme calada, y soltó una aún más grande bocanada de humo. Qué chimenea de tía, Jesús.
– No hace falta que usted me cante, monsieur Soraya. Conozco de sobra su arte en el escenario, su desgarro coplero y su más que capacidad sobrada para asombrar a propios y extraños con un mero golpe de abanico. Su fama le precede al igual que las canciones que usted interpreta. Es más, confieso que yo estuve presente en su reaparición en el Luna Llena del episodio pasado.
– Qué me dice usted, doña… – dije asombrado.
– De incógnito, claro. Al fondo del local. Nunca olvidaré su interpretación de Maniquí Parisien con aquel molde de escayola de la Virgen Inmaculada y su prodigioso vestuario digno de mi envidia sana y de la mala de mi querido compatriota. Peor para Gaultier y los picardías puntiagudos esos que diseña para Madonna.
– Huy, no me toque usted a la Madonna, por su padre se lo pido.
– Qué tío usted, que no perdona ni copla ni rock moderno. En fin, que venga conmigo, que estoy completamente segura de que me dará el aprobado con nota a los retoques que he implantando al atuendo de la firma Homodivina para las procesiones de Semana Santa santanderina.
Y para su santa-sanctorum que nos fuimos. Los dos en amor y compañía y sin plumón. Tan sólo el mío. Que conste para el que aún no se hubiera dado cuenta de qué va mi vida y el modo en que me gano la ídem.
Una vez allí, en sus dependencias privadas, tenía figurines a tamaño natural con los dos modelos de hábitos que había diseñado para la cofradía. Un auténtico lujazo y un soberbio derroche de imaginación, estilo y colorido. Para el primer modelo, aquel que lucirían los hermanos que escoltarían a la imagen del San Juanito con velas, estandartes y demás aditamentos propios de la Semana Santa, Memé O´Thoa había pensado en un gran hábito largo de un color lapislázuli, un fajín ancho de color oro con flecos, una capa de blanco raso con forro de color negro y un capuchón también de color oro, cubriendo una enorme y gigantesca cartonera. Y sobre el hábito, el emblema de la Cofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, también de diseño exclusivo y realizado en esmalte y con una cadena de cuentas doradas: dos medias lunas de azul celeste y oro sosteniendo en cada extremo un gran corazón rojo posado sobre una peana con los colores del arco iris. Y sobre el corazón, una pequeña cruz. Soberbio.



El segundo modelo de hábito sería para los portadores de la imagen, con un atuendo exacto al anterior con la salvedad de que éstos no llevarían capa ni la gran cartonera sobre la cabeza, sino que simplemente la cubrirían con el capuchón color oro.
– Y no me pregunte usted por la versión original del uniforme, que eso me lo reservo por si algún día sale la versión del director, como en los deuvedés de las pelis. Que ya rezuma el mango que una diva de la tela y el corte como es la menda, se tenga que ceñir a las normas de los meapilas de turno, ya sean cofradías de Semana Santa, partidos políticos o demás desastres públicos.
– Pero qué grande que es usted, doña O´Thoa. Que ya estoy alucinando por lo que estoy presenciando y que ya alucinaré mucho más cuando los chulazos del Luna Llena salgan por las calles de Santander con esta guisa y con el San Juanito sobre los hombros.
Y en ese preciso instante, justo en el momento en que más embelesado estaba y me encontraba, va y me suena el móvil. Y el gruñido que sonó al otro lado del cacharro cuando conseguí apagar la melodía del Puro Teatro de La Lupe fue de infarto de mediocardo y de cardo entero.
– ¡¡¡Rafaeliiiitoooooo!!! – chilló con su voz de pequinés japonés doña Leticia del Molino, la ilustrísima Marquesa del Santo Apóstol por la gracia de su Majestad el Rey don Alfonso XIII - ¡¡¡Dónde demonios se me encuentra usted!!! ¡¡¡Que estoy metida en un fregado de padre y señor mío y necesito la ayuda de su persona para que ponga fin a tanto agravio antimonárquico a mi persona, la historia de España, mis apellidos, y el excelso mundo al que represento!!!
– ¡Ay, doña Leti, que me pilla usted en el taller de la gran Memé O´Thoa, revisando el uniformado de su cofradía, y con sus gritos me acaba de despertar del ensoñamiento mágico en que me encontraba al admirar y contemplar la maravilla de las maravillas que ríase usted del libro aquél de Marco Polo!
– ¡¡Déjese de mamarrachadas verbales y acuda presto ante mi persona!! ¡¡Que estoy en el Ayuntamiento, discutiendo con la alcaldesa sobre el recorrido de nuestra procesión y la muy farruca me pone trabas, inconvenientes y hasta malas caras!! ¡¡Y como es del gremio, venga usted para la Casa Consistorial y discuta con ella!!
– ¿Pero no le ha mentado usted el linaje del que procede y que se codeaba usted con el Alfonso XIII en la playa del Sardinero amén de tirarse usted a toda la Corte Real y Celestial?
– ¡¡Qué coño voy a mentar si los politicastros de ahora no saben de historia ni de apellidos!! ¡¡Si a esta España nuestra no la reconoce ya ni la madre que la parió!!
– Bueno, doña Leti, no se me enoje usted que enseguida voy para allá. Entreténgame usted a la alcaldesa que no tardo ni cinco minutos.
Y apagué el móvil antes de lanzar un enorme suspiro.
Memé O´Thoa se encontraba sentada en un flamante sofá tapizado en oro y brocados italianos. Con su sempiterno cigarrillo con boquilla, su elegancia y señorío en el vestir y el saber estar, con aquellos mágicos y cautivadores ojazos, me miró directa y fijamente, lanzó una enorme bocanada de humo, y sentenció como sólo ella sabía hacer.
– ¿No se lo dije yo? – me soltó la tía – Son todas unas histéricas.
Razón no le faltaba a la diva. No Señor.
Total, que para el Ayuntamiento que me encaminé, sorteando las obras que había por todas partes debido al Gran Desastre del Gas, como lo calificaron en todos los telediarios, periódicos nacionales y hasta en la cadena local, Tele-telele Cántabro. Y es que resulta que mientras yo estaba recluido en mis posesiones guardando el luto por mi difunto marido, sucedió que en este Santander nuestro, un terrible accidente acontecido en los aledaños de la antigua Casa Consistorial acabó con la vida misma de todita la Corporación Local, todos los representantes de los partidos políticos de la oposición, una Comisión Internacional con los principales líderes de todas las naciones, otra Comisión Clerical, que andaba por el Ayuntamiento de visita turística, y hasta con un grupo de okupas, que se habían instalado en el sótano como unos maharajaes y a los que no hubo Dios que los sacara de allí hasta que ocurrió el desastre padre. La enorme explosión. Una pedorreta digna de don Camilo José Cela, que en Paz Descanse. En fin, que aunque nunca se aclaró realmente lo que ocurrió, unos apuntaron a un escape de gas como posible causa del accidente; algunos señalaron que fue un sabotaje de los unos para acabar con los otros; se aventuró incluso a las consecuencias fisiológicas propias del reparto de raciones de cocido montañés del bueno que una Asociación Pro-comida cántabra repartía en ese momento en la Plaza del Ayuntamiento como propaganda del arte culinario de la tierruca… Fuera lo que fuera, lo cierto es que la explosión fue de aúpa y como no quedó cargo público alguno en activo, desde el Gobierno Central se instauró la Regencia Local Santanderina, con Lady Bidette como alcaldesa aunque todo el mundo ignorara que, en realidad, la Lady en cuestión se llamó hace ya unas décadas don Manuel Pombales Caridad, maricón de oficio reconvertido en dama al estilo María Antonieta. Lo juro por Dios. Pelucones extravagantes, trajes con vuelo y un largo etcétera para adornar a un antiguo cartero de barrio transformado en la Glen Close de Las amistades peligrosas por obra y gracia del arte del quirófano y la precisión del bisturí para despojarse de todo lo que molestaba a su persona femenina la persona masculina. Y toda esa reconversión a los tiempos previos a la Revolución Francesa se extendió a la mismísima decoración de la Casa Consistorial, que ya no se llamó Ayuntamiento desde aquello, sino Real-Sitio-de-Recogimiento-Público-y-algo-más-que-Corte-Administrativa. Vamos, una pasada donde las hubiera. Imagínense a la Corte del Rey Sol o incluso de Felipe IV, en pleno siglo XXI y en Santander, el último bastión del imperio monárquico de Alfonso XIII.
Y hablando de éste último, en cuanto la Ilustrísima Marquesa del Santo Apóstol por la Gracia de Su Majestad me sintió subir los escalones que llevaban al Salón de Audiencias, precedido por los sones de heraldos y demás fanfarria del siglo XVIII que me anunciaban con una versión sinfónica del Francisco Alegre y Olé, el expolio ya estuvo presentado en bandeja de plata y con tapete de hilo del bueno.
– ¡¡¡Ya está aquí Rafaelito!!! ¡¡¡Que ya siento temblar las paredes!!! ¡¡¡Chúpate esa, alcaldesa ridícula, estrafalaria y mamarracha!!!
– ¡¡¡Que soy Excelentísima Señora Alcaldesa!!! – bramó Lady Bidette.
– ¡¡¡Y yo Ilustrísima Marquesa!!! ¡¡¡Mariquita!!!
– ¡¡¡Cacatúa!!!
– ¡¡¡Pedorra!!!
– ¡¡¡Ya está bien, señoras!!! – grité yo para dar cordura al asunto - ¡¡Que el digno Santander de los Baños de Ola se está convirtiendo en el monigote de feria de la nación y el mundo entero!! ¡¡Que esto ya se parece a la Moncloa Zapaterista!!
Y se hizo el silencio durante unos instantes. Doña Leticia, muy digna ella, que para eso es Ilustrísima Marquesa, volvió a ocupar su lugar en el Salón de Audiencias al tiempo que los chambelanes de Lady Bidette se acercaban a esta para retocarla los polvos blancos de la cara y le colocaban el pelucón a su posición original.
– Pero vamos a ver, Pombales… - intenté decir.
– Lady Bidette – corrigió un chambelán.
– Excelentísima Señora Alcaldesa – aclaró un segundo.
– Punto de Referencia de este Salón de Audiencias – comentó un tercero, bastante apuesto.
– Estrella de la Mañana – saltó el Confesor Personal.
– ¡¡¡Maricón de Cuarto Oscuro!!! – puntualicé yo con los nervios a flor de piel – ¡¡¡Que el Pombales fue lagartón antes que María Antonieta, y no sólo perdía la cabeza, como la reina esa, sino hasta el mismísimo ojo anal por un cachas de los que quitaban el hipo!!! ¡¡¡Que se lo digo yo, que en más de una noche tuve que asistir a dos o tres a los que había dejado secos de un plumazo de los suyos!!! ¡¡¡ Que joder con el plumazo del Pombales!!!
Y volvió el silencio mientras los de la Corte allí reunidos se susurraban, extasiados por mi confesión, el estupor general, y Lady Bidette, descubierta, se daba golpes de abanico.
Tras unos segundos de desconcierto, Lady Bidette ordenó desalojar el Salón de Audiencias y, una vez desierto, se nos antojó hablar con nuestro deje propio de los años de amistad y demás historias que no procede desvelar en lugares tan exquisitos como estas páginas.
– Eres un hijoputa – soltó Pombales (ahora sí).
– Y tú un cerdo, que ni tan siquiera me hiciste una llamada cuando el Monchito se me fue a tomar viento fresco muy lejos de mí y de mi inmensidad física.
– Seguramente allí donde esté se encontrará más a gusto que en pleno ojo de huracán que tú defines como tu mundo particular.
– No creas que esté tan a gusto. Primero, porque no me tiene a su lado, y segundo, porque desde las nubes puede contemplar el triste espectáculo en el que has convertido la más que noble ciudad de Santander.
– ¡¡Te recuerdo que estoy legitimada por el Gobierno Central!!
– ¡¡Gracias a la enorme pedorreta aquella que acabó con toda la Corporación Local y compañía!! ¡¡Que seguro que tú tuviste algo que ver con el reparto del cocido montañés en plena plaza del Ayuntamiento!!
– ¡¡¡No te consiento que me acuses de nada!!! ¡¡¡Qué culpa tendré yo si en Cantabria se come, se pedorrea y se caga como Dios manda!!!
Y en eso, una sonora palmada nos desvió de nuestros recuerdos del pasado. Doña Leticia del Molino, impaciente, se situó entre nosotros dos para ser la protagonista del reencuentro y retomar el asunto que me había llevado raudo y veloz hasta la antigua Casa Consistorial.
– ¡¡Hagan el favor de dejar sus asuntos de mariquitas para otro momento!! ¡¡Que la Semana Santa está al caer y aún andamos en pañales!!
– Mire usted, señora Leticia – soltó el Pombales desde la óptica de alcaldesa transexualizada – Que el tema de los recorridos ya está cerrado por la Unión Cofradiera y Semanasantera Por Excelencia. Que su vicepresidenta, doña Petronila Sarito, con lo que es ella para lo poco que abulta la tía, es de armas tomar y no consiente que los de última hora, o sea, ustedes, me vengan con cambios extravagantes del gusto y capricho personal de unos cuantos.
– ¡¡Qué capricho ni que niño muerto!! ¡¡Sólo pretendemos que usted, la Autoridad Local, nos permita sacar como escolta del San Juanito a la Guardia Municipal de gala y a caballo purasangre árabe de los que usted guarda en el armario!! ¡¡Que aquí, todo se sabe!!
– Joroba, doña Leti – salté yo sorprendido – Que la Cofradía del Amor Homodivino no se priva de nada. Diseños de prestigio, una imagen de firma, los caballos árabes del Ayuntamiento…
– ¡¡Y que se nos permita desviarnos del recorrido oficial para bailar la imagen ante la estatua ecuestre de María la Franca, símbolo más que excelso de los Derechos y Libertades del Luna Llena y el mundo gay local.
– Jodo, jodo, jodo, jodo… - continué extasiado por la idea.
– ¡¡¡María la Franca!!! – dijo Lady Bidette en pleno delirio orgásmico.
Doña Leticia del Molino sonrió satisfecha.
– ¿Y por qué no empezó usted por ahí? – continuó la Lady – Que el circunloquio que me ha soltado ha sido de aúpa. Si usted me llega a presentar lo del baile ante la estatua al principio de todo, nos habríamos ahorrado unos cuantos sofocos, que ya no andamos para histerias colectivas ni de las otras… ¡¡Cómo voy a negarme a que una cofradía de Semana Santa honre a María la Franca bailándole su imagen sacra ante los anonadados ojos de todo el mundanal populacho y del clero más arcaico!!
Las dos clavaron su mirada en mí, aún maravillado por la idea, a la espera de un movimiento afirmativo de mi cabeza. Y es que el hecho de que el San Juanito, la imagen del Discípulo Amado, fuese bailada ante la fundadora del Luna Llena y la creadora del Aticc-Gay, la zona residencial que se crecía con fuerza en pleno centro de la urbe, era lo suficientemente llamativo como para que, una vez más, me quitara el sombrero ante las pretensiones de mis señoronas y sus reales aprestos.
Y como la emoción me embargó allí mismo, me puse en plan Magdalena llorosa yo solo sin la ayuda de nadie. Que para eso me basto y me sobro.
– Pero no me llore usted, Rafaelito – me consoló doña Leti – Si todas sabíamos que la idea iba a ser de su agrado a pesar del desagrado del recuerdo y esas cosas tristes en el que le dejó su difunto de usted, que Dios tenga en su Gloria, aunque habría que ver en qué se ha convertido la Gloria esa con el ramillete que esta yendo para allá arriba últimamente.
– No se hable más – dijo Lady Bidette acercándose para brindarme un abrazo sincero y honesto de amigos de la más que tierna aunque poco virginal infancia – Ahora mismo pongo en jaque a la Unión Cofradiera y Semanasantera Por Excelencia para ponderar las intenciones de su cofradía y los sentimientos que priman entre sus componentes. Palabra de alcaldesa peculiar y única donde las haya.
Y lo soltó así, sin que la pelucona se le fuera para ningún lado, sin que las enaguas y la triple vestimenta para lograr el vuelo a lo Maria Antonieta le hiciera perder credibilidad, y al tiempo que se acercaba al trono del Salón de Audiencias para, haciendo sonar una pequeña campana, avisar a su equipo de chambelanes, que aparecieron por allí al son del Francisco Alegre y Olé.
– Avisadme a los escribas. Voy a dictar un bando de los de agarrarse que vienen curvas peligrosas que ríanse ustedes de las parrafadas de todos los Pregoneros Cofradieros juntos y los Pindados de turno. He dicho.
Y vaya si lo dictó. Eso sí, con la gracia que Dios le dio y de la cual, el Pombales, actual Lady Bidette, ya daba gala cuando se dedicaba a repartir cartas por todo el vecindario:


BANDO LOCAL

Lady Bidette Pombales, Excma alcaldesa de la Regencia Local Santanderina, legitimada por el Gobierno Central de España, a los ciudadanos de la capital del Cantábrico, a los prelados de todos los distritos, a los dirigentes de todas las asociaciones sin ánimo de lucro y hasta a las lucrativas (que una no hace excepciones), a los hombres de buen talante y a las mujeres con tragaderas varias y, en definitiva, a todo dios,

Queridos conciudadanos:

Os hago partícipes de los tiempos santos que se avecinan, unos tiempos que llaman e invitan a la reflexión más íntima así como a la exaltación devocionaria de la Fe y la Piedad.

Todos saldremos a las calles para acompañar a nuestras imágenes, a esa magistral lección catequética de cómo dejaron para el arrastre a Nuestro Señor Jesucristo después de un vapuleo de los de Padre y Muy Señor Mío. Eso sí, lo haremos desde el respeto interior y el trabajo constante de nuestras Hermandades que, a lo largo de todo el año, se preparan para engalanar con mimo y gusto a Cristos, Vírgenes y Apóstoles Varios.

Presenciaremos un año más a la Reina de la Semana Santa, a la Virgen del Eterno Quejido que, bajo palio, removerá nuestros corazones y el guante blanco de algunos en cuanto a joyerío decorativo; lloraremos juntos con el Cristo del Ay Qué Dolor, la maravilla escultórica del imaginero Leandro de las Mercedes que, desde finales del XIX, procesiona por este Santander tan nuestro como suyo; Cómo no admirar de nuevo a la Virgen del Lagrimeo Constante, que llevará consuelo a los más necesitados allí donde haga falta… Y así, hasta completar el más que digno ramillete cofradiero local que deja a Sevilla y Castilla a la altura de las fallas valencianas.

Pero permitidme, conciudadanos, que en estas letras os hable de la nueva Archicofradía que, con tesón y dedicación absoluta, desembocará este año entre nosotros en unos tiempos en que, por fin, la Tolerancia y la Libertad van cogidas de la mano del Respeto y el Consentimiento. Se trata de la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino, último reducto de la voluntad del Santo Padre Juan Pablo antes de irse a criar unas malvas muy bien que merecidas.

Con su imagen de San Juanito, estoy segura de que la devoción y la oración de los conciudadanos santanderinos se harán más hondas y profundas si cabe. Incluso más de uno sentirá un cosquilleo especial al presenciar la obra maestra de nuestra artista Goyita Soletilla, que ha sabido dar expresión, figura y pluma al Discípulo Amado, a ese hombre que amó tanto a Cristo que estuvo a las verdes y a las maduras en esto de la Pasión.

Estoy completamente segura, queridos conciudadanos, de que la tolerancia santanderina será la envidia de toda la nación española, y que incluso en Cataluña volverán al castellano para hablar maravillas de lo que aquí se cuece. Palabra de alcaldesa.

Es por tal motivo, queridos vecinos, que os pido que en estos tiempos de recogimiento, engalanéis vuestros balcones, abanderéis vuestro balaustres, llenéis aceras de confetis y pétalos de flores y, especialmente, que se os quede la boca pequeña al hablar de amor con vuestras parejas y permitáis que cada cual se muestre orgulloso de amar y ser amado por aquel que le pone las pilas a su corazón.

Si Cristo murió por nosotros, y con ello demostró el gran amor que nos tenía, demostradle que estáis a su altura y demostraros a vosotros mismos y al resto del mundo que el amor está por encima de las etiquetas y los dogmas desvirtuados por los de siempre.

LADY BIDETTE POMBALES
La alcaldesa de todos y de todas, de él y de ella, de uno y una y de otro y otra, y de todos los etcéteras que hay que decir ahora para que no la acribillen a una todo ese ramillete de gilipollas y gilipollos de nuestra más que amada sociedad.
(Gracias, Reverte, por la frase).

La verdad sea dicha, es que tenemos una alcaldesa que no nos la merecemos. Y fue tal el revuelo que se originó con el Bando publicado en todos los tablones de anuncios de la ciudad, que la expectación fue a más. Y con ello, obviamente, el nerviosismo de mis señoronas ante la inminente llegada de la Semana Santa santanderina. Y es que, a medida que el calendario avanzaba a pasos agigantados – el muy ingrato –, los miembros de la Unión Cofradiera y Semanasantara por Excelencia hacían de las suyas para impedir que la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino saliera a la calle. Y así, con la terrible vicepresidenta doña Petronila Sarito al frente, eso que llaman dignidad de los valores cristianos parecía estar más que asegurada, pues la tía se dedicaba en cuerpo y alma a denigrar a mis niños con constantes cartas a los periódicos locales, a las cadenas de televisión e incluso repartiendo folletos y trípticos en Mesas Consultivas situadas en plazas y lugares de esparcimiento por toda la ciudad. Que si “una firmita para la defensa de los valores y principios de toda la vida”, que si otra firmita para “la dignidad en la vestimenta cofradiera”, que si alguna otra para “defender a ultranza la calidad de las imágenes semanasanteras realizadas con el hondo cristianismo como punto de referencia en vez de mamarrachadas modernistas que avergüenzan la época gloriosa de Salzillo”…
En fin, toda una campaña orquestada para defender lo suyo sin pararse a pensar en que en este mundo hay sitio para todos. Lo que ocurrió es que ni las amenazas de la alcaldesa de retirar la subvención a las cofradías pareció surtir efecto, pues los de la Unión Cofradiera tenían asegurado un montonazo de firmas para derrocar a la Regencia Local y de salir en procesión como Manifestación de Fe. Así que, en los días previos a la Semana Santa de Santander, el horno no estaba precisamente para bollos
Y hablando de bollos, en cuando salió a la luz pública el comentario unánime de los miembros de Gobierno de la Unión Cofradiera acerca de la “dudosa calidad” de la talla del San Juanito, la mismísima Goyita Soletilla montó en cólera y salió a la palestra como solo ella podía y sabía hacer. En la mismísima Santa Iglesia Basílica Catedral de Santander, en una eucaristía en favor de la salud del nuevo obispo, que andaba algo acatarrado por todo lo que en su Diócesis estaba ocurriendo, y a la hora de comulgar, delante de cientos de fieles que se habían congregado en tan santo lugar. La Soletilla, enfundada en una camiseta ajustada de licra – qué valor la tía – en la que se podía leer “AMAROS LOS UNOS A LOS OTROS DE MANERA HOMODIVINA Y NADA SACRA”, se situó junto al altar, y micrófono en mano, canturreó en versión rap por esa boca que Dios le dio hace años y años. Pero muchos.

Dónde están no se ven los valores del ayer.
Aquí estoy, me conocéis, Soletilla cien por cien.
San Juanito, apóstol fiel, con mis manos modelé.
Y con chulazos super gays en procesión lo veréis.
No dudéis en respetar el talento de mi arte
ni en rezar un Padrenuestro por detrás y por delante.
Cofradía Homodivina por las calles de Santander
removiendo corazones entre todo este pueblo fiel…

Lamentablemente, en ese momento el Cuerpo de Seguridad del Obispado la agarró por las caderas y se la llevaron al vuelo hacia la calle entre los aplausos de los allí congregados y mi más que absoluta indignación, pues allí mismo me encontraba yo, poniéndole una velita a mi difunto sin necesidad de pisar una iglesia para hacer demagogia política como sí que hacen otros.
Ya una vez en la calle, la Soletilla se desembarazó de aquellos matones y la emprendió a gritos de los de muy Soletilla y Señor mío.
– ¡¡Arcaicos!! ¡¡Indómitos!! ¡¡Ignorantes!!
– No se me esfuerce usted, doña Soletilla – le dije recomponiéndola entera – Que no se merecen ni un triste miramiento.
Pero la tía seguía como Don Erre que Erre.
– ¡¡La madre que os parió!! ¡¡Que una es artista por los cuatro costados de su cuerpo y por todos los poros de su piel!! ¡¡Incultos!! ¡¡Fachones!! ¡¡Que el día menos pensado me ato a la puerta de la Catedral y apostato de una manera apoteósica y salvaje para perderos de vista!!
Y así, tras unos minutos de gritos que hicieron temblar toda la plaza circundante a la Catedral, Goyita Soletilla se calmó, se sacó un espejito de su bolso, se retocó cara y melenón, y sacando un abrigo de piel de una bolsa de Vivance, la exclusivísima tienda de moda, se lo puso por encima de su camiseta de licra.
– Es que mire usted que es atrevida, doña – le dije.
– ¡A mi San Juanito no me lo toca ni Dios! ¡¡Que es obra mía y me sé muy bien lo que me digo yo a mí misma!!
– Olé sus narices, pero mucho me temo que como esto siga así, mis señoronas se quedarán sin cofradía y este Santander nuestro no podrá contemplar el arte de usted ni los diseños de la Memé O´Thoa.
– ¡¡No me hable usted de la franchute que me tiene hasta el moño!! ¡¡Que se piensa que tiene más arte que yo y por ahí sí que no estoy dispuesta a transigir!! ¡¡Que a una, el apellido, le ha costado un huevo que aparezca en la Enciclopedia de Cantabria por mucha errata que haya en la fecha de nacimiento!!
– Qué me cuenta, doña. Pero si el San Juanito parece que nació para lucir el atuendo de la cofradía Homodivina diseñado por la O´Thoa.
– ¡¡Pues si llego a saber la pretensión de ese nutrido hatajo de neurasténicas, les hago el San Juanito por unas narices!! ¡¡Memé O´Thoa es una palurda del corte y la confección que se piensa que las procesiones de Santander son un nuevo espectáculo del Circo del Sol!! ¡¡Pero qué colorines son esos!! ¡¡Pero qué absurdo diseño del carajo!!
– ¿Y entonces por qué se me muestra ahora tan reivindicativa en el mismo altar de la Santa Iglesia Basílica Catedral?
– Hombre, Rafaelito. Que un artista del arte escénico y la copla maricona como usted me venga con esas cuestiones ya clama al cielo, caramba. Yo defiendo la calidad de mi talla al margen de todo el alboroto que se ha formado con la dichosa cofradía del carajo. Que una, a su edad, ya no le da la gana de transigir con memeces y con un quedar-bien-por-quedar-bien. Que no me la gana, coño. Que no. Que mi San Juanito es una imagen realizada con todo el amor del mundo y que ya bastante me toreó la tesorera esa para rebajarla el precio a cambio de la repercusión que iba a tener mi nombre a partir del momento en que saliera en procesión. Como si a Goyita Soletilla le hiciera falta una Semana Santa para darse a conocer.
– No me diga que regatearon con usted, doña, que me muero ahora mismo. Que doña Engracia Velarde, a quien conozco desde hace unas décadas, es mujer facilona en cuanto a simpleza en mayúsculas, y no me la veo yo en plan ahorrativa, que ya me acuerdo de la historia de su desprendimiento económico en la parroquia y la patada que la dieron en el culo por ello en el episodio pasado. A ella y a todo el ramillete de señoronas que me rodea. Que para eso, el clero se las pinta solo.
– Pues sí, hijo. El San Juanito, en vez de venir con un pan bajo el brazo, vino que me pillé los dedos con él por cuatro perras monetarias y de las otras. Que ya rezuma el mango con la Junta de Gobierno de la cofradía Homodivina por mucho que camelaran al Juan Pablo y ahora me vengan con el súper título de Archicofradía. Y claro, una, aunque bollera, juanpablista como la que más, y ese fue mi error. Pero por encima de todo está mi impronta artística de una calidad de defecarse una encima de sí misma. Que sé lo que me digo, como ya le he dicho antes.
– No, si yo la creo, doña. Aunque por otro lado, me está dando en la nariz que mis señoronas andan algo desbordadas con todo este tema…
– Qué coño desbordamiento, Rafaelito. Que están piradas y punto. Empezando por la laredana esa de la Lopetegui y acabando por ese par de aristócratas pretéritas de la Condesa de Pinto y Valdemoro y la Marquesa del Santo Apóstol por la Gracia de su Majestad Don Alfonso XIII. Que ya demanda melones los titulillos de una y de otra como si la Soletilla hubiera andado toda la vida mendigando la sonoridad de su nombre a cambio de un par de esculturas ubicadas por toda la urbe santanderina.
– Que todo sea dicho de paso, doña Goyita, más que esculturas, dos pedazos de obras de arte hechas en mayúsculas y en negrita, que se dice.
– Pues no seré yo quien le contradiga. Que la modestia no aparece en mi carné de identidad. Y sí, me salieron dos pedazos de bombones que ni los rellenos de licor, oiga.
– Cómo fue aquello de esculpir el busto del afamado, honorario e inolvidable historiador Paquitín Díaz con más talento que medios físicos; o el mítico grupo de los doce Gobernantes de la Merced, allí mismo, en el Patio de la Prisión Provincial, ataviados con hábito y demás lindezas que ríanse todos de los pliegues marmóreos de Bernini.
– Y ya ve usted, Rafaelito. Ahora llaman arte a colocar una lata de refresco sobre hierros retorcidos, alegando que es una metáfora de la sociedad de consumo de nuestros tiempos. Y encima, pagan millonadas por ello. Una vergüenza.
– Es que el arte de ahora es una mierda.
– El arte de ahora no es arte, Rafaelito, que se lo digo yo. Palabra de Soletilla, que todavía es palabra de ley.
Y en ese departir del arte y demás ingredientes de la vida nos encontrábamos cuando sonó el móvil con la melodía del mítico Raskayú, designada para hacerme saber que quien me llamaba era doña Gema Valdemoro, la Excelentísima Condesa de Pinto y Valdemoro.
– ¡¡¡¡Rafaelito!!! ¡¡¡Déje lo que esté haciendo que le necesito en un ipso facto de los de agarrarse y no caerse!!! ¡¡¡Que estoy con sus niños del Luna Llena ensayando los cantos para la procesión y se me está desbandando el gallinero!!! ¡¡¡Que en mala hora dejé mi café vespertino en el Real Sitio de la Raqueta para codearme con la crema esta de las cremas mariquitas!!!
– ¿Pues qué ha ocurrido, doña?
– ¡¡Lo de siempre!! ¡¡Que sus rivales escénicos, las hermanas Pombo del Carmen, se creen las estrellas del cotarro, que quieren cantar todas las estrofas ellos solos, que han ideado una coreografía para escenificarla delante del nuevo obispo y la Unión Cofradiera del carajo y que como esto siga así, dimito de secretaria, de Vocal de Piedad y de todo el rollo marinero menos de ser condesa. Faltaría plus!!
– Pues ahora voy para allá, doña Gemita. Que estoy en la Catedral, con la Soletilla y que…
– ¡¡Pues que se venga ella también!! ¡¡Que por alguna habitación de este antro anda la Memé O´Thoa y su regimiento de chinos venga a coser como unos locos chinos y aquí hace falta que todo Dios arrime el hombro!! ¡¡Que la Semana Santa está al caer y aún andamos en unos pañales tales que a Jesucristo le van a dar las uvas en la Ultima Cena!!
– ¡¡Caray, doña Gemita!! ¡¡Usted es negrera hasta en tiempos de Cuaresma!! ¡¡Que no estamos en su palacete de Pérez Galdos, coñe!!
Pero como es imposible discutir con la excelentísima condesa, para allá que nos fuimos la Soletilla y el menda a los locales anexos al Luna Llena para echar una mano, las dos si hiciera falta, y los restos con tal de, entre todos y en hermandad, conseguir que la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino lograra salir en procesión en el día y la hora señalada: en la jornada de Viernes Santo, en la Procesión General del Santo y Plañidero Entierro, la más antigua de cuantas integraban la Semana Santa santanderina.
Y lo que allí nos encontramos fue como para coger un par de pares de cajas de aspirinas y tomarlas todas a pelo, pues si los nervios de todos ya estaban a flor de piel por la cercanía de la fecha, aquella tarde el anexo al Luna Llena era un hervidero de descalificaciones, perchas con hábitos por todos lados, chinos a doquier dándole a la aguja y a la máquina de coser supervisados con mano de hierro por doña Memé O´Thoa, chulazos probándose prendas y aditamentos, más chulazos ensayando la manera de desfilar en procesión, otros colocando la imagen del San Juanito sobre unas andas de madera para ensayar y hacerse con el peso de la imagen, algún otro con doña Ursula y con mis rivales, Las Hermanas Pombo del Carmen, ensayando un canto para dar el cante en plena procesión… y etcétera, etcétera y más etcéteras. Y venga etcéteras…
– ¡¡¡Cuidado con mi San Juanito, que se os va a caer!!! – chilló la Soletilla, presa de la histeria más gay de la historia gay.
– ¡¡¡Dónde demonios os han enseñado a desfilar!!! – gritaba doña Gemita, la Excelentísima Condesa de Pinto y Valdemoro– ¡¡¡Nada de contorneos!!! ¡¡¡Que esto será una procesión de hábito, no en una carroza del Orgullo, pedazo de maricones!!!
– ¿Quién calamba sabe cosel una puñeta a este puñetelo hábito de mielda? – preguntó uno de los chinos que estaban dándole que te pego a la aguja y el hilo.
– ¡¡¡Las flores para adornar al San Juanito se comprarán en Laredo!!! – imponía doña Ursula con ese porte laredano que Dios le dio al tiempo que proseguía con los ensayos cantarines – ¡¡Hasta ahí podíamos llegar con las cosas de mi tierra natal!!
– ¡¡¡Pero por el amor de Dios!!! – aulló la Ilustrísima Marquesa doña Leticia, con esa voz suya tan peculiar - ¡¡¡Que esto está lleno de tíos en bolas que ni las chinas esas!!!
– ¡¡¡Claro que están en bolas!!! – saltó la O´Thoa - ¿Cómo pretende usted que se prueben mis diseños, pedazo de histérica y mojigata señora?
– ¿Mojigata esta? – chinchó otra vez doña Gema – Usted no sabe la historia profunda de la vieja Leti. Que en sus tiempos fue promiscua y hasta chica de calendario para alentar a las tropas del Frente Nacional.
– ¿Y tú qué tienes que contar de mi vida, condesa negrera de mierda?
– ¡¡Lo que me da la gana, que para eso soy Secretaria de la Cofradía!!
– ¡¡¡Y yo la Picatoste esa o como coño se diga eso de ser Prioste!!!
– ¡¡Y algo puta en tus tiempos jóvenes!!
– ¡¡¡Cuidado con mi San Juanito!!! – volvía por sus fueros la Soletilla - ¿Y quien coño ha compuesto este canto gregoriano para la procesión del Viernes Santo? ¡¡Deberían haberme consultado!! ¡¡Que también soy famosa por el “Miseria” que compuse para la Cofradía del Pasacalles Angustioso!!
– ¿Puta yo? – continuó indignada doña Leti – ¿La Ilustrísima Marquesa del Santo Apóstol?
– Sí, hija. Que bien pronto olvidaste al monarca que te brindó tal título para irte con el que se consolaba con el brazo incorrupto de Santa Teresa. Casquivana, mas que casquivana.
– ¡¡No te lo consiento, condesa envidiosa, ninguneada e ignorada por la Familia Real Borbónica!!
– ¡¡¡Mi San Juanito!!! ¡¡¡Que me lo tiran!!!
– ¡¡¡Cállese ya, bollera histérica y escultora de pacotilla!!!
Y ahí sí que se montó la de Dios es Cristo.
– ¿Escultora de pacotilla yo? ¿Goyita Soletilla?
El silencio fue sepulcral. Las máquinas de coser enmudecieron. Los chulazos del Luna Llena cesaron en sus ensayos de hombro y de canto. Doña Memé O´Thoa dejó de supervisar la labor de sus chinos. Y hasta la condesa de Pinto y Valdemoro se olvidó del rifirrafe que se tenía con la marquesa del Santo Apóstol. Y yo… Yo ya me temía lo peor.
– ¡¡¡Me cago en todo lo cagable!!! – saltó la Soletilla, que para eso era quien era, además de muy mal hablada - ¡¡Me cago en las condesas, las marquesas, los chulazos, los maricones, su visión de la Semana Santa y la puta cofradía Homodivina!! ¡¡Pero qué ciego estuvo Juan Pablo!! ¡¡Qué ciego!!
– Oigame usted – saltó doña Ursula Lopetegui, que se hizo un señorial hueco laredano entre todo el gallinero allí mismo concentrado – No le consiento a usted el defecarse fuera del recinto habilitado para tal fin. Y mucho menos que pedorree usted con el buen nombre de esta Archicofradía.
– Así se habla, Ursula – apuntó doña Leti – Que bien que nos costó que el Santo Padre tuviera a bien el apostar por nosotras.
– Eso, eso – continuó doña Gemita – Que no se qué se ha creído esta quien es. Que por esculpir una imagen en un trozo de madera ya se cree la divina entre las divinas.
– ¡¡Y bien caro que nos ha costado el trozo de madera!! ¡¡Que aquí tengo las facturas bien pormenorizadas para ver si nos pueden dar una subvención!! ¡¡Arte, puede. Pero carísimo!! – dijo una voz distinta hasta ese preciso y concreto instante. La voz de otra vieja señorona y amiga.
Y para allá dirigimos nuestra mirada. Doña Engracia Velarde, tesorera, hizo su entrada en este nuevo episodio a lo grande. Con una frase lapidaria en el momento justo. Si es que cuando se menta el dinero en este mundo…
– ¿Todavía les parece caro mi San Juanito? – se indignó la Soletilla.
– Mujer… Tirado de precio, lo que se dice tirado… Pues no.
– ¡¡Ingratas!! ¡¡Tacañas!! ¡¡Muertas de hambre!! ¡¡Mecenas de maricones!! ¡¡Yo soy una artista que hace arte de todo menos de su histerismo colectivo!!
– ¡¡¡¡Soletiiiillaaaa!!!! – saltó Venerito, un primo mío del gremio y muy salado el tío, vestido de faralaes para la ocasión semanasantera - ¡¡¡Haz arte de esto!!!
Y el tío se dio la vuelta, se remangó el hábito, y soltó una pedorreta sonora de Padre y muy Señor mío.
Y en ese preciso instante, en el mismo momento en que Soletilla ya tenía a Venerito agarrado por la parte huevera ante el griterío de masas allí concentrado y que ya nos temíamos un palizón de los típicos palizones aportados a la sociedad por semejante escultora, un tremendo estruendo hizo que todos los allí presentes enmudeciéramos por partida doble. Y con razón. La mítica Memé O´Thoa, presa de la agitación del momento ante lo oído, escuchado, olido y presenciado, había propinado un sonoro bastonazo con su arma de persuadir chinos en el suelo del anexo del Luna Llena. Y para ella que miramos todos. Soletilla y Venerito incluidos y de la guisa del momento, es decir, la una con los huevos del otro en la mano. Que situación, Dios mío. Pero qué situación.
– Me avergüenzo ahora mismo de la pérdida de los buenos propósitos que tenía esta Archicofradía en sus orígenes. ¿Dónde está el sentimiento de hermandad que debe uniros en las adversidades? ¿A dónde han ido los ideales de caridad y tolerancia de la firma Homodivina? ¿Qué ha ocurrido para que la envidia, el afán por imponer nuestros apellidos y hasta el nombre de nuestra tierra se hayan convertido en los verdaderos protagonistas de esta Archicofradía? ¡¡Tenemos que ser conscientes de lo que somos y de lo que pretendemos!! ¡¡Somos una hermandad y a ello nos debemos!! ¡¡Y saldremos en procesión con nuestra imagen y con la cabeza bien alta aunque tapada por los cubrerrostros que tan de diseño he realizado para vosotros!! ¡¡Somos la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodivino!! ¡¡Ya bastantes adversidades y enemigos tenemos por ser como somos y comprender el amor de la única manera posible!! ¡¡Con el corazón!! ¡¡Esa es la única manera de amar y no los modelos que nos quieren imponer los de siempre desde sus despachos, sus palacios episcopales y desde la Almudena mientras se bautiza a una infanta!! ¡¡Saldremos a la calle en procesión y demostraremos a la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia que no nos encerraremos en ningún armario como ellos pretenden!! ¡¡Hermanos!! ¡¡Hermanas!! ¡¡Podrán quitarnos todo menos la libertad de ser como somos y sentir lo que sentimos!! ¡¡Viva la Archicofradía del Celeste y Puro Amor Homodovino!!
Y quedó tan bonito el palabrerío de la franchute que más de dos y tres derramamos una lágrima. Incluso la Soletilla soltó al Venerito y se comieron a besos al tiempo que la excelentísima condesa de Pinto y Valdemoro se abrazó a la ilustrísima marquesa del Santo Apóstol… Si hasta doña Ursula Lopetegui llamó a su Laredo natal para encargar dos docenas de claveles rojos para regalárselos a la diseñadora por tan bonitas palabras.
E íbamos todos a aplaudir el discurso cuando el sonido de unas trompetas desvió nuestra atención. Cuánto desvío, Dios mío.
– ¡La banda de Tambores y Cornetas de la Virgen del Eterno Quejido! – comentó uno - ¡Que ya está ultimando los ensayos para las procesiones!
– ¡Que no! ¡Es la Sección de Música del Cristo del Ay qué Dolor! ¡¡Escuchad cómo interpretan las lágrimas de Nuestro Señor por lo que le está cayendo encima!!
– ¡¡No, hombre!! ¿Es que no reconocéis el sonido característico de las cornetas de la Agrupación Musical de la Virgen del Lagrimeo Constante? ¿No conocéis ese toque que pone los pelos de punta por el sufrimiento de la pobre María? ¡¡¡Los mejores en música sacra!!!
– Pues va a ser que ninguna de las tres – dije yo versado en el tema. Faltaría plus – Ni los ensayos de uno, ni los dolores del otro ni las lágrimas de nadie. Están tocando el Francisco Alegre y Olé.
Nos asomamos todos a las ventanas del anexo del Luna Llena y vimos cómo entre el tráfico destacada una carroza tirada a caballos y precedida por unos jinetes trompeta a mano. Todo nos daba a entender que nos disponíamos a recibir la visita de nuestra querida y excelentísima alcaldesa Lady Bidette Pombales.
Pues bien, una vez dentro tan significativa persona, que aquella tarde de domingo parecía una dama sacada de “Scaramouche”, nos adelantó en primicia que la Unión Cofradiera y Semanasantera por Excelencia la había invitado a tomar parte de la procesión de Domingo de Ramos, a celebrar en siete días, y que como no tenía atuendo procesionario, se había venido hasta el anexo al ser conocedora de que en esta nuestra casa encontraría a Memé O´Thoa para que le diseñara un trapo al uso de la festividad de tal día.
– Huy, Pombales – salté yo sorprendido - ¿Y por qué regla de tres no vas vestida de alcaldesa, que para eso eres la Autoridad Local?
– Cosas del protocolo, Rafaelito, que doña Petronila Sarito, el presidente de la Unión Cofradiera don Heliodoro de la Penilla y el nuevo obispo José María Miguel Angel, ya me han dicho que el pelucón francés, las enaguas y demás ornatos propios de mí misma no hacen juego con la palma que me van a regalar los de la cofradía del Recibimiento Dominical, que deben ser de aúpa.
– Pues vaya usted con el atuendo homodivino – saltó doña Gema.
– De lapislázuli y oro estaría monísima – apuntó doña Leti.
– Y con un clavel de Laredo en el escote – comentó doña Ursula.
– ¿Otro hábito más? – se asustó doña Engracia - ¡¡Que nos salimos del presupuesto, señoras y amigas mías!! ¡¡Que ella será la alcaldesa, pero yo manejo los cuartos y a este paso acabaremos en una esquina para sufragarlos!!
– ¡¡Ni un comentario más!! – apostilló la diseñadora – Este será un regalo para Lady Bidette. Además, que una alcaldesa lleve un diseño mío me hará la propaganda necesaria para que se fijen en mí las hermandades de Sevilla y Castilla.
– ¡¡Pues van listos los de Sevilla y Castilla!! – aulló Goyita Soletilla.
– ¡¡Usted se calla, envidiosa donde las haya!!
– ¿Envidiosa yo? ¡¡Octogenaria del corte y la confección!!
– ¡¡Bollera!!
– ¡¡Y JuanPablista!! ¡¡Y las dos cosas a mucha honra!!
– ¡¡¡Señoras!!! – grité yo - ¡Que estamos en vísperas de Domingo de Ramos! ¡¡Háganme el favor y no olviden el palabrerío de antes que soltó usted, doña O´Thoa! ¡¡Que parece mentira que cambie usted según la dirección del viento que le interese!! ¡¡¡Caramba!!!
Total, que ya se iba la franchute con la alcaldesa del brazo hacia sus dominios y sus máquinas de coser infestadas de chinos, cuando Lady Bidette se soltó del duro y largo brazo de la diseñadora para volverse hacía mí y mis señoronas para contarnos, en petit comité, algo con gesto serio y de preocupación. Cosa que nos contagió al momento, la muy desaprensiva.
– El caso – comenzó diciendo – es que además del tema del hábito de marras para la procesión de Ramos, yo quería hablar contigo, Rafaelito, y con tus señoronas del alma porque en estos días nos ha llegado una carta del Ayuntamiento de Cádiz poniéndonos al corriente de una gran tragedia.
– Huy, Pombales – dije yo preocupado.
– ¡Ay, Jesús! – saltó doña Leti.
– ¡¡Virgencita, que me quede como esté!! – comentó doña Ursula.
– Cornuda y apaleada – apostilló con mala leche doña Gemita.
– ¡¡Más tragedias no, que no hay presupuesto!! – puntualizó doña Engracia en su papel de férrea tesorera de la arcas cofradieras.
– ¡¡¡Cállense y déjenla hablar, puñeta!!! – terminé yo.
Lady Bidette cogió aire, y dando órdenes a uno de los chambelanes para que le entregara una misteriosa carpeta, nos la ofreció con gesto apesadumbrado.
– Se trata del antiguo párroco de Santa Lucía y gran amigo de ustedes, don Matías, y de su compañera, Sor Visitadora de la Cueva, la que fuera Madre Superiora…
– ¡¡¡Ya sé!!! – dije yo impaciente - ¡¡Ya sé quienes son!! ¡¡Dinos inmediatamente qué les ha ocurrido a nuestros dos grandes amigos que estamos todos nosotros con el corazón en un puño y con el alma en vilo sin saber nada de ellos desde el episodio pasado!!
– Pues allá voy. Llegó a manos de la alcaldía de la tacita de plata todo este manojo de papeles que, por lo que a primera vista aparenta, se trata de fragmentos de un diario que don Matías escribiera en su estancia en las Misiones en un poblado perdido de Africa. La carpeta la encontraron en los restos de una patera que llegó de negros hasta los mismísimos y que desembarcaron como pudieron en las playas gaditanas…
– ¡¡¡Ay, Dios mío!!! – gritó espantada doña Leti – ¡¡Que serían caníbales y se comieron al pobre don Matías!!
– ¡¡¡Ay, qué tragedia!!! – la acompañó doña Ursula – ¡¡Y se comerían también a nuestra querida Sor Visi!!
– ¡¡Y claro!! – saltó doña Gema - ¡¡En vez de negros llegarían morados del banquete los muy hijos de puta!!
– ¡¡Gemita, esa lengua!! – le chilló doña Engracia – Que eres secretaria de una cofradía de Semana Santa.
– ¡¡¡Cierren la lengua todas, coño!!! – volví a chillar preso yo mismo junto a mi inmensidad física de un manojo de nervios tal que adelgacé de la impresión unas decenas de kilos. Así, por la cara. – ¡¡Dime que no es cierto, Pombales!! ¡¡Que no les ha pasado nada a nuestros amigos!!
– A ti no te puedo mentir, Rafaelito – dijo con voz entrecortada – Pero lo mejor que pueden hacer es leerlo ustedes mismos para, así, y en primera persona por pluma de don Matías, saber la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.
Lady Bidette me entregó la carpeta, que recogí con el pulso nervioso y con gran tembleque, y nos encerramos en uno de los despachos habilitados en el anexo del Luna Llena para las dependencias de la Cofradía Homodivina. Y sí. Pudimos comprobar entre asustados, llorosos y angustiados, que era la letra de nuestro querido ex-párroco don Matías la que estaba impresa en aquellos pedazos de papel deteriorado y mojado por la travesía acontecida a lo largo del Estrecho. Y con un nudo en la garganta, ordenamos como pudimos aquellos papeles de manera cronológica para poder hacernos una mejor idea del destino cruel y horrible de nuestros dos queridos y píos amigos:

Africa – Tribu de los Conguitos Negros

Hoy el día comenzó maravillosamente bien, gracias a Nuestro Señor. Por la mañana, habíamos bautizado al último retoño de los Conguitos Negros, a quien Sor Visitadora y yo decidimos darle el nombre de Colacao. Fue una ceremonia preciosa, pues los de la tribu ya se habían acostumbrado a nosotros tras tanto tiempo juntos dándoles la tabarra. Sor Visi, tras el bautizo y la correspondiente celebración a base de hormigas fritas y cagarrutas de rinoceronte al vapor, se fue a darle a la vomitona de costumbre mientras las negritas de la tribu se desternillaban de la risa las muy jodías. Mientras tanto, yo me dedicaba a escuchar los problemas de los mayores de la tribu, que me contaban sus cositas y cosotas. Y claro, acostumbrado como estaba toda mi vida a escuchar a mis feligresas de Santa Lucía desde mi lado del confesionario, aquello me parecía un aburrimiento de los de padre y muy señor mío. Qué digo aburrimiento o tedio, una mierda de pecados insignificantes y de poca monta que no merecían el que se los contara luego al oído a mi colega Sor Visi, que bastante tiene ya la pobre con sus problemas estomacales por la comida que nos dan (…)

Hay veces que maldigo al antiguo obispo Euniciano y la jugarreta que nos hizo el muy cabrito con mandarnos a este rincón del mundo a evangelizar a los desamparados y abandonados por el mal llamado Primer Mundo. Y no es que me haya cansado de dar gracias a Dios por cada día que paso junto a estos pobres que no saben otra cosa más que darle a la colita, procrear con unos y otros y dormir horas y horas. Sé y soy consciente de la ardua labor que tengo en este rincón de Africa. Lo que ocurre es que muchas veces me planteo que para qué voy a perder el tiempo contándoles a estos negritos las andanzas de Jesucristo. Les veo tan felices con su modo de ver la vida, que para qué voy a complicárselo narrándoles los milagros del de Nazareth, los palos que le dieron al pobre por amarnos tanto y cómo resucitó al tercer día para, así, alejarse terrenalmente de este valle de lágrimas en los que nos dejó inmersos en mala hora.
Y es más. Hasta yo mismo me planteo, ahora que estoy a punto de llegar a una edad que da asco pronunciarla, que con mi vida no he hecho nada de lo que pueda estar realmente orgulloso. Me refiero a mi vida como cura y párroco. El ministerio de la Eucaristía dominical no era lo suficientemente placentero y satisfactorio como mucha gente se creía. Si hasta el sacramento de la confesión me parecía una auténtica patraña. Que si a la señora Jacinta le ponía nerviosa comer bizcochos mojados en el café con leche, pues tres padrenuestros y un par de avemarías; que si a doña María Teresa le parecía irreverente que su marido estuviera todo el santo día pensando en las nubes en ver de dedicarse la vida entera al cuidado y atención de sus retoños, pues tranquila, hija, que Dios proveerá. Lo único que me alentaba era cuando la catequista Antonina Martín Porras me contaba sus andanzas con el sacristán por los rincones de la parroquia, o cuando Rafaelito, a quien al principio me llevaba por la calle de la amargura por su manera tan estrafalaria de venir vestido a misa, me contaba cómo él veía el mundo de soberbio e individualista… Ay, mis amigos… De lo único que sí estoy orgulloso en esta vida es de haber celebrado la unión entre dos personas que se amaban y se comían con los ojos. De eso es lo único por lo que le doy gracias a mi jefe divino. Gracias a su inspiración, me desembaracé de todo prejuicio a lo Rouco Varela y participé en el bodorrio más maravilloso que se recuerde en Santander y en este rincón de las Africas. Y desde aquí, rezo todas las noches para que Rafaelito y Monchito sean felices y no dejen nunca de quererse y amarse. Cómo les echo de menos… (…)

Hoy nos han llegado malas noticias. La tribu de los Laca-Shitos, vecina de estos Conguitos Negros, se ha puesto el mundo por montera y se han dicho los unos a los otros y todos entre ellos que este rincón de Africa es sólo para su tribu y para nadie más. Y claro, como aquí el jefe Onzita y el gurú Chita son también para tirar cohetes, pues se pasan todo el día dándose puñetes entre ellos. Pero qué puñetes. Sor Visitadora y yo nos pasamos todo el día enterrando chiquillos que los dignatarios mandan a sus guerrillas. ¡Ay Dios mío! Hasta en este rincón perdido de Africa la soberbia y la envidia son el pan nuestro de cada día. Y estamos todos atemorizados, pues aquí las venganzas se desayunan a cuchillo y mucho nos tememos la Sor y yo que pronto seremos los próximos en caer al hoyo. Y todo, por venir a evangelizar a esta parte del mundo cuando quien realmente necesita ser inspirado en el mensaje de amor de Jesucristo son los gobiernos poderosos y los impresentables que los representan (…)

Ya no me preocupa que me tomen por loco. Confieso, a través de estas páginas que ignoro a qué puerto llegarán algún día, que la otra noche hablé con Dios. Se me apareció en forma de mofeta en un momento en que me había acercado a mi árbol predilecto para poder abonar el prado tan ricamente, y claro, nada más verla pegué un salto y corrí despavorido con la sotana remangada y los calzones por los tobillos. Pero el Señor, a base de gritos, me llamó por mi nombre de pila y me ordenó que detuviera la marcha para no despertar a nadie con el aroma que iba desperdigando tan a lo gratuito por el bosque. Me volví, incrédulo, e incluso al principio recelé de que una mofeta supiera hablar tan bien, pero no hubo lugar a duda alguna. Aquel animalillo horripilante era el mismísimo Dios. Y me habló, casi en un susurro, en un dialogo breve pero conciso, intenso y en mayúsculas, como corresponde a Dios. Sí señor.
– HE VENIDO HASTA TI PARA ORDENARTE QUE COJAS A SOR VISITADORA Y AL NIÑO COLACAO Y ABANDONÉIS LA TRIBU DE LOS CONGUITOS NEGROS, PUES EN BREVES INSTANTES HABRÁ UNA MASACRE ENTRE ELLOS Y LOS LACA-SHITOS Y NO VA A QUEDAR VIVO NI EL APUNTADOR.
Claro, yo me turbé al oír aquello porque no podía imaginar que el mismísimo Dios se quedara tan fresco ante una inminente masacre que acabaría con unos cuantos negritos. Y ante mi rechazo a tal petición y mi deseo de quedarme para, tan siquiera, rezar por todos ellos y dar aliento espiritual a mujeres y niños, Dios me dijo que me olvidara del asunto.
– SÉ QUE ES INJUSTO, PERO TE GARANTIZO, HIJO MÍO, QUE ALLÍ DONDE VAN A IR LOS CONGUITOS NEGROS ES UN LUGAR DONDE VIVIRÁN PERPETUAMENTE EN PAZ Y ARMONÍA Y NO EN ESTE AGUJERO INMUNDO EN QUE LOS PAÍSES IMPERIALISTAS Y PODEROSOS LO HAN CONVERTIDO A BASE DE DESPROPÓSITOS Y MEZQUINDADES.
– Y ya puestos, Dios – le dije - ¿Por qué no mandas una plaga a la Casablanca, la Downey street esa de Blair, la Moncloa, el kremlin y la Bruselas amén de todas aquellas Asambleas que, reuniéndose en nombre de la Paz, se dedican en exclusiva a fomentar las guerras? ¿Por qué no acabas con el odio y los fundamentalismos hiperpeligrosos en vez de mandar inocentes a tu Paraíso? ¿Y por qué no mandas a tomar por saco a los que, estando arriba, se lo pasan pipa jorobando a los que están abajo? Porque ya rezuma el mango que siempre pringuen los mismos. Y perdona la franqueza, Dios.
– EL MUNDO YA ESTÁ CONDENADO, MATÍAS – me dijo con voz grave que anunciaba el final de la chachara – ELLOS MISMOS SON YA LAS PLAGAS DE LAS QUE TÚ ME HABLAS.
Claro, reconozco que me la jugué por hacer frente al mismo Dios, pero no podía quedarme callado y contemplar una injusticia más. Sin embargo, la mofeta desapareció sin dejar ni rastro. Y lo que pareció ser un sueño, se tornó en dura realidad, ya que un zambombazo próximo a donde me encontraba hizo que terminara la faena de mis deposiciones al instante, me armara de valor, y me dirigiera a la tienda de Sor Visitadora, le contara brevemente lo ocurrido con Dios y nos encamináramos hacia la tienda de la familia del niño Colacao. Allí, como si de una premonición se tratara, la madre, el padre, las otras mujeres de este y no se cuantos hermanitos, ya nos estaban aguardando como si ellos también hubieran hablado con Dios y les hubiera contado que el niño Colacao estaría cien veces mejor con nosotros que con ellos, ya que les quedaba, como mucho, poco más de diez minutos. A Sor Visitadora se le cayeron las lágrimas cuando recogió en su regazo al crío y yo, con un nudo en la garganta, miraba al padre a los ojos.
– Dios nos espera en su Paraíso – me dijo – El mismo Paraíso del que tú nos hablado, Matías. Gracias por tus palabras y por todo este tiempo, amigo.
– Esto de acabar en el Paraíso de esta manera es una putada, jefe Paladín – dije con franqueza – Y es más, en verdad te digo que lo que Dios va a hacer con vosotros me lo hace a mí mismo, y hasta ahí podíamos llegar.
– ¡¡Matías!! – me reprobó Sor Visitadora - ¡¡Que no es momento para disertaciones teológicas en este momento!! ¡¡Que ya oigo aullar a los Laca-Shitos y aquí se va a montar la de Dios es Cristo!!
El jefe Paladín me sonrió abiertamente al tiempo que se sentaba sobre sus rodillas en el centro de la tienda junto con el resto de la familia. Comenzaron todos a una a entonar un cántico tribal, y con las mismas, se me hizo un nudo en la garganta, en el corazón, y hasta donde queda feo en boca de un cura por muy párroco que sea uno. Y claro, como uno no es de piedra, me deshice en lágrimas y tras fundirnos en unos cuantos abrazos, abandonamos la tienda y las inmediaciones de la tribu de los Conguitos Negros.
Corrimos y corrimos que ya quisiera el Jesse Owens ese mientras los zambombazos de unos y otros sonaban de manera apocalíptica. Y lo hicimos sin rumbo fijo, como si el miedo a que una bomba nos mandara a plazos a tomar viento fresco nos guiara hacia el lugar de la salvación. Y ese lugar lo encontramos en la persona de un extraño personaje que vimos aparecer vestido impecablemente de blanco, con una enorme túnica de cuello a tobillos y con mirada angelical. Incluso Sor Visi se pensó que era el mismísimo arcángel San Gabriel. Lo cierto es que el jovencito virginal nos señaló hacia una pequeña barquichuela varada junto a la orilla.
– Iros en la barca, Matías – me dijo – El Señor lo tiene todo preparado y no se le escapa detalle alguno. No os puedo adelantar nada más. Únicamente que esta barca os guiará hacia vuestro mundo, donde os necesitan más que nunca, ya que en Santander va a ocurrir un hecho extraordinario que está a punto de peligrar por los de siempre.
– Huy, coñe – le contesté – ¿Qué me está contando usted, jovencito virginal y angelical donde los haya? ¿En nuestro Santander del alma? ¿Algo con nuestros amigos?
– Te esperan en Semana Santa. Y no te puedo decir más. Sólo que la cosa está a punto de estallar por los cuatro costados y precisan al instante de tu cordura, sabiduría y demás lindezas de las tuyas.
– ¿Pero le ha ocurrido algo a nuestra gente de allá? – le pregunté insistente y nervioso.
– Hay que joder, Matías. Que no te puedo decir nada más. Que son cosas de Dios, coño. Cógete a la monja, al negrito y móntate en la barca de una puñetera vez. Cuando llegues a tu destino sabrás cómo superar esta nueva prueba de amor que te encomienda el Señor.
– Pues que sepa Dios que estoy de las pruebas esas que nos pones a los mortales hasta los mismísimos borlones de mi hábito dominical. He dicho.
Y así, nos metimos los tres en la barca, la cual comenzó a moverse inexplicablemente, alejándonos de la orilla y del misterioso ángel enviado por Dios (…)

Llevamos tres días de travesía y no nos podemos quejar de cómo nos está tratando Dios, ya que todos los días nos provee con peces e incluso alguna vez se le escapa algo de maná del cielo. Y es que todo esto me hace sospechar que en Santander se debe estar fraguando la de agarrarse que vienen curvas, porque si no, no me explico el porqué el Altísimo nos aparta de nuestra vida misionera para poner cordura en el Santander de nuestro corazón.
Sor Visitadora anda pendiente a todas horas del niño Colacao, el cual se ha pasado estos días durmiendo placenteramente sin echar en falta las ubres de su madre para solicitar alimento alguno. Y mejor así, porque como la sor no pusiera sus pectorales monjiles, conmigo el crío lo iba a llevar algo crudo. Debe ser otro misterio divino el que el niño duerma hasta llegar a nuestro destino. La sor y yo nos miramos y confiamos en que todo ha de salir bien porque así debe estar escrito en algún manual de instrucciones que en su día le dio Dios a Adán cuando tuvo la genial idea de inventar a la mujer… (…)

Han pasado otros cinco días y pese a que necesito un buen afeitado, por lo demás andamos bien alimentados. Nos estamos portando como jabatos. Guiados por la Divinidad, pero jabatos al fin y al cabo. Sor Visi y yo nos turnamos para coger al crío en brazos cuando el uno o la otra debemos arrimarnos al borde de la barca para soltar nuestras deposiciones al mar. Y es que el maná que nos envía Dios es bien consistente, rico en fibra y bífidus de esos y andamos todo el día cagando que da gusto, por lo que las jornadas deposicionadoras son de aúpa. Sobre todo para la Sor, que siempre alardeó de reinona sentada al trono… (…)

Acabamos de toparnos con una patera repleta de negritos, lo que me hace pensar que andamos muy cerca de la península. Y se nos ha encogido el corazón, pues todos ellos están demacrados, ojerosos y ateridos por el frío y las inclemencias de un tiempo que no nos ha afectado a nosotros para nada. Sin embargo, y acordándome de que a cambio de las pruebas de amor hechas al Jefe este nos había obsequiado durante la travesía con manjares diversos, se me ha ocurrido el pedirle a Dios que nos conceda un menú extra para poder alimentar a todos esos seres ninguneados por las gracias de la vida y explotados por las mafias de turno. He invocado a Dios y le he explicado lo que anda por los mismos andurriales que nosotros. Una patera de gente que sólo busca el escapar de su mundo opresor para alcanzar la vida digna que todo ser humano precisa y que debería ser prometida en todas las constituciones y Cartas Magnas del mundo entero. Y mientras le rezaba a Dios, todos los negros de la patera se han puesto de pie y han mirado también al cielo. Algunos incluso con lágrimas en los ojos

Y la respuesta, no se ha hecho esperar……………………..

Todos nos miramos desconcertados y angustiados, pues el relato de nuestro querido don Matías finalizaba en este punto crucial y desconcertante. Con unos interminables puntos suspensivos nos quedábamos con el alma en vilo por saber qué habría ocurrido con ellos dos y con el niño Colacao.
– Pero bueno – protestó doña Gema – ¿No dice nada más el tío?
– ¿Así nos deja? – se sumó doña Leti.
– ¿Cuándo ponen la segunda entrega? – preguntó doña Engracia.
– ¿Pero qué respuesta le dio Dios? – interrogó doña Ursula.
– ¿Pero se piensan ustedes que estamos en Falcon Crest? – grité yo histérico – Que estamos hablando de nuestro Matías, de lo que le tocó vivir en Africa por obra y gracia de don Euniciano y de la intriga con que nos ha dejado en este preciso y concreto instante.
A partir de ahí, todo fue silencio entre nosotros, como si así, en el más profundo mutismo – y bendito, ya que cuando las cacatúas estas abren el pico es para doparse uno a base de aspirinas, termalgines, espidifrenes varios y demás lindezas medicinales – quisiéramos sumarnos a la inquietud por el presente de nuestro Matías y la querida Sor Visitadora de la Cueva. Y es que, a pesar de que el diario de nuestro ex–párroco llegara a Cádiz, nada se supo de ellos, por lo que no nos quedaría más remedio que esperar noticias suyas por medio de algún conducto estatal, cosa en la que ya estaba ocupada nuestra amada alcaldesa Lady Bidette la Pombales, que seguía a esas horas enfrascada y embutida en los diseños varios de Memé O´Thoa para la procesión del Domingo de Ramos. Tan próxima, que ya podíamos sentir el aroma de las palmas a escasos centímetros de nuestros apéndices nasales.
Esa misma noche, al llegar a mi mausoleo coplero de Castelar, todo mi mundo estaba plenamente derrumbado por muchas ilusiones que tuviera por la inminente salida procesional de mis niños del Luna Llena. Y es que si la muerte de mi Monchito me había dejado en un abismo sin fondo, la incertidumbre por el destino de mis amigos don Matías y Sor Visi me angustiaba de una manera apoteósica e inenarrable.
Para colmo, yo que confiaba en que mi sobrino Félix me aguardaría en casa para preguntarme por mis cosas y cosotas y darme su particular soplo de aire fresco, el muy ingrato me había dejado una nota explicándome que si iba de farra con los amigotes. Por lo que solo, más solo y angustiado que nunca, me pasee por todo el pisazo pasillo va y pasillo viene, intentando buscar una solución a mis neuras e inquietudes. Y tan embutido me encontraba yo en mis asuntos cofradieros y personales, que no me percaté hasta pasados unos minutos de que el sonido de un piano había comenzado a retumbar por toda la casa.
– Pero coño… - me dije para mí – Pero qué es esto, qué invento es este… –(que para eso uno es fan incondicional de la Montiel).
Y lo que parecía a todas luces imposible e improbable, se hizo real. Vamos, que ni la vida misma. Y es que, rápidamente, entré en el salón del piano, donde tantas veladas había pasado con mi gente, y donde mi Monchito del alma, el corazón y la entrepierna nos había amenizado con su arte instrumental y musical, y pude comprobar cómo el piano estaba sonando solo, como si fuera una pianola de las de antes. Y lo que estaba sonando me estaba desquiciando aún más. El clásico de siempre “Toda una vida”, la canción por antonomasia de las quimeras amatorias y la canción con que mi Moncho y yo nos enamoramos hará cosa de unos cuantos lustros, sonaba que daba gusto amén de erizarme todo el vello corporal, que no era poco. Cosas de quedarse viudo antes de hora.
– ¿Te acuerdas, cariño mío? – dijo una voz de ultratumba.
Y ahí me quedé muerto. Era la voz de Moncho, mi Moncho.
– Ay, Dios mío que no puede ser – dije anonadado a no poder más – Que debo seguir soñando; que debo continuar en el limbo; que aún sigo penando en la penumbra por el adiós dolorido cuando la muerte nos alcanza; que dejo a la Teresa de Jesús en mantilla viviendo sin vivir en mí; que…
– ¡¡¡Que te calles ya, puñeta!!! – bramó el Moncho desde el Más Allá.
– ¡Eres tú! ¡Moncho! ¡¡Vivo!!
– ¡¡¡Muerto!!! – aclaró con rotundidad – Lo que pasa es que Dios me ha enviado esta noche a consolarte, pues sabe de tu angustia, tu tormento y tu ansiedad.
– Ya ves tú con Dios, para que el clero diga que su Jefe no nos quiere ni se preocupa de los mariquitas… Bueno, ¿y qué te cuentas? ¿Qué tal te están tratando los ángeles en los Cielos? ¿Te has ligado a alguno? ¿Es cierto que estos tíos no tienen sexo? Lo digo porque tú siempre fuiste algo promiscuo y puñetero, que en más de una ocasión conseguiste llevarme por el camino de la desesperación y…
– ¿Quieres dejar de decir gilipolleces?
– Es que si por lo menos pudiera verte. Esa voz de muerto tuya de ahora no me gusta nada y me provoca sarpullidos en los pabellones auditivos.
– Pues te jodes, que Dios no me deja estar en persona por si me agarras y no me sueltas.
– Joder con Dios, se las sabe todas el tío…
– Pues eso, a lo que te iba. Que este se ha enterado de lo que estás penando, y que como eres un tío de ley, me ha mandado esta noche para consolarte como al James Stewart de “Qué bello es vivir”… Y que no te preocupes, que aunque ahora estés angustiado por don Matías y la Sor, no tardarán en aparecer por estos lares norteños en los que tanto se les echa en falta.
– Pues me das una alegría, Monchín, ya que don Matías los tuvo bien puestos para saltarse a la torera las normas de sus superiores para casarnos en nombre de Dios a ti y a mí.
– Es que Dios siempre ha creído en el amor verdadero.
– Ese que yo ya no tengo…
Y volví a ponerme mustio. El volver a escuchar la voz de mi maridín me hizo recordar los buenos momentos vividos a su lado y en su regazo. Me acerqué al piano y lo acaricié como si el instrumento fuera la prolongación ideal y apropiada de mi Moncho y el inmenso amor que sentía pese a su ausencia física.
– También Dios me ha enviado por otro motivo – me dijo casi en un susurro.
Le interrogué con la mirada mientras las notas del Toda una vida se continuaban clavando en mi alma y mi corazón.
– Dios está triste porque hace mucho que no te oye cantar.
– ¿Y ha de ser precisamente esta canción?
Moncho no me contestó. Él sabía tan bien como yo que pedirme que entonara las notas del himno de nuestro amor perdido prematuramente era la peor de las torturas para alguien como yo. Que el significado de cada estrofa y todo lo que de ellas se desprendía, era como la justificación necesaria y la confirmación oportuna y eterna del profundo amor que profesaba a mi difunto marido. Y Dios debía saberlo y por eso la eligió para mí. Para confirmar que no estaba equivocado en el momento en que inspiró a don Matías para que nos casara en su nombre.
Por eso, sabiendo todo esto, me acerqué aún más al piano, y creyendo que era el auténtico Moncho quien lo interpretaba en las teclas correspondientes, me lancé a cantar por primera vez en mucho tiempo:

Toda una vida me estaría contigo
no me importa en qué forma
ni dónde ni cómo, pero junto a ti.

Toda una vida te estaría mimando
te estaría cuidando
como cuido mi vida, que la vivo por ti.

No me cansaría de decirte siempre,
pero siempre, siempre,
que eres en mi vida ansiedad,
angustia, desesperación…

Toda una vida me estaría contigo
no me importa en qué forma
ni dónde ni cuándo, pero junto a ti.

Después, silencio. Un silencio sepulcral con el que envolver mis lágrimas por el recuerdo de lo vivido y perdido, la rememoración y evocación de mis constantes anhelos y mi rechazo unánime y constante a la desaparición del gran amor de mi vida.
Inmediatamente después, el sonido del piano cesó, como si también quisiera llorar en silencio conmigo a mi lado. Y como si una fuerza superior se apoderara de mí, sentí que algo me arrastraba hacia mi solitario dormitorio.
– Este es el regalo de Dios por haberle cantado esta noche – volvió a susurrarme Moncho.
Y ya no hubo más explicaciones por parte de uno o de otro. Me adentré en la habitación, me acosté en mi fría cama de matrimonio y sentí como una luz que se filtraba a través de los ventanales de mi dormitorio, se adentraba en mi cuerpo.
Y a partir de ahí, otra clase de silencio.
El de las caricias y el del amor reencontrado.